Crítica textual

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La crítica textual (restauración textual) procura establecer, por medio de la investigación de las copias divergentes, cuál forma de texto debería considerarse como la más cercana al original. En algunos casos, las evidencias se hallarán tan justamente divididas, que será extremadamente difícil decidir entre dos variantes. En otros casos, el crítico puede arribar a una decisión basada en razones más precisas que lo mueven a preferir una variante y rechazar otra.

Tabla de contenidos

El período pre-crítico

Los hechos más sobresalientes en la historia de los hombres que aplicaron esta ciencia en la búsqueda por restaurar el texto del Nuevo Testamento, se pueden resumir más o menos así: Durante los siglos XVII y XVIII, varios eruditos lograron recaudar gran número de información de muchos manuscritos griegos, así como de las versiones antiguas y de los Padres Apostólicos. Sin embargo, con la excepción de dos o tres editores que tímidamente se atrevieron a corregir algunos de los más notorios errores del Textus Receptus, esta degradada forma de Nuevo Testamento continuó siendo reimpresa edición tras edición hasta el siglo XIX.

Walton Bentley Semler

Fell Mace Bowyer

Mill Bengel Harwood

Wells Wettstein Griesbach

1655-1812

El período crítico moderno

Lachmann, el precursor

No fue sino hasta la primera parte del siglo XIX, cuando el erudito clásico alemán Karl Lachmann se aventuró a aplicar los criterios que había utilizado en la edición de textos griegos clásicos. Lachmann fue el primer erudito a quien se le reconoció haberse apartado totalmente del Textus Receptus. El demostró, por comparación de manuscritos, cómo éstos se podían retrotraer hasta sus arquetipos perdidos e inferir su condición y paginación. Al editar su Nuevo Testamento, la intención de Lachmann no era reproducir el texto original, lo cual consideraba una labor imposible, sino presentar, con puras evidencias documentadas y aparte de cualquier edición impresa previamente, el tipo de texto corriente en la cristiandad oriental al final del siglo IV. A pesar de los muchos obstáculos que encontró durante su trabajo y de las limitaciones de su obra, el juicio de la mayoría de los eruditos está de acuerdo con la evaluación que Hort ha hecho de Lachmann y su obra: “… Un nuevo período comenzó en 1831, cuando por primera vez, un texto fue construido directamente de antiguos documentos sin la intervención de ninguna edición impresa, y cuando el primer intento sistemático fue hecho para substituir la elección arbitraria por el método científico en la discriminación de variantes textuales”.

Tishendorf, el descubridor

El hombre con quien los críticos textuales modernos del Nuevo Testamento se encuentran más en deuda es sin duda Lobegott Friedrich Constantin V. Tischendorf. Este erudito buscó y publicó más manuscritos y produjo mayor número de ediciones críticas de la Biblia griega que ningún otro. Entre 1841 y 1872 preparó ocho ediciones del Nuevo Testamento griego, algunas de las cuales fueron reimpresas solas o juntamente con versiones alemanas y latinas, así como también 22 volúmenes de manuscritos de textos bíblicos. El número total de sus libros y artículos, resaltando que la mayoría de ellos están relacionados con la crítica bíblica, supera los ciento cincuenta. Mientras estudiaba teología en Leipzig, desde 1834 hasta 1838, el joven Tischendorf estuvo bajo la influencia de Johann Winer, cuya gramática del Nuevo Testamento Griego logró muchas ediciones y permaneció como la normativa por varias generaciones. Winer supo infundir en su pupilo la pasión por la búsqueda y aplicación de los testigos más antiguos para reconstruir la forma más pura de la Escritura griega. A esta tarea se dedicó el joven erudito, quien escribiendo a su novia en cierta ocasión, le declaró: “… estoy confrontado con una labor sagrada: La lucha por recobrar la forma original del Nuevo Testamento”. A los veinticinco años de edad, Tischendorf descifró el palimpsesto códice Efraemi; viajó extensamente por toda Europa y el Cercano Oriente en busca de manuscritos nuevos y antiguos; los examinó y los editó, y en 1859 descubrió en el Monasterio de Santa Catalina, en el Monte Sinaí, el documento que tiene la primacía entre los testigos más fieles y antiguos del Nuevo Testamento: el códice Sinaítico.

Tregelles, el abnegado

En Inglaterra, el erudito que, a mediados del siglo XIX, tuvo más éxito en alejar la preferencia inglesa por el Textus Receptus fue Samuel Prideaux Tregelles. Cuando aún tenía veinte años, Tregelles comenzó a hacer planes para una edición crítica del Nuevo Testamento. Sin saberlo, Tregelles desarrolló con una similitud asombrosa principios de crítica paralelos a aquellos de Lachmann. De ahí en adelante, se dedicó a la comparación de manuscritos griegos, y viajó extensamente a través de toda Europa con este propósito.

Su cuidadoso y sistemático examen de casi todos los unciales hasta entonces conocidos y varios minúsculos importantes, resultaron en la corrección de muchas citas erradas por previos editores. También revisó nuevamente las citas del Nuevo Testamento que se encuentran en los escritos de los padres de la Iglesia hasta Eusebio, así como las versiones antiguas, y finalmente produjo una edición que publicó entre 1857 y 1872. A pesar de su pobreza, oposiciones y enfermedades, Tregelles superó todas las dificultades y dedicó todo el tiempo de su vida a labores meticulosas sobre el texto del Nuevo Testamento como un acto de adoración y compromiso con Dios, como él mismo declara en el prefacio de su edición: “… En la creencia plena de que será para el servicio a Dios, al servir a su Iglesia.”

Alford, el valeroso

Merece también mencionarse a Henry Alford , como un ardiente abogado de los principios de la crítica textual formulados por aquellos que, como Lachmann, habían trabajado, según sus propias palabras, en “… la demolición de la inmerecida y pedante reverencia por el Textus Receptus el cual obstruyó el camino de toda posibilidad de descubrir la genuina Palabra de Dios”.

Westcott y Hort … o la ciencia de la crítica textual.

El año de 1881 tiene un significado especial por la publicación de la más notable edición crítica del Testamento Griego jamás producida. Después de 28 años de trabajo, Westcott y Hort, ambos profesores de Divinidad en Cambridge, produjeron dos volúmenes titulados El Nuevo Testamento en Griego Original. A diferencia de editores anteriores, ni Westcott ni Hort se abocaron a la comparación de manuscritos ni tampoco proveyeron un aparato crítico. Más bien, utilizando colecciones de variantes textuales previas, perfeccionaron la metodología crítica desarrollada por Griesbach, Lachmann y otros, y la aplicaron rigurosamente pero con discriminación, a los testigos del Nuevo Testamento.

Los principios y procedimientos de la crítica textual elaborada por ellos son demasiado extensos para explicarlos en detalle, pero pueden resumirse sumariamente como lo determinaron en su introducción, a saber: Las evidencias internas de la lectura; las probabilidades intrínsecas y de transcripción; los grupos de evidencias internas y las evidencias genealógicas.

Al mirar en retrospectiva y evaluar la obra de Westcott y Hort, puede decirse que los eruditos de hoy día están de acuerdo en que la principal contribución hecha por ellos fue la clara demostración de que el texto Bizantino, es posterior a otros textos. Tres formas principales de evidencias respaldan este juicio: primero, el texto Bizantino contiene lecturas combinadas o fusionadas que son claras composiciones de elementos de otros textos más antiguos; segundo, ninguno de los padres ante-niceno cita lectura alguna del texto Bizantino; y tercero, en la comparación entre las lecturas sirias con otras rivales, su aspiración de ser aceptada como original se encuentra gradualmente disminuida y finalmente desaparece. No puede ser sorpresa que el total rechazo que Westcott y Hort mostraron hacia las aspiraciones del Textus Receptus de ser el original del Nuevo Testamento, fuera visto con alarma por muchos hombres de la iglesia, y encontrara serias oposiciones. Baste decir que todos aquellos que se opusieron a la obra de Westcott y Hort no alcanzaron a comprender la fuerza del método genealógico, según el cual el texto más tardío y combinado se evidencia como secundario y corrupto.

El breve recuento de la obra de Westcott y Hort puede concluir con la observación de que el consenso mayoritario de opiniones eruditas reconoce que sus ediciones críticas fueron verdaderamente extraordinarias. Ellos presentaron lo que sin duda es el más puro y antiguo texto que podía ser obtenido con los medios de información de la época. A pesar de que el descubrimiento de nuevos manuscritos ha requerido la nueva alineación de ciertos grupos de testigos, la validez general de sus principios y procedimientos críticos son ampliamente reconocidos por los eruditos textuales contemporáneos.

Bernhard Weiss … o el arte de la crítica textual

Durante su larga y fructífera vida, Bernhard Weiss, profesor de exégesis del Nuevo Testamento en Kiel y Berlín, editó el Nuevo Testamento Griego. Por ser primeramente un buen teólogo, trajo a su labor un amplio y detallado conocimiento de los problemas teológicos y literarios del texto del Nuevo Testamento. En lugar de agrupar los manuscritos y evaluar las variantes por la vía del respaldo externo, Weiss discriminó entre las lecturas variantes de acuerdo con lo que a él le parecía el sentido más apropiado del contexto. Su procedimiento consistió en recorrer cada uno de los libros del Nuevo Testamento con un aparato crítico y considerar las más importantes variantes textuales, seleccionando en cada caso la lectura que le parecía justificada; como Hort hubiera dicho: “por probabilidad intrinseca”. Después que Weiss editó su texto al adoptar las variantes que le parecieron más apropiadas de acuerdo con el estilo y teología del autor, hizo una lista de los diferentes tipos de error que observó entre las variantes textuales y evaluó cada uno de los principales manuscritos de acuerdo a su relativa liberación de tales faltas. En la asignación del grado de pureza de los manuscritos griegos, en sus distintos tipos de error, Weiss determinó que el códice Vaticano era el mejor. No sorprende entonces, que el carácter general de la edición de Weiss fuera extraordinariamente similar a la de Westcott y Hort, quienes se apoyaron tanto en el códice Vaticano. La importancia del texto editado por Weiss consiste en que, no solamente expresa la opinión madura de un gran erudito exégeta, quien dio años de detallada consideración al significado del texto; si no que es importante también porque los resultados de su aparente metodología “subjetiva” confirman los resultados de otros eruditos que siguieron un procedimiento distinto, calificado algunas veces como más “objetivo” por comenzar por el agrupamiento de los mismos manuscritos.

El descubrimiento del Códice Sinaítico

En 1844, cuando aún Tischendorf no tenía 30 años y se desempeñaba como catedrático de la Universidad de Leipzig, comenzó un extenso viaje por el Cercano Oriente en busca de manuscritos bíblicos. Mientras visitaba el monasterio de Santa Catalina en el monte Sinaí, tuvo oportunidad de observar una cesta de basura que contenía algunas hojas de pergamino, la cual iba a ser usada para alimentar el fuego de la estufa. Al examinarlas, demostraron ser parte de una copia de la Versión Septuaginta del Antiguo Testamento.. Tischendorf logró retirar de la cesta no menos de 43 hojas, mientras los monjes casualmente le comentaban que … ¡dos cestas iguales acababan de ser quemadas en la chimenea!. Momentos más tarde, cuando le mostraron otras porciones del mismo códice (contenía todo Isaías y el libro cuarto de Macabeos), él advirtió a los monjes que tales cosas eran demasiado valiosas para alimentar el fuego. Con las 43 hojas que se le permitió retener, las cuales contenían porciones del Primer Libro de Crónicas, Jeremías, Nehemías y Esther, hizo una publicación en 1846, nombrando tales documentos como el códice Federico Augustanus. En 1853, Tischendorf volvió a visitar el monasterio con la esperanza de hallar otras porciones del mismo manuscrito. No obstante, la alegría demostrada con el ha-llazgo anterior había hecho a los monjes más cautelosos, y no pudo conseguir nada adicional al manuscrito. En el año de 1859, los viajes llevaron a Tischendorf nuevamente al Monte Sinaí, esta vez bajo los auspicios del Zar de Rusia, Alejandro II. El día anterior a su partida, Tischendorf presentó al abad del monasterio una copia de la edición de la Septuaginta que recientemente había publicado en Leipzig. Fue entonces cuando el abad le comentó que él también poseía una copia similar; y acto seguido, sacó de su armario un manuscrito envuelto en una tela roja. Allí, ante los ojos atónitos del erudito, reposaba el tesoro que por tanto tiempo había deseado encontrar. Tratando de controlar sus emociones y aparentando normalidad, Tischendorf solicitó hojear someramente el códice, y luego de retirarse a su aposento, pasó toda la noche en el indescriptible gozo de estudiar el manuscrito, como declara su diario en latín “quippe dormire nefas videbatur” Verdaderamente hubiera sido un sacrilegio dormir. Durante esa noche, pudo comprobar que el documento contenía más de lo que hubiera esperado, pues no sólo estaba la mayor parte del Antiguo Testamento, sino que el Nuevo Testamento se encontraba completo, intacto y en excelente estado de preservación, con la adición de dos trabajos cristianos del siglo II: La Epístola de Bernabé y una extensa porción del Pastor de Hermas, conocido hasta entonces sólo por su título. La siguiente mañana, Tischendorf trató sin éxito de comprar el manuscrito. Luego, pidió permiso para llevar el documento a El Cairo a fin de estudiarlo, pero tampoco le fue concedido, y tuvo que partir sin él. Más tarde, mientras se encontraba en El Cairo, lugar donde los monjes también tenían un pequeño monasterio, Tischendorf solicitó al superior del mismo, para que éste mandara por el manuscrito. El superior aceptó con la condición de que se intercambiaran mensajeros beduinos, los cuales traerían y devolverían el manuscrito cuaderno por cuaderno (ocho a diez hojas por vez), mientras Tischendorf procedía a copiarlo. Teniendo por copistas a dos alemanes que se encontraban en El Cairo, un farmacéutico y un bibliotecario, que tenían conocimientos del griego, y bajo la cuidadosa supervisión de Tischendorf, éste comenzó su trabajo de transcribir las 110.000 líneas del texto, el cual terminó en un lapso de dos meses. La próxima etapa de negociaciones, envolvió lo que en un eufemismo podríamos llamar “diplomacia eclesial”. Para ese tiempo, el cargo de mayor autoridad entre los monjes del Sinaí se hallaba vacante. Tischendorf sugirió que sería muy ventajoso para ellos hacer un apropiado regalo al Zar de Rusia, cuya influencia como protector de la iglesia griega ellos deseaban, y… ¿cuál podría ser mejor regalo que el viejo manuscrito? Después de largas negociaciones, el precioso códice fue entregado a Tischendorf para su publicación en Leipzig y para presentarlo al Zar en nombre de los monjes. La publicación definitiva del códice fue hecha en el siglo XX por la Universidad de Oxford (N.T.1911; A.T.1922). Luego de la revolución rusa, al no estar interesada la Unión Soviética en la Biblia, y por necesidades económicas, negociaron su venta con los encargados del Museo Británico por 100.000 Libras Esterlinas, cantidad que fue pagada por mitades entre el Gobierno inglés y una suscripción popular, de individuos y congregaciones en Inglaterra y Estados Unidos. Al finalizar el año 1933, el manuscrito fue depositado en el Museo de Londres, donde permanece hasta hoy.

Nestle, Souter, Merk, Bover … paciencia y erudicción

El texto del Nuevo Testamento prosiguió su proceso de restauración mediante la aplicación de la ciencia de la crítica textual, a través de las extensas y pacientes labores realizadas por Souter; von Soden; Merk; Bover; Nestle; Legs; Tasker y muchos otros, acerca de los cuales no es posible hablar ahora. De igual forma éstos fueron ayudados por importantes descubrimientos de nuevos manuscritos griegos realizados en la primera mitad del siglo XX, que permitieron arrojar mayor luz en la restauración del texto bíblico.

Aland y Metzger, héroes contemporáneos

En 1966, luego de una década de labores de investigación textual realizada por un Comité Internacional, cinco Sociedades Bíblicas publicaron una edición del Nuevo Testamento Griego diseñado especialmente para traductores y estudiantes. Su “aparato textual”, que provee relativamente todas las citas de evidencias manuscritas, incluye cerca de mil cuatrocientos cuarenta juegos de variantes textuales, escogidos especialmente en vista de su significado exegético. Contiene igualmente un “aparato de puntuación” que cita diferencias significativas en más de 600 pasajes, coleccionados de cinco ediciones del Nuevo Testamento griego y diez traducciones al inglés, francés y alemán. Durante la reconstrucción de este texto Griego se tomó como base la edición de Westcott y Hort, y se evaluaron todos los descubrimientos acontecidos durante el siglo XX, en el cual existen documentos manuscritos mucho más antiguos del Nuevo Testamento, como nunca antes. Gracias a ello, ha sido posible producir ediciones de las Sagradas Escrituras con palabras que se aproximan hoy más que nunca a aquellas registradas en los Autógrafos Originales.

El nuevo Texto Griego Normativo

De la narrativa precedente el lector ha podido apreciar cómo, durante los 14 siglos en que el Nuevo Testamento fue transmitido en copias manuscritas, llegaron a volcarse en su texto numerosos cambios. De los aproximadamente 5.000 manuscritos griegos del Nuevo Testamento conocidos hoy, no existen siquiera dos que coincidan en todos sus particulares. Al ser confrontados con esta masa de lecturas conflictivas, los editores han de decidir cuáles variantes merecen ser incluidas en el texto como originales, y cuáles deben ser relegadas al aparato crítico a pie de página. A pesar de que a primera vista la tarea de restauración puede parecer una tarea imposible de realizar a causa de las miles de variantes de lectura envueltas en la decisión, los eruditos han logrado desarrollar ciertos criterios de evaluación que hoy son generalmente aceptados. Tales consideraciones dependen, como se podrá apreciar más adelante, de probabilidades. En ocasiones, el crítico textual deberá sopesar un conjunto de esas probabilidades, una contra otra. A demás de esto, debe advertirse que, a pesar de que los criterios que siguen a continuación han sido desarrollados en forma metódica, uno no puede presuponer que una aplicación meramente mecánica o estereotipada siempre resolverá el problema. El rango y la complejidad de los datos textuales son tan inmensos, que ningún sistema de preceptos, por meticuloso que sea, podrá jamás ser aplicado con precisión matemática. Cada una de las variantes textuales necesita ser considerada individualmente y no juzgada conforme a reglas fijas. Con esta advertencia en mente, el lector podrá apreciar que los lineamientos generales de criterios son propuestos sólo como una conveniente descripción de las consideraciones más importantes que la Crítica Textual contemporánea tuvo en mente al seleccionar las variantes textuales.

Entre las principales categorías o clases de criterios que asistieron en la evaluación del valor relativo de las variantes textuales, se encuentran aquellas que envuelven: primero, las Evidencias externas, que tienen que ver con los manuscritos mismos, y segundo, las Evidencias internas, que tienen que ver con las probabilidades relacionadas con los hábitos de los escribas y con el estilo del autor. Veamos un poco mas en profundidad las normas para el establecimiento del Texto Normativo:

Las consideraciones que abarcan las evidencias externas, dependen de:

1. Fecha y carácter del testigo. En general, los manuscritos más antiguos se encuentran menos propensos a los errores producidos por la repetición de copias. Sin embargo, de mayor importancia que la antigüedad del documento mismo es la antigüedad y el carácter del tipo de texto que representa, así como el esmero del copista al producir el manuscrito.

2. La relación genealógica de textos y “familias” de testigos. La sola cantidad de testigos en respaldo de una variante textual no necesariamente prueba su superioridad sobre esa variante. Por ejemplo, si en una oración específica la lectura “y” está respaldada por veinte manuscritos y la lectura “x” por un sólo manuscrito, el respaldo numérico relativo que favorece a “y” no sirve de mucho si se comprueba que los veinte manuscritos son copias provenientes de un solo original que ya no existe, cuyo escriba introdujo en principio esa particular variante. En ese caso, la comparación deberá ser hecha entre el manuscrito que contiene la lectura “x” y el único testigo antepasado de los veinte que contiene la lectura “y”.

3. Los testigos han de ser sopesados antes que contados. Aquellos testigos que son considerados generalmente fieles en casos específicos se les debe considerar predominantes en los casos donde los problemas textuales son ambiguos y su solución incierta. Al mismo tiempo, sin embargo, por cuanto el peso relativo de las varias clases de evidencias difieren de las distintas clases de variantes, no debe realizarse una mera evaluación mecánica de las evidencias.

La evidencia interna envuelve dos clases de probabilidades:

Las probabilidades de transcripción, que dependen de los hábitos de los escribas, y de las condiciones paleográficas en los manuscritos, y las probabilidades intrínsecas dependientes de consideraciones respecto a qué es lo que el autor pudo haber escrito. Con respecto a las probabilidades de transcripción, tenemos que:

1. En general, la lectura más difícil es preferida, particularmente cuando el sentido se muestra erróneo en la superficie, pero en posteriores consideraciones prueba ser correcto. (Aquí, la expresión “más difícil” significa aquello que debería haber sido más difícil para el escriba, quien hubiese podido sentirse tentado a hacer una enmienda. La mayoría de las enmiendas hechas por los escribas demuestran una gran superficialidad, combinando a menudo la apariencia de mejorar el texto con la ausencia de su realidad [Westcot y Hort]. Obviamente la categoría “lectura más difícil” es relativa, y en oportunidades se alcanza un punto en donde la lectura que se juzga es tan difícil, que sólo pudo haber surgido por un accidente de transcripción).

2. En general, la lectura más corta es preferida, excepto cuando el ojo del copista pudiera haber pasado inadvertidamente de una palabra a otra por tener un orden similar de letras; o donde el escriba pudiese haber omitido material por considerarlo superficial, tosco, contrario a creencias pías, usos litúrgicos o prácticas ascéticas.

3. Por cuanto la tendencia de los escribas era con frecuencia poner los pasajes divergentes en armonía unos con otros en pasajes paralelos, bien en citas del Antiguo Testamento o en distintas narrativas de un mismo evento en los Evangelios, se prefiere la lectura que envuelve disidencia verbal a aquella que es verbalmente concordante.

4. Los escribas, en algunas oportunidades, reemplazaban una palabra poco común por un sinónimo más familiar, alteraban una forma gramatical tosca o una expresión lexicográfica poco elegante de acuerdo con sus preferencias de expresión contemporáneas, o añadían pronombres, conjunciones y expletivos a fin de “suavizar” el texto.

En el caso de las probabilidades intrínsecas, el crítico textual toma en cuenta:

1. En general, el estilo y vocabulario del autor a través del libro; el contexto inmediato; y armonía con el estilo del autor en otras partes;

2. En los Evangelios, el trasfondo del arameo en las enseñanzas de Jesús; la prioridad del Evangelio según Marcos; y la influencia de la comunidad cristiana respecto a la formulación y transmisión del pasaje respectivo.

Es obvio que no todos estos criterios son aplicables en cada caso. El crítico textual debe reconocer cuándo es necesario otorgar mayor consideración a una clase de evidencia y menos a otra. Por cuanto la crítica textual es un arte al tiempo que una ciencia, es inevitable que en algunos casos los eruditos arriben a distintas evaluaciones en el significado de las evidencias. Estas divergencias se tornan casi inevitables cuando, como a veces sucede, las evidencias están tan divididas que, por ejemplo, la lectura más difícil es hallada en los testigos más recientes, o la lectura más larga es hallada solamente en los testigos más antiguos.

Durante los primeros años de expansión de la Iglesia, se desarrollaron lo que hoy conocemos como “textos locales” del Nuevo Testamento. A las nuevas congregaciones establecidas en grandes ciudades o cerca de ellas, tales como Alejandría, Antioquía, Constantinopla, Cártago o Roma, se le proveían copias de las Escrituras en el estilo que era corriente en ese área.

Monjes de la época bizantina

Al hacer copias adicionales, el número de lecturas especiales e interpretaciones eran conservadas y hasta cierto punto aumentadas, de tal manera que llegó a crecer una clase de texto que era más o menos propio de esa localidad. Hoy es posible identificar la clase de texto preservado en manuscritos del Nuevo Testamento al comparar sus características textuales con las citas de esos mismos pasajes en los escritos de los padres de la Iglesia que vivían en los principales centros eclesiásticos, o cerca de ellos. Al mismo tiempo, las peculiaridades del texto local tendían a diluirse y mezclarse con otras clases de texto. Por ejemplo, un manuscrito del Evangelio según Marcos copiado en Alejandría y llevado luego a Roma, ejercería sin duda, alguna influencia en los copistas que transcribían el texto de Marcos que era corriente en Roma. Sin embargo, durante los primeros siglos, las tendencias a desarrollar y preservar un tipo particular de texto, prevalecieron a la mezcla de ellos. De esta manera, se formaron varios tipos de texto del Nuevo Testamento, de los cuales, los más importantes son el Alejandrino, el Occidental, el Cesariense y el Bizantino.

Monjes de la época bizantina

Texto Alejandrino

Es usualmente considerado como el mejor y más fiel en la preservación del original. Sus características son la brevedad y la austeridad. Esto es, el Alejandrino es generalmente más corto que otras clases de texto, y no exhibe el grado de pulidez gramatical y estilística que caracteriza al tipo de texto Bizantino y en menor grado al tipo de texto Cesariense. Hasta muy recientemente, los dos principales testigos del tipo de texto Alejandrino eran el códice Vaticano y el códice Sinaítico, manuscritos en pergamino de mediados del siglo IV. Sin embargo, con la adquisición de los papiros Bodmer, particularmente el papiro 66 y el papiro 75 , ambas copias cercanas al fin del siglo II, existe evidencia de que el tipo de texto Alejandrino retrocede hasta un arquetipo ubicado en el principio del segundo siglo.

Texto Occidental

Este tipo de texto era corriente en Italia, Galia, África del norte y otras partes, incluido Egipto. Puede también retrotraerse hasta el siglo segundo. Utilizado por varios de los padres como fueron Cipriano, Tertuliano, Ireneo, y Tatiano , su presencia en Egipto está demostrada por dos papiros: El papiro 38, cerca del 300 después de Cristo y el papiro 48, cercano al final del siglo III. Los manuscritos griegos más importantes que representan el tipo de texto Occidental son el códice Beza, del siglo V o VI, que contenía Evangelios y Hechos. El códice Claromontanus, del siglo VI, que contenía Epístolas Paulinas y, el códice Washingtonianus, del final del siglo IV, que contenía desde Marcos capitulo 1, versículo 1 hasta el capitulo 5, versículo 30. De igual manera, las viejas versiones latinas son testigos notorios del tipo de texto Occidental, y se encuentran dentro de grupos principales, tales como las formas africana, italiana e hispana del texto latino antiguo. La característica principal del tipo de texto Occidental es su intensa paráfrasis.

Texto Cesarience

Parece haberse originado en Egipto. Está respaldado por el papiro Chéster Beatty 45. Fue traído quizá por Orígenes a Cesarea, donde fue utilizado por Eusebio y otros. De Cesarea fue llevado a Jerusalén, donde fue usado por Cirilo y por armenios que en épocas tempranas tenían una colonia en Jerusalén. Los misioneros armenios llevaron el tipo de texto Cesariense a Georgia, donde influyó en la Versión Georgiana, como también en el manuscrito griego del siglo IX, el códice Korideti. Parece, pues, que el tipo de texto Cesariense tuvo una larga y accidentada carrera. De acuerdo con los puntos de vista de la mayoría de eruditos, se trata de un texto oriental, y está caracterizado por una mezcla de lecturas occidentales y alejandrinas. También se puede observar un propósito de hacer elegantes las expresiones, distinción que es especialmente notable en el tipo de texto Bizantino.

Tipo de Texto Bizantino

Es el último de los varios tipos distintivos de texto del Nuevo Testamento. Lo caracteriza su esfuerzo por aparecer completo y con mucha lucidez. Los constructores de este texto intentaron sin duda pulir cualquier forma ruda del lenguaje, combinar dos o más lecturas divergentes en una sola lectura expandida, denominada fusión, y armonizar pasajes paralelos divergentes. Este tipo de texto combinado, producido quizá en Antioquía, Siria, fue llevado a Constantinopla, donde fue distribuido ampliamente a través de todo el Imperio Bizantino. Su mejor representante hoy es el códice Alejandrino y la gran masa de manuscritos minúsculos. Así, durante el período transcurrido entre el siglo VI hasta la invención de la imprenta en el siglo XV, el tipo de texto Bizantino fue reconocido como el texto autorizado, fue el de mayor circulación y el más aceptado. La descripción clásica del tipo de texto Bizantino es hecha por Hort. Él dice: “… Las cualidades que los autores del texto Bizantino parecieran más interesados en resaltar, son lo lúcido y lo completivo. Ellos estaban evidentemente ansiosos, hasta donde fuera posible, y sin recurrir a medidas violentas, por remover todas las piedras de tropiezo en el camino del lector ordinario. También estaban igualmente deseosos de que éste obtuviera los beneficios de la parte instructiva contentiva en todo texto existente, teniendo en cuenta no confundir el contexto o introducir aparentes contradicciones. Nuevas omisiones, por ende, son raras, y cuando ocurren, usualmente quieren contribuir a aparentar simplicidad. Por otra parte, abundan las nuevas interpolaciones, la mayoría de ellas hechas debido a armonizaciones u otra similitud, pero afortunadamente identificables por ser caprichosas o incompletas. Tanto en tema como en dicción, el texto Sirio es visiblemente un texto ‘completo’. Se deleita en pronombres, conjunciones, expletivos, y provee enlaces de todo tipo, así, como también añadiduras de consideración. Como distinguiéndose del valor denodado de los escribas occidentales y de la erudición de los alejandrinos, el espíritu de sus correcciones es al mismo tiempo sensible y débil. Totalmente irreprochable en bases literarias o religiosas respecto a una dicción vulgar o indigna, pero mostrando una ausencia de discernimiento crítico-espiritual, presenta el Nuevo Testamento en una forma blanda y atractiva, pero notablemente empobrecido en fuerza y sentido, más apropiado para la lectura rápida o recitativa que para el estudio diligente y repetido.” Tal forma alterada de texto es la que proveyó las bases para casi todas las traducciones del Nuevo Testamento hasta el siglo XIX. El texto Bizantino sirvió de base para la edición de Erasmo de Rotterdam publicada por Froben en 1516. Esta versión griega del Nuevo Testamento y sus subsecuentes ediciones fueron ampliamente difundidas, reconocidas y aceptadas como el texto normativo de la iglesia protestante, y llegó a ser famoso por su nombre latino de Textus Receptus.

Bibliografía

Sociedad Bíblica Iberoamericana  (http://www.labiblia.org)

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