Apocalíptica Hebrea

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Tabla de contenidos

Introducción

La apocalíptica constituye un género literario similar al profético, pero que sitúa su énfasis en la revelación de secretos. Este término designa tanto una forma literaria (que incluye los apocalipsis cristianos y judíos) como también las ideas características del estilo apocalíptico.

Como principales representantes de la literatura apocalíptica en el canon se señalan los libros de Daniel y Apocalipsis, aunque tanto dentro de la época intertestamentaria como de la época cristiana primitiva encontramos escritos apocalípticos. Estos apocalipsis contienen principalmente un mensaje escatológico, y continúan, en cierto sentido, la tradición de la profecía del Antiguo Testamento, “revelan” (del griego apocalipto) los secretos del plan de Dios para la historia y su retorno triunfal al final de la misma. Dentro de la literatura apocalíptica también se incluye una forma de apocalíptica cosmológica referida a la revelación de los misterios del cosmos. La cosmología adquiere importancia a partir de los apocalipsis helénicos, tales como 2 Enoc y 3 Baruc, en los que se ha apagado prácticamente la esperanza escatológica. En el resto de este trabajo me limitaré solamente a la recopilación de información centrando la atención en la apocalíptica escatológica.

La apocalíptica desde un punto de vista estrictamente literario podemos decir que representa una forma de literatura sumamente estilizada, con un estilo peculiar en cuanto al simbolismo y terminología que utiliza, que a su vez tienen como base originaria las fuentes veterotestamentarias. Es una literatura de sueños y visiones, llena de imágenes simbólicas, extensas descripciones, algunas de ellas muy gráficas, que a menudo se centran en una visión del trono celestial. Probablemente los escritores de obras apocalípticas no pensaban describir el fin en términos literales pero al tener que describir una salvación futura que trasciende a lo que sería la experiencia histórica común, parece que se usaron algunos símbolos de los mitos cananeos y de la mitología que encontraron en la parte oriental de la diáspora, como también en la Palestina helenística. Como nos dice G.J Wenham: “la literatura apocalíptica a menudo muestra una interacción íntima, pero a la vez crítica, con la cultura internacional de su época.”

A pesar de que el contenido de la apocalíptica judía se apoyaba principalmente en el mensaje profético del Antiguo Testamento a menudo debía sus imágenes y su forma al ambiente no judío. En este sentido, la apocalíptica fue heredera de la profecía. En su mayoría los escritores apocalípticos no eran profetas ellos mismos, sino que se valían de la seudonimia para dar relevancia a sus escritos utilizando los nombres de personajes importantes del Antiguo Testamento, ocupando una posición esencialmente intertestamentaria ya que interpretan a los profetas para una época en la que ya había cesado la profecía, pero en la que todavía se esperaba su cumplimiento. Su exclusión del canon no es un juicio negativo sobre su valor para la evolución intertestamentaria del pueblo judío. Por el contrario, al mantener e intensificar la esperanza escatológica cumplieron un papel importante porque tendieron un puente entre los dos testamentos.

CONCEPTOS CLAVES

Antes de adentrarnos en el tema me gustaría hacer una breve referencia a algunas definiciones de los conceptos claves que voy a estar manejando en la exposición del tema a modo de breve glosario.

Escatología

Del griego “escatos” “último”. Este término se refiere a la doctrina de las últimas cosas. Contrastando con las concepciones cíclicas de la historia, los escritos bíblicos entienden la historia como un movimiento lineal en dirección a una meta. Dios dirige la historia hacia el cumplimiento definitivo de su propósito para la creación. De manera que la escatología bíblica no se limita al destino del individuo; tiene que ver con la consumación de toda la historia del mundo, hacia la cual se dirigen todos los actos redentores de Dios en la historia.

Apocalíptico

Término que proviene del griego “apocalipsos” que significa “revelación”, es un término usado para denotar un tipo particular de literatura que comunica, o trata de comunicar, una revelación de secretos.

Literatura Apocalíptica

Género que se caracteriza por el uso de símbolos y visiones con la presencia de un intérprete divino que declarara el significado de éstos. La literatura apocalíptica trata temas proféticos escatológicos.

Apocalipsis

Palabra derivada del verbo griego “apocalipsos”?que se traduce como descubrir, levantar el velo que cubre algo y lo oculta.

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ELEMENTOS DE LA LITERARATURA APOCALIPTICA

La importancia de descubrir el género literario de un texto reside en la cantidad de recursos que nos ofrece esta información a la hora de aproximarnos a su estructura, marco social, sentido y función. Durante mucho tiempo no se entendió el Apocalipsis como género literario en sí mismo, los exegetas contemporáneos estaban más interesados en estudiar la Torah o los profetas que los escritos apocalípticos. Esto pudo deberse a varias circunstancias, por un lado a la escasez de textos referentes a la apocalíptica y por otro lado a la concepción de que estos escritos tenían un origen, estructura y mensaje enrevesado y extraño.

Los primeros en intentar un acercamiento ordenado a los elementos y componentes básicos para la descripción y comprensión del género apocalíptico fueron primero K. Koch y más tarde J. J. Collins en un artículo usado como punto de partida del estudio apocalíptico.

Se pueden citar una serie de elementos que configuran en cierta manera el género literario de los Apocalipsis y que nos ayudaran a entender mejor cual es el significado del mensaje al acercarnos a estos escritos:

Modo de revelación

Normalmente utiliza elementos visuales y auditivos. Puede ocurrir mediante una visión que contenga la revelación en sí o mediante la aparición de un mensajero o mediador de la revelación encargado de transmitir la información.

A veces para dar un mayor entendimiento sobre la visión aparece el componente auditivo bien en forma de diálogo entre el mediador y receptor del mensaje (que puede incluir preguntas y respuestas) o como un discurso o monólogo del mediador o emisor. También (aunque es menos frecuente) se puede usar un documento escrito en este proceso visionario, normalmente un libro (rollo) celeste. Todos estos elementos suelen verse enmarcados en algún tipo de viaje a los cielos, infiernos o lugares remotos del más allá.

El mediador de la revelación

Normalmente aparece un mediador sobrenatural como encargado de comunicar la revelación, que a veces interviene en la interpretación de ésta, generalmente se trata de un mediador angelical. Aunque en algunos textos del canon aparece el mismo Cristo como mediador del mensaje apocalíptico (epifanía).

El destinatario de la revelación

El receptor del mensaje es humano, en los textos apocalípticos encontramos innumerables referencias a las circunstancias, estado emocional previo y efectos que provoca la recepción de la revelación en el visionario, que suele ser algún personaje relevante en la historia del pueblo de Dios. Este hecho es fundamental para la comprensión del apogeo de la seudonimia al estudiar la mayoría de estos escritos.

Características de los textos

En cuanto al uso del lenguaje, éste suele ser repetitivo, con largos discursos, en los que a menudo predominan las cifras y las enumeraciones o listados, utilizando simbolismos de números, animales (reales o mitológicos), u objetos.

Normalmente sigue un hilo narrativo nuevo, de largas secuencias históricas, como ya se ha señalado, utilizando formas simbólicas muchas de ellas crípticas, en las que aparecen animales en lucha simbolizando las luchas entre los hombres, descripciones de los cielos, vientos, extraños montes, paisajes, flora, fauna, etc.

Las doctrinas de la revelación

Señalaremos las posturas básicas que contiene este género literario en cuanto a la resurrección y a la gran crisis que sobreviene a la historia de la humanidad.

Espera del final de este mundo que conlleve un cambio repentino y crucial de las relaciones humanas.

  • Liberación del maligno (Belial) sobre el mundo que traerá una catástrofe cósmica y mundial, lo que generaba todo un trasfondo de pesimismo.
  • Determinismo histórico que dividía el tiempo en períodos predeterminados por Dios según el plan previsto por él para la humanidad.
  • Existencia de seres angelicales y demonios que influyen y participan en la evolución de los tiempos de nuestro mundo.
  • La salvación paradisíaca que acontecerá tras la catástrofe, que incluye la creencia en la resurrección y la inmortalidad del alma.
  • El trono de Dios como símbolo de su reino que destruirá a los reinos de la tierra y marcará el fin de éstos, haciendo visible su reino en la tierra.
  • La gloria que constituirá el estado final del hombre. Produciéndose una fusión entre la esfera celeste y terrestre, aboliéndose a su vez las estructuras sociales y políticas de la historia.

Orígenes de la apocalíptica

Como ya he comentado en la introducción comúnmente se acepta la idea de la apocalíptica como “hija de la profecía”, aunque existe cierta discusión al hablar sobre los orígenes, es cierto que cronológicamente la apocalíptica aparece después de la profecía, a excepción de algún escrito (como el libro de Daniel) que presenta tanto textos proféticos como apocalípticos fuertemente interrelacionados.

Esta relación “filial” entre profecía y apocalíptica también se debe a la concepción que se tenía del profeta como aquel que anunciaba de antemano un acontecimiento, en los escritos de Flavio Josefo tenemos un claro ejemplo de esa concepción.

G.von Rad puso en entredicho esta filiación, afirmando que “los escritos apocalípticos tienen una fuerte tendencia a ver la historia de forma determinista, característica que les separa no solo de los profetas sino de la Torah y los Salmos”4.

La tarea del profeta esencialmente lleva implícita una llamada al arrepentimiento, al cambio, en la libertad del pueblo de responder al mensaje profético de Jehová, también en la Torah aunque vemos la mano de Dios que gobierna la historia, se puede apreciar sin embargo una cierta imprevisión en las intervenciones Divinas que dependen en gran manera de la respuesta de Israel y también las acciones de otros pueblos, esto nos ayuda a entender que en momentos puntuales Dios monte en cólera, se apacigüe, en fin que pueda “cambiar” (Ex.32; Os.11 ), tal cosa sin embargo es inconcebible en el pensamiento apocalíptico, que entiende a un Dios que ya tiene todo previsto y determinado.

Un claro ejemplo podríamos encontrarlo en Jonás, que huye de la tarea encomendada por Dios porque entiende que en su predicación el castigo era condicional, es decir podía cambiar según la respuesta del pueblo. En esta ilustración vemos como Jonás lo que realmente anhelaba era dar un mensaje realmente apocalíptico y no profético. En este sentido siguiendo esta línea de pensamiento podemos encontrar una cierta similitud en la literatura sapiencial. Los libros de sabiduría reflejan una concepción del tiempo, la vida, y los acontecimientos como determinados irremediablemente por Dios, que lo hace todo bien y en su tiempo, sin que se le permita al hombre conocer plenamente el sentido de la historia y mucho menos modificarla, como leemos en Eclesiastés 7:13,14 “Mira la obra de Dios; porque ¿quién podrá enderezar lo que él torció? En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él.”

Contexto histórico y social

En este punto me ha parecido interesante no solo describir en líneas generales el contexto en el que nace y se desarrolla la apocalíptica hebrea, sino que al final de este apartado he hecho una breve reseña a los nexos de unión que se establecen entre el género apocalíptico intertestamentario y el cristianismo.

Podemos situar el marco histórico y social basándonos en varios de los textos de Qumran, algunos de los cuales son atribuidos al patriarca antediluviano Enoc, que se datan paleográficamente a comienzos del siglo II o finales del III, cronológicamente la época en la que se sitúan es bastante anterior a la crisis macabea, éste es uno de los motivos que llevan a afirmar que no es imprescindible que se dé una situación de persecución u opresión para que surja la apocalíptica.

Aún así es cierto que el auge de la literatura apocalíptica en la historia del judaísmo ha constituido un síntoma de crisis, por este motivo no es extraño que el género apocalíptico tomase importancia como literatura diferente de la profética sólo después que cesó la profecía. Su primer gran desarrollo se produjo durante la crisis de fe judía a mediados del ss. II, coincidiendo y como consecuencia de la crisis acontecida bajo el reinado de Antíoco Epífanes, (es en este periodo algunos afirman que se redacta el libro de Daniel, éste tema lo he desarrollado más en profundidad en el último apartado de este trabajo, Pág.15) es en este periodo cuando el género apocalíptico fue adoptado como vehículo de arrepentimiento nacional, oposición a la helenización, y fe escatológica en la inminente intervención de Dios a favor de su pueblo.

A partir de entonces, lo apocalíptico probablemente caracterizó a diversos grupos dentro del judaísmo, incluyendo los esenios, los fariseos, los zelotes y los cristianos judíos (de ahí la diversidad que existe en la literatura apocalíptica que dificulta los intentos de generalizar sobre ella.).

Los últimos grandes apocalipsis escatológicos judíos provienen del período entre la caída de Jerusalén en el 70 d.C. y el fracaso de la revuelta de Barcoquebá. Por tanto diremos que el género apocalíptico floreció especialmente en épocas de crisis nacional.

Para facilitar un mayor entendimiento a la hora de acercarnos a la apocalíptica hebrea haré un breve recorrido centrándome en el pensamiento del contexto histórico postexílico donde, como hemos dicho se fue formando la escatología. En este periodo encontramos a un Israel que ha permaneció bajo el dominio de potencias gentiles, y en el que las promesas proféticas de una restauración gloriosa todavía no se han cumplido en su mayor parte.

En este período de contradicción entre las promesas de Dios y la realidad de la experiencia histórica de Israel, los escritores apocalípticos trataron de alentar en los judíos fieles la confianza en que Dios no había abandonado a su pueblo y que la salvación prometida llegaría y solamente en la medida en que Dios lo permitiese el poder de los imperios paganos se haría sentir entre el pueblo. Con este fin defendían que Dios había predeterminado todo el curso de la historia del mundo, y el fin llegaría en el momento que él de antemano ya había establecido.

Este punto de vista fuertemente determinista de la historia puede llevar a un cierto fatalismo, aunque algunos afirman que no siempre es así ya que en ocasiones no se contradice la libertad y la responsabilidad humanas, reflejado en el hecho de que los escritores apocalípticos en ocasiones llaman a sus lectores al arrepentimiento, a la intercesión y a la acción ética. Aunque otras veces se aventuran a establecer una fecha para el desenlace final irremediable.

La salvación escatológica futura se concibe en términos trascendentes y universales. Es un acontecimiento que trasciende en mucho los grandes acontecimientos pasados de la historia de la salvación. Equivale a una nueva creación, en la que se eliminarán todas las formas del mal y el sufrimiento. Es característico de los escritores apocalípticos creer que aun la muerte será conquistada; esta creencia aparece en la forma de una resurrección corporal y de una inmortalidad espiritual.

La era escatológica será el reino de Dios y remplazará para siempre todos los imperios terrenales. Su esperanza en cuanto al destino de los gentiles varía. Los opresores de Israel serán condenados, pero frecuentemente las naciones participarán de la salvación de los justos en Israel, mientras que los apóstatas de Israel serán juzgados. El universalismo de los escritores apocalípticos proviene tanto de la participación posexílica de Israel en la historia de los imperios mundiales, como del profundo conocimiento que tenían del problema universal del mal.

La experiencia negativa de la historia del momento, en la que surgieron los escritores apocalípticos, contrastaba con la trascendental salvación futura, dando lugar al dualismo temporal de la apocalíptica: su distinción era presente y futura. Este dualismo no adquirió su forma acabada sino en una etapa posterior. La terminología de ambas épocas aparece en el ss. I d.C. (también se encuentra en el NT). Nunca llega a ser un dualismo absoluto, porque si bien la fatalidad y “el mal” han logrado una posición dominante en esta era Dios mantiene su control soberano sobre ellos.

El dualismo apocalíptico llega a su máxima rigidez en 2 Baruc y 4 Esdras, en los que se deja ver un pesimismo creciente y una fuerte tendencia a considerar la historia de esta era en términos totalmente negativos.

Concluiré con la idea de que a pesar del intento que he hecho de plasmar una ubicación lo más acertada posible, resulta un tanto complejo determinar un entorno concreto para todos los Apocalipsis.

No hay que olvidar que exceptuando los propios Apocalipsis existen muy pocos documentos que nos arrojen información en cuanto al momento, detalles y producción que envolvieron su nacimiento. A pesar de que no hay un consenso total, me he basado en los hallazgos de Qumrán donde considera que se encuentra la mayor fuente de documentación.

El contexto social ya sea con persecución o sin ella tiene un matiz de resistencia. Aunque en su mayoría los Apocalipsis se desentienden, condenan o ridiculizan la acción militar como método de resolver conflictos, ejemplo de ello lo encontramos en el libro de Daniel que conociendo las revueltas y luchas macabras les concede sin embargo muy poca importancia (Dn.11:34), mientras que en el libro de los Sueños se hacen referencias muy duras hacia éstos. La finalidad social de los apocalipsis se centra más en concienciar e informar sobre el final de una situación de sufrimiento y opresión que motive a mantener la esperanza, más que a luchar o presentar resistencia activa (militar o no).

Un reflejo claro de esto lo hallamos en el hecho de que mientras los zelotes y sicarios de la primera guerra judía hicieron frente al poder romano, los hombres de Qumran, se encontraban tan inmersos en la trama apocalíptica que no presentaron ningún tipo de problema u oposición al poder militar romano.

Apocalíptica y cristianismo

Se ha debatido mucho la cuestión de la relación entre la apocalíptica y el NT. Hay pasajes que recuerdan fuertemente los apocalipsis judíos, tanto en su forma como en contenido especialmente: Mt. 24; Mr. 13; Lc. 21; 1 Ts. 4.16s; 2 Ts. 2; Ap. Pero aunque no tomásemos en cuenta los nexos entre estos textos y el genero apocalíptico es obvio que el mensaje de Jesús y la iglesia primitiva le deben mucho a la escuela apocalíptica, como se pone en evidencia al ver el uso que se hace de conceptos apocalípticos tales como la resurrección, las dos eras, el Hijo del Hombre, el período de tribulación o el reino de Dios.

Por otra parte, la orientación puramente futurista de la literatura apocalíptica judía es sustituida en el NT por la convicción de que el cumplimiento escatológico ya ha comenzado en el hecho histórico de Jesucristo. De esta forma los cristianos se encuentran viviendo entre el “ya” y el “todavía no” lo que lleva a que se modifique la tendencia apocalíptica por la convicción de que ya está obrando el propósito redentor de Dios dentro de la historia en el tiempo presente.

Es más, se considera la apocalíptica neotestamentaria como cristocéntrica. Es decir, ya se ha producido el acto decisivo de salvación escatológica divina en la historia de Jesús quien, por lo tanto, constituye también el centro de la esperanza futura de los cristianos. Para los escritores del NT, la apocalíptica se convierte en el medio para declarar la relevancia y significación de Jesucristo para el destino del mundo.

Un aspecto del cumplimiento escatológico es la reanudación de la profecía, de manera que la apocalíptica neotestamentaria constituye una especie de nueva revelación profética. La apocalíptica abandona su carácter seudónimo, como también su ubicación imaginaria en el pasado; el profeta Juan, por ejemplo, escribe bajo su propio nombre (Ap. 1.1) y abandona la convención de escribir para un futuro distante (22.10).

Principales escritos escatológicos y apocalípticos

Como ya señalábamos en la introducción, dentro del canon, la literatura apocalíptica está representada especialmente por los libros de Daniel (que comentaré más adelante en este mismo punto) y Apocalipsis, pero hay muchos otros apocalipsis tanto de la época intertestamentaria como del periodo del cristianismo primitivo, que también contienen un mensaje apocalíptico.

Literatura escatológica canónica

Los profetas describen con frecuencia la era escatológica de salvación que se halla más allá del juicio. Fundamentalmente es la era en la cual:

  • Ha de prevalecer la voluntad de Dios. Las naciones han de servir al Dios de Israel y conocerán su voluntad (Is. 2:2ss Mi. 4:1ss; Jer. 3:17; Sof. 3:9ss; Zac. 8:20–23).
  • Habrá paz y justicia internacionales (Is. 2:4, Mi. 4:3), y paz en la naturaleza (Is. 11:6; 65:25).
  • El pueblo de Dios tendrá seguridad (Mi. 4:4; Is. 65:21–23) y prosperidad (Zac. 8:12).
  • La ley de Dios será escrita en sus corazones (Jer. 31:31–34; Ez. 36:26ss).

Se asocia frecuentemente con la era escatológica al rey David que ha de gobernar a Israel como representante de Dios (Is. 9:6ss; 11:1–10; Jer. 23:5ss; Ez. 34:23ss; 37:24ss; Mi. 5:2–4; Zac. 9:9ss). Un aspecto importante de estas profecías es que el Mesías ha de reinar en justicia. En el Antiguo Testamento todavía no se usa “Mesías” [Cristo] como término técnico para el rey escatológico. Otras figuras “mesiánicas” en la esperanza veterotestamentaria son:

  • “uno como un hijo de hombre” (Dn. 7:13).
  • el representante celestial de Israel, quien recibe el dominio universal.
  • el Siervo sufriente (Is. 53).
  • el profeta escatológico (Is. 61.1–3).

Generalmente la acción escatológica de juicio y salvación se lleva a cabo con la venida personal de Dios mismo (Is. 26:21; Zac. 14:5; Mal. 3:1–5).

Literatura apocalíptica no canónica

Fuera del canon, la literatura apocalíptica era seudoepigráfica, se escribía bajo un nombre asumido, por lo general un nombre famoso de tiempos antiguos. En estos casos el autor aparente se presentaba como prediciendo eventos que sin embargo ya habían ocurrido, como evidencia de su acceso a los secretos divinos.

Esta estrategia puede considerarse como un fraude piadoso, o simplemente como la forma que tiene el escritor apocalíptico de penetrar en el plan divino de la historia presentando una interpretación de las profecías del pasado, que ahora vuelve a escribir sobre la base de su cumplimiento, para mostrar cómo se han cumplido y lo que todavía queda por cumplirse expresando así el mensaje de los escritores apocalípticos como intérpretes de la revelación recibida en la época profética.

Desde esta perspectiva, los escritores apocalípticos a menudo hacen resúmenes históricos que llegan hasta su propia época, dándoles forma de profecía predictiva.

En el libro de Daniel, hay corrientes que piensan que fue escrito bajo un nombre asumido y con una fecha a partir del siglo II a. de J.C., después que muchos de los eventos predichos ya habrían ocurrido. La evidencia para esta suposición nunca ha sido muy fuerte, y mucha evidencia en contra ha salido a la luz en los últimos años, especialmente después del descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto.

Con relación a la calidad literaria y espiritual, el libro de Daniel deja muy atrás a los apocalipsis apócrifos, y difiere de éstos en otros muchos aspectos. Daniel, a diferencia de otros escritos, no asume como escritor a una figura de otra parte del Antiguo Testamento, ya conocido como uno que había recibido revelación. No muestra las características sectarias de los esenios que son típicas de los apocalipsis apócrifos más antiguos (véase más adelante). Además, el libro está incluido entre las Escrituras de los judíos, que es una especie de reconocimiento que no se le otorga a otros escritos apocalípticos.

Estas diferencias se explican en cierto grado al tener en cuenta que Daniel es más antiguo que otros apocalipsis judíos y que por ello suscitó la imitación por parte de otros que vinieron tras él, tanto por su calidad como porque cuando comenzaron a ser escritos, Daniel ya estaba en la lista para pertenecer al canon.

Los primeros escritores judíos de apocalipsis seudoepigráficos parecen haber sido antecesores y representativos de la escuela del pensamiento esenio, y son:

  • Cuatro de los cinco libros que forman El Libro de Enoc.
  • Los Testamentos de los Doce Patriarcas escritos en arameo (y posiblemente en griego).
  • Varios otros fragmentos de Apocalipsis encontrados en los Rollos del Mar Muerto tienen este punto de vista. Los Apocalipsis que fueron apareciendo más tarde, tales como “Las Parábolas de Enoc”.
  • La Asunción de Moisés y 2ª Esdras que contienen una fuerte dosis de pensamiento farisaico.

Por tanto podemos destacar como los apocalipsis judíos poscanónicos más importantes :

  • Enoc (colección de escritos de los cuales los primeros datan quizás del siglo V a.C., y los últimos del siglo I d.C.)
  • Testamento de Moisés (también llamado Asunción de Moisés que debe fecharse en el 165 a.C., o a principios del siglo I d.C.)
  • 4 Esdras (o 2 Esdras, según la edición), 2 Baruc y el Apocalipsis de Abraham, (todos del período 70–140 d.C.).
  • Otras obras, como Jubileos y los Testamentos de los doce patriarcas, contienen pasajes apocalípticos. Además en Qumrán se han encontrado algunos textos apocalípticos nuevos.
  • Literatura apocalíptica canónica.

Además de los libros de Daniel y Apocalipsis, que constituyen la base de la apocalíptica canónica por excelencia, podemos señalar los libros de Ezequiel y Zacarías, también en la Escritura se pueden identificar varios textos que contienen las características (que hemos comentando anteriormente) teológicas y literarias propias de la apocalíptica.

Entre estos fragmentos podríamos citar: Is. 24-27; Zac. 9-14; Ez. 37-39; Is. 34-35, que aunque provienen de contextos históricos diferentes y han sido redactados por distintos autores, tienen en común un interés por los acontecimientos del fin de la historia.

Dicho esto y puesto que Daniel es el libro de referencia en la apocalíptica hebrea intentaré un acercamiento a su estructura, características, y contenido. Como ya sabemos el estudio de Daniel provoca cierta controversia, llevando al lector a una pequeña confusión que al mismo tiempo despierta un interés por comprenderlo.

Sin embargo y a pesar de la variedad de opiniones, polémicas, críticas y distintas interpretaciones creo que no sería indicado renunciar a comentar aunque muy brevemente algunos de los puntos básicos de consenso dejando siempre una puerta abierta a profundizar en el libro a partir de estas bases.

Bosquejo del libro de Daniel

Los capítulos 1–6 son mayormente históricos en su contenido, y en ellos Daniel habla de sí mismo en tercera persona. El capítulo 1 narra la forma en que fue llevado cautivo de Judá a Babilonia y su subsiguiente ascenso al poder. En los cinco capítulos siguientes aparece sirviendo como primer ministro e intérprete de sueños para varios reyes gentiles. Las visiones de los capítulos 2, 4, y 5 se conceden a los reyes babilónicos Nabucodonosor y Belsasar, y revelan el destino de los reyes y los reinos gentiles. Al final del capitulo 5 se menciona brevemente la captura de Babilonia por Darío el medo. A esto sigue el relato de la creciente influencia de Daniel, y la conspiración contra su vida. Esta sección histórica finaliza con su milagrosa liberación.

En los capítulos 7–12 el contexto histórico se pierde de vista en buena medida, ya que Daniel mismo, hablando ahora en primera persona, pasa a ser el receptor de las visiones que destacan el destino de Israel en relación con los reinos gentiles.Paternidad literaria y fecha.

Una parte de la crítica moderna rechaza el libro de Daniel como documento del ss. VI a.C., a pesar del testimonio del libro mismo y de la declaración de nuestro Señor de que la “abominación desoladora” es algo de lo cual “habló el profeta Daniel” (Mt. 24.15). Los críticos sostienen que fue compilado por un autor desconocido alrededor del año 165 a.C., porque contiene profecías acerca de reyes y guerras postbabilónicos que supuestamente se hacen cada vez más precisos a medida que se aproximan a dicha fecha (11:2–35).

Además, se sostiene que fue escrito con el propósito de alentar a los judíos que se mantenían fieles en su lucha contra Antíoco Epífanes y que fue entusiastamente recibido por ellos como genuino y auténtico, e inmediatamente incorporado al canon hebreo.Este enfoque crítico es rechazado por la mayoría usando las siguientes razones:

  • La suposición de que el autor “colocó a Darío I antes de Ciro e hizo que Jerjes apareciese como padre de Darío I ( 6:28; 9:1), ignora el hecho de que Daniel se está refiriendo a Darío el medo, que fue gobernador durante el gobierno de Ciro, y cuyo padre tenía el mismo nombre que el rey persa posterior. Los críticos no discuten el hecho de que el autor era un judío extremadamente brillante” . Ningún judío inteligente del ss. II a.C. hubiera cometido errores históricos de la magnitud de los que suponen los críticos, teniendo ante sí las declaraciones de Esd. 4:5–6, especialmente al colocar a Jerjes como cuarto rey después de Ciro en Dn. 11:2.
  • Si este libro estuviera tan plagado de errores históricos cruciales como dicen algunos críticos, los judíos del período de los Macabeos nunca lo hubieran aceptado como canónico. Los palestinos cultos de aquella época tenían acceso a los escritos de Herodoto, Beroso, Menandro, y otros historiadores antiguos cuyas obras han desaparecido mucho tiempo, estando muy al corriente de los nombres de Ciro y sus sucesores al trono de Persia, pero ninguno de ellos encontró error histórico alguno en el libro de Daniel, aunque sí rechazaron obras tales como 1 Macabeos como indignas de figurar en el canon.
  • El descubrimiento de fragmentos de manuscritos del libro de Daniel en la cueva 1 y 4 de Qumrán, muestran los puntos de transición hebreo-arameo y arameo-hebreo que ha despertado serias dudas en cuanto a la necesidad de concretar una fecha macabea para el libro.
  • El autor pone de manifiesto poseer un conocimiento más exacto de la historia neobabilónica y persa que ningún otro historiador conocido desde el ss. VI a.C. En cuanto a Dn. 4, Robert H. Pfeiffer escribió: “Es de presumir que nunca hemos de saber cómo llegó al conocimiento de nuestro autor el que la nueva Babilonia fue creación de Nabucodonosor (4:30), como lo han demostrado las excavaciones” (cito pág. 758).

Referente a Dn. 5, la descripción de Belsasar como co-rey de Babilonia bajo Nabonido ha sido brillantemente respaldada por descubrimientos arqueológicos. Con respecto a Dn. 6, estudios recientes han demostrado que Darío de Media corresponde de manera extraordinaria a lo que se conoce por la Crónica de Nabonido y numerosos documentos contemporáneos.

No es posible seguir atribuyendo al autor el falso concepto de un reino medo independiente entre la caída de Babilonia y el ascenso de Ciro. Por otra parte, el autor tenía el conocimiento necesario de las costumbres del ss. VI a.C. como para saber que Nabucodonosor podía promulgar y modificar las leyes de Babilonia con una soberanía absoluta), y al mismo tiempo describir a Darío el medo como imposibilitado de modificar las leyes de los medos y los persas (6:8–9).

Además, representó con exactitud la modificación del castigo por fuego bajo el dominio babilónico (Dn. 3) por el del foso de los leones bajo los persas (Dn. 6), ya que el fuego era sagrado para los adoradores de Zoroastro.

En consecuencia, desde que los críticos casi unánimemente admiten que el libro de Daniel es obra de un solo autor (R. H. Pfeiffer, cito pág. 761–762), podemos afirmar que el mismo no pudo en manera alguna haber sido escrito tan tardíamente, como lo sería en la era de los Macabeos.

Finalmente, debemos afirmar que los argumentos clásicos a favor de una fecha en el ss. II a.C. resultan dificilmente admitibles. El hecho de que el libro fue ubicado en la tercera sección del canon hebreo (los Escritos), y no en la segunda (los Profetas), en el ss. IV d.C. en el Talmud no es un factor determinante, porque 200 años antes Josefo colocó a Daniel entre los profetas (Contra Apión 1:8).

Además, el hecho de que Ben-Sirá, autor de Eclesiástico (180 a.C.), no mencione a Daniel entre los hombres famosos del pasado no demuestra que no tuviese ningún conocimiento de Daniel, esto es evidente desde el momento que tampoco mencionó a Job o a los jueces (con excepción de Samuel), ni a Asa, Josafat, Mardoqueo, o Esdras (Ecl. 44–49).

La presencia de los tres nombres griegos para instrumentos musicales (traducidos “arpa”, “zampoña”, y “salterio” en Dn. 3:5, 10), es otro de los argumentos en defensa de una fecha tardía, aunque éste ya no constituye un problema serio, porque se ha comprobado que la cultura de Grecia había invadido el Cercano Oriente mucho antes de la época de Nabucodonosor.

Las palabras persas adoptadas para usos técnicos son también compatibles con una fecha temprana. El nombre Daniel en arameo es muy parecido al de Esdras y los papiros elefantinos del ss. V a.C. mientras que en hebreo se parece más al de Ezequiel, Hageo, Esdras, y Crónicas más que al de Eclesiástico (180 a.C.).

Concluiremos por tanto que comúnmente tanto la tradición judía como la cristiana han considerado el libro como un escrito genuino del profeta judío Daniel, que fue llevado cautivo a Babilonia en el año 605 a.C. contando éste con unos 19 años de edad cuando Nabucodonosor rey de Babilonia hizo su primera incursión contra Jerusalén después de haber derrotado a los egipcios en la batalla de Carquemis.

Las profecías de Daniel

Este importante libro apocalíptico provee la estructura básica para la historia judía y gentil desde los tiempos de Nabucodonosor hasta la segunda venida de Cristo. Resulta prácticamente esencial la comprensión de sus profecías para una interpretación adecuada de diferentes textos de las Escrituras como el discurso de Cristo en el monte de los Olivos (Mt. 24–25; Lc. 21), la doctrina paulina del hombre de pecado (2 Ts. 2), y el libro de Apocalipsis. El libro de Daniel reviste, a la vez, gran importancia teológica por sus doctrinas sobre los ángeles y la resurrección.

Entre los que adoptan el enfoque conservador en cuanto a la fecha y la paternidad literaria de Daniel existen dos escuelas principales de pensamiento con respecto a la interpretación de las profecías que contiene. Por un lado, algunos comentaristas interpretan las profecías de Daniel respecto a la gran imagen (2:31–49), las cuatro bestias (7:2–27), y las setenta semanas (9:24–27), con culminación en la primera venida de Cristo y los acontecimientos relacionados con ella, porque encuentran en la iglesia el nuevo Israel, el cumplimiento de las promesas de Dios para los judíos (el Israel antiguo).

En consecuencia, la piedra que hiere a la imagen (2:34–35) señala la primera venida de Cristo y el subsiguiente crecimiento de la iglesia. Los diez cuernos de la cuarta bestia (7:24) no representan necesariamente reyes contemporáneos; el cuerno pequeño (8:9) no representa necesariamente a un ser humano; y la frase “tiempo, y tiempos, y medio tiempo” (7:25) ha de interpretarse simbólicamente.

De la misma manera, las “setenta semanas” (9:24) son simbólicas; dicho período simbólico termina con la ascensión de Cristo, habiendo completado las seis metas propuestas (9:24). Es la muerte del Mesías lo que motiva el cese de los sacrificios y ofrendas de los judíos, y “el desolador” (9:27) se refiere a la posterior destrucción de Jerusalén por Tito.

Sin embargo, otros comentaristas interpretan que estas profecías culminan en el segundo advenimiento de Cristo, cuando la nación de Israel nuevamente ocupa un lugar prominente en las relaciones de Dios con la raza humana. Por consiguiente, la gran imagen de Dn. 2 representa “los reinos del mundo” dominados por Satanás (Ap. 11.15) en la forma de Babilonia, Medopersia, Grecia, y Roma, continuando esta última, de una forma u otra, hasta el final de la presente era.

Este imperio inicuo termina finalmente en diez reyes contemporáneos (Dn. 2:41–44; 7:24; Ap. 17:12), que son destruidos por Cristo en su segunda venida (2.45). Luego Cristo establece su reino sobre la tierra (Mt. 6:10; Ap. 20:1–6), que se convierte en “un gran monte” que llena “toda la tierra” (2:35).

En Dn. 7 tenemos la descripción de las mismas cuatro monarquías como bestias salvajes, y la cuarta (Roma) produce diez cuernos que corresponden a los dedos de los pies de la imagen (7:7). Sin embargo, se aprecia un avance con relación al segundo capítulo, en el sentido de que el anticristo aparece ahora como un undécimo cuerno que derriba a tres de los otros diez reyes y persigue a los santos por “tiempo, y tiempos, y medio tiempo” (7:25).

Un posible significado de esta frase sería que hiciese referencia a tres años y medio, tal vez se ve más claro si comparamos Ap. 12:14 con 12:6 y 13:5. La destrucción del anticristo, en quien se concentra finalmente el poder de las cuatro monarquías y los diez reyes (Ap. 13:1–2; 17:7–17; Dn. 2.35), la lleva a cabo “uno como un hijo de hombre” (Dn. 7:13) que viene “en las nubes del cielo” (Mt. 26:64; Ap. 19:11ss).

El “cuerno pequeño” de Dn. 8:9ss no se ha de tomar como el de 7:24ss (el anticristo), porque no surge de la cuarta monarquía sino de una división de la tercera. Históricamente, el cuerno pequeño de Dn. 8 es considerado como la persona de Antíoco Epífanes, el perseguidor seléucida de Israel (8:9–14). Proféticamente, este cuerno pequeño puede simplemente representar al rey escatológico que se opone al anticristo (8:17–26; 11.40–45).

La profecía de las 70 semanas (9:24–27) se considera de crucial importancia para la escatología bíblica. Las 70 semanas pueden calcularse siguiendo distintas teorías de datación, existe sin embargo cierto consenso al determinar el significado de “semana” como unidad de siete años, de modo que las setenta semanas equivalen a un periodo de 490 años, alegorizar esta expresión como periodos indefinidos de tiempo acarrea grandes problemas en la interpretación total de la profecía, ya que Daniel está hablando de en cifras y de eventos específicos (restauración y edificación de Jerusalén, venida del Mesias y su muerte). Yo comentaré las teorías de datación más utilizadas por los estudiosos del tema.

Existen cuatro escuelas básicas de interpretación:

  • Según James Montgomery el pasaje pertenece al pasado ya que el libro fue escrito cerca del 165aC, escribiendo sobre eventos ya ocurridos.
  • Según Edward J. Young y bajo su punto de vista amilenarista propone:
    • Semanas 1-7 se cumplen entre el tiempo de Ciro (538 a.C.) y Nehemías (440 a.C.).
    • Semanas 8-69 entre Nehemias y el nacimiento de Cristo.
    • La primera mitad de la semana 70 entre el nacimiento y su muerte.
    • La segunda mitad entre la muerte de Cristo y la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70d.C.
  • Según C. F. Keil, también amilenarista, propone:
    • Semanas 1-7 se cumplen con la primera venida de Cristo.
    • Semanas 8-69 se cumplirán con la aparición del Anticristo.
    • La semana 70 se cumplirá con los eventos que culminan en la segunda venida de Cristo.
  • Según John F. Walvoord de la escuela premilenarista propone:
    • Semanas 1-69 se cumplen poco antes de la crucifixión de Cristo.
    • Entre la semana 69-70 se da un intervalo de tiempo en que Dios está cumpliendo su propósito en este tiempo presente.
    • La semana 70 tiene su cumplimiento con la tribulación, aparición del Anticristo y segunda venida de Cristo para establecer su reino.

Concretando un poco más en las fechas y según el profesor Hoehner el orden más lógico comenzaría el cálculo a partir del decreto de Artajerjes I para la reconstrucción de Jerusalén en el año 444 a.C. (Neh. 2:1–8) y que terminan con el establecimiento del reino milenial (9:24). Parece evidente que existe un vacío o laguna que separa el final de la sesenta y nueve semana con el principio de la semana setenta (9:26), pues Cristo colocó “la abominación desoladora” al final mismo de la era actual (Mt. 24:15 en contexto; Dn. 9.27). Lagunas proféticas de esta naturaleza aparecen con cierta frecuencia en el Antiguo Testamento ( Is. 61.2; Lc. 4.16–21). Así, la semana setenta, según los premilenaristas dispensacionalistas, es un período de siete años inmediatamente anterior al segundo advenimiento de Cristo, en cuyo lapso el anticristo alcanza el dominio mundial y persigue a los santos.

En Dn. 11:2ss se anticipa el anuncio de la aparición de cuatro reyes persas (de los que el cuarto es Jerjes); Alejandro Magno; y diversos reyes seléucidas y tolomeos, que culminan con Antíoco Epífanes (11:21–32), cuyas atrocidades provocaron las guerras de los Macabeos (11:32b–35). Se considera que el vv. 35b proporciona la transición hacia los tiempos escatológicos. En primer lugar aparece el anticristo (11:36–39); y luego el último rey del Norte, es quien según algunos entendidos premilenaristas, ha de aplastar tanto al anticristo como al rey del Sur antes de ser destruido sobrenaturalmente sobre las montañas de Israel (11.40–45; lJ. 2:20; Ez. 39:4, 17). Mientras tanto, el anticristo se habrá recuperado del golpe fatal que recibió, para comenzar su período de dominio mundial (Dn. 11:44; Ap. 13:3; 17:8).

La gran tribulación, según lo dicho duraría 3½ años (Dn. 7:25; Mt. 24:21), se inicia con la victoria del arcángel Miguel sobre los ejércitos celestiales de Satán (Dn. 12:1; Ap. 12:7ss), y termina con la resurrección corporal de los santos del período de la tribulación (Dn. 12:2–3; Ap. 7:9–14). Aunque el período de la tribulación dura sólo 1.260 días (Ap. 12:6), parecen requerirse 30 días adicionales para la limpieza y la restauración del templo (Dn. 12:11), y otros 45 días antes de que se pueda disfrutar plenamente de las bendiciones del reino milenial (12:12).

Conclusiones y apreciaciones personales

El proceso de recopilar fuentes bibliográficas sobre el tema me ha ayudado a ver la diversidad y complejidad que envuelve a este tipo de literatura aunque a su vez me ha resultado interesante apreciar como en cada punto a tratar se podía evidenciar una línea básica de consenso a la cual he intentado ceñirme en la medida de lo posible.

Personalmente me ha resultado curioso descubrir como al acercarnos a la apocalíptica hebrea desde nuestros días se corre el peligro de enfocar su estudio con un énfasis deliberado cristiano, es decir, se intenta atribuir a la visión judía de la época íntertestamentaria y a la esperanza escatológica de aquel tiempo un interés primordial en ver a Jesucristo como el centro básico y primordial de ésta. De tal forma que los cristianos hemos sido tentados a proyectar sobre las expectativas judías todo lo que se considera cumplido en Cristo, este tipo de acercamiento ofrece una imagen de un judaísmo que esperaba ansiosamente al redentor, pero por lo que he podido ver en la realización de este ensayo, esto constituiría una imagen demasiado simple de la realidad del pensamiento escatológico judío que más bien contaba con una gran variedad de expectativas confusas que el pueblo no mostró demasiado interés en examinar.

Me ha resultado sin embargo curioso ver como en nuestros días tampoco hay el interés que hubo por ejemplo en los años 80 en examinar sobre los acontecimientos finales de la literatura apocaliptica. Personalmente veo significativo y me trae a la mente un cierto grado de paralelismo con la actitud del pueblo judío, el hecho de que sea en medio de la “psicosis” y el miedo generalizado a que estallase un holocausto nuclear durante la Guerra Fría cuando se produjo un “boom” en la publicación de libros ( a nivel nacional tenemos a J. Grau, F. La Cueva, y muchos otros) e interpretaciones de todo tipo sobre los acontecimientos apocalípticos y todo el énfasis que surgió en cuanto a la datación y la consiguiente discusión sobre posibles fechas y claves (acontecimientos, señales, etc.) que determinasen el momento histórico en que volvería el Mesias.

También me ha resultado muy útil a la hora de integrar más claramente y manejar con mayor agilidad los acontecimientos históricos estudiados en la asignatura sobre la evolución histórica del pueblo judío en el periodo intertestamentario.

Autora: Pepi Vicente

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