Éxodo

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El “camino del desierto”

Ruta del éxodo

Uno de los elementos más destacados del éxodo de Israel es la ruta que el pueblo siguió, partiendo de Egipto, para dirigirse hacia Canaán.

A pesar de los avances, la arqueología y la topografía no han conseguido aún aclarar la ubicación exacta del Monte Sinaí. Tampoco hay un acuerdo mayoritario acerca del itinerario, por lo que el conocimiento que poseemos actualmente debe considerarse como probable.

La mayor exactitud de conocimiento topográfico del territorio egipcio hace que, algunos lugares referidos en Ex. 12:37; 13:17-14:4 y Nm. 33:5-8, puedan localizarse con bastante certeza.

Ramesés, punto de partida, se localiza en Tanis o Cantîr , y Sucot se identifica en el valle de Wâdi Tumilat, valle que constituye la principal ruta al este desde la región del Nilo. Comúnmente se considera que esta región corresponde a Gosén, donde se establecieron los israelitas en tiempos de José.

Los tres topónimos que aparecen en el segundo texto mencionado son Etam, Pi-hahirot y Migdol. Éstos son de localización más incierta y se han propuesto diversas ubicaciones. El nombre que habitualmente se traduce como “Mar Rojo” (del hebreo, yam sûp), significa literalmente “Mar de los Juncos” y, sin duda, se refiere a uno de los pantanos de agua dulce donde abundan los juncos en las cercanías del Lago Menzaleh y los lagos Amargos del sur, donde actualmente se encuentra el Canal de Suez.

Los israelitas no tomaron la ruta normal desde Egipto a Canaán. Dicha ruta era conocida como el “camino de los filisteos” (Ex. 13:17), empezaba en la actual Cantara y corría paralela a la costa hasta Gaza. Como esta era la ruta regular del ejército egipcio, había puestos de abastecimiento y tropas estacionadas a lo largo del camino. El pueblo tomó en cambio el “camino del desierto”. Según Ex. 15:22, este era el desierto de Shur, situado al noroeste de la península del Sinaí. Desde allí, los israelitas avanzaron hasta el Monte Sinaí. La poca población sedentaria de esta península ha provocado que apenas se haya mantenido la nomenclatura árabe desde la época de Moisés, por lo que las evidencias directas de la ubicación del Sinaí son escasas. A pesar de todo, la montaña granítica que se eleva en Jebel Musa es el sitio que más probabilidades tiene de corresponder al Monte Sinaí, también citado en la Biblia como Horeb. Del texto deducimos que el monte estaba muy al sur de Cades-Barnea y en Dt. 1:2 se describe el viaje desde esta ciudad hasta el Monte Sinaí asignándole una duración de once días. Eso situaría el monte muy al sur de la península del Sinaí.

Una constante de Israel: La murmuración en el desierto

Encontramos a Israel saliendo de Egipto en Ex. 12:37. Tras un periodo difícil en que Yahvé ha contendido por su pueblo con faraón , el pueblo es liberado y empieza su camino hacia la tierra prometida. Desde este texto y hasta la entrada en Canaán con Josué, el Pentateuco entremezcla la narrativa con las disposiciones legales y cultuales .

En los textos narrativos encontramos al pueblo desplazándose por el desierto y pasando numerosas situaciones novedosas para ellos. En todos los textos que refieren relatos en el desierto encontramos una constante: Israel murmura y se queja. En dichos textos, palabras tales como ‘queja’, ‘murmuración’ o ‘disputa’ se repiten más veces que otras como ‘pueblo’, ‘Israel’ o ‘liberación’.

Veamos a continuación un sencillo cuadro que recoge una relación de los textos narrativos de Éxodo y Números en que Israel está en el desierto y, de éstos, aquellos en que el pueblo murmura:El cuadro anterior no refiere los textos que se centran en preceptos cultuales, leyes sociales, familiares, comerciales, etc. Tampoco refiere Ex. 32-24 entendiendo que, si bien es un texto narrativo, pertenece a un todo de significado que va desde Éxodo 19 hasta Números 10:10. Todo en estos textos está dotado de una unidad de sentido: la formación y establecimiento del pueblo de Israel.

La murmuración en porcentajes

Sin duda, algo que llama la atención poderosamente son los números que se extraen de un primer análisis de los textos narrativos de Israel en el desierto.

En la tabla hay una división de los pasajes en 18 partes. Esta división sigue, en general, los títulos que las versiones españolas de Reina-Valera introducen a los textos. De los 18 pasajes, 10 tratan directamente el problema de la murmuración y la queja de Israel.

De los 8 pasajes que no mencionan esta situación sólo el pasaje de Ex. 18, que narra el encuentro con Jetro y el establecimiento de jueces en el pueblo, y la salida del Sinaí en Nm. 10, tienen más de una docena de versículos.

Las otras 6 perícopas son relatos breves a los que el autor parece dar una menor relevancia, si lo valoramos a tenor del escaso espacio que les dedica.

En cambio, si miramos los 10 pasajes que tratan el problema de la murmuración en el desierto, observamos que en 6 de ellos el autor ha dedicado como mínimo un capítulo entero , y que los otros 4 pasajes, aún siendo menores en extensión, son de indudable importancia, puesto que introducen elementos tipológicos que apuntan hacia la persona de Jesús, tales como el agua que sale de la roca o la serpiente de bronce.

Así pues, un estudio comparativo basado en la extensión de los pasajes decanta la balanza claramente. De la totalidad de textos narrativos que describen situaciones vividas por Israel en el desierto, la mayoría –baremo cuantitativo- refiere la murmuración del pueblo de forma directa y, además, los textos que tratan el tema de la murmuración son de mayor relevancia ya que ponen de manifiesto la esencia de lo que ocurre en y con el pueblo –baremo cualitativo.

La temática de las murmuraciones

Observemos a continuación los motivos por los que Israel murmura .

Como hemos dicho arriba, hallamos 10 pasajes donde el pueblo se queja, disputa con Moisés y con Yahvé, y donde murmura por diferentes razones. La mitad de estas ocasiones pertenecen a un mismo motivo.

Estas 5 ocasiones, los israelitas protestan por hambre o por sed. En 3 de esas 5 veces, el pueblo murmura porque no tiene qué beber o qué comer. Las otras 2 resultan aún más peculiares: En una tienen agua pero el agua es amarga.

En la otra tienen comida pero están cansados de comer siempre lo mismo y reclaman una dieta más variada, como la que disfrutaban en Egipto.

Resulta llamativo que ese motivo ocupe la mitad de las murmuraciones del pueblo. En el contexto del Nuevo Testamento, algunos de los que escuchan sobre el Reino de Dios interpretan el proyecto de Dios igual que el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento: En base a los beneficios inmediatos.

Pablo tendrá que recordarles a éstos en la epístola a los Romanos que el Reino no es ni comida ni bebida sino justicia, paz y gozo. El pueblo de Israel olvida en el desierto para qué han sido liberados y que Yahvé tiene una misión para ellos. Este tema, sin embargo, lo trataremos con más detalle en apartados posteriores.

Encontramos otras 2 murmuraciones con una temática coincidente.

La primera de ambas se halla en el relato de la serpiente de bronce. El texto dice literalmente que “el pueblo se desanimó por el camino” (Nm. 21:4). El cansancio, el desánimo, la apatía y la búsqueda de comodidad originan la murmuración del pueblo contra Dios.

En la misma línea temática podemos incluir la queja del pueblo ante el informe que traen los exploradores que reconocen la tierra de Canaán. Cuando el pueblo escucha el reporte de los doce hombres se desanima y reacciona con temor. Se quejan amargamente y se encaran a Moisés y a Yahvé. Esta última murmuración traerá consecuencias irrevocables para el pueblo (Nm. 14:1-4, 22-23).

Otras dos veces la murmuración se centra en el liderazgo de Moisés.

Los relatos de la rebelión de Coré, y de la envidia de Aarón y María, concentran un tema por el cual el pueblo murmura repetidas veces: Ante sus problemas y dificultades culpan a Moisés, le acusan de soberbio (Nm. 16:3), de incumplir la ley (Nm. 12:1), de afán de protagonismo y poder (Nm. 12:2), entre otras cosas. Aunque en estas dos ocasiones la murmuración ataca directamente a la persona de Moisés, en muchos de los otros motivos que generan murmuraciones entre el pueblo se pondrá en entredicho al liderazgo, especialmente a Moisés.

El último de los 10 textos que vamos a mencionar es el relato de la vara de Aarón. En este texto no se dice específicamente que el pueblo se queje por un tema en concreto pero sí queda constancia notable de que todo el pueblo murmura contra el liderazgo y contra Dios mismo (Nm. 17:5,10).

Yahvé provee de un sistema por el cual el pueblo se haga consciente de su error y cese en su empeño de lamentarse y quejarse contra Moisés, Aarón y los demás ancianos del pueblo, y rectifique su actitud. Así pues, este texto no trata un tema de murmuración concreto sino que el tema es la murmuración en sí misma.

Intervención de Dios ante la murmuración

La respuesta de Dios ante la murmuración es diversa y llena de matices. No podemos establecer unos parámetros fijos de “murmuración del pueblo”-“reacción de Dios”, pero sí podemos esbozar unas líneas de actuación generales que Dios sigue ante la murmuración:

  • Disciplina/Castigo: En varios de los casos que hemos citado, Yahvé aplica algún tipo de castigo o de disciplina al pueblo. En ningún caso el castigo de Dios busca defender su propia causa, su divinidad o su poder, como si Yahvé tuviera que reivindicarse ante el pueblo ni tampoco surge bajo una reacción emotiva de Dios, sino que el principio que mueve a Dios hacia la disciplina es siempre volitivo.

La intención de Dios en el castigo de su pueblo responde a un deseo de Dios de enseñar a su pueblo el camino en que debe andar. Tal y como dice Hebreos 12:5-8, y comparando la relación Dios-pueblo veterotestamentaria con la relación Padre-Hijo neotestamentaria, Yahvé busca guiar a su pueblo desde su amor y uno de los medios que usa cuando lo requiere es la disciplina.

Los textos donde el pueblo murmura en el desierto son un buen ejemplo de este principio y el pueblo tiene múltiples ocasiones para aprender qué no debe hacer o cómo no debe hacerlo.

  • Intercesión de Moisés: Otra constante que observamos en la mayoría de los textos que relatan rebelión del pueblo es la oración de Moisés en favor del pueblo ante Dios.

A pesar de que no podemos afirmar en qué medida o cómo eso afecta o influye el devenir de los sucesos, lo que sí debemos notar es que Dios desea esa intercesión y que es parte de la misión del que lidera el pueblo. La intercesión de Moisés es parte integrante de la obra de Dios en su pueblo y afecta de forma directa a los acontecimientos ocurridos.

  • Paciencia/Fidelidad de Dios al pacto: El simple hecho del copioso número de textos que relatan quejas, disputas y altercados del pueblo con Dios y murmuraciones de todo tipo, hablan de un Dios de paciencia dispuesto a tratar con su pueblo y a enseñarle en medio de su incomprensión, su ignorancia y su escasa fidelidad a Aquel que los ha liberado de Egipto.

No hay que confundir por ello al Dios de misericordia con un Dios a medida que va a permitir toda rebeldía y murmuración. Dios es sabio y actúa con justicia. En algunos de los casos que refieren los textos Dios decide apartar de su pueblo a un grupo de rebeldes contumaces (Nm. 16:31-35) o, incluso, castigar a toda una generación por el bien de todo el pueblo (Nm. 14:22-23).

El corazón de la murmuración

¿Cuál es uno de los problemas que se halla en el centro de la murmuración? Uno de los elementos que se repiten en casi todos los relatos de murmuración es el atribuirle a Dios la autoría de todo tipo de despropósitos:

-“¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y estamos cansados de esta pan tan liviano” (Nm. 21:5)

-“¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?” (Ex. 17:3)

-“¿Por qué nos trae Jehová a esta tierra para morir a espada, y para que nuestras mujeres y nuestros niños se conviertan en botín de guerra? ¿No nos sería mejor regresar a Egipto?” (Nm. 14:3)

El pueblo murmura y, en su ceguera, acusa a Dios de sus problemas, sus carencias, sus dificultades y todo aquello que no va como ellos creen que debería ir. La gravedad de la situación no es, en sí misma, la murmuración. Ésta es sólo el reflejo de algo que está más allá, en el interior, en el corazón mismo del pueblo. ¿Cuál será el resultado de esta situación? El libro de Hechos nos da la respuesta:

-“Este es aquel Moisés que estuvo en la congregación en el desierto con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí, y con nuestros padres, y que recibió palabras de vida para darnos. Pero nuestros padres no quisieron obedecer, sino que lo desecharon, y en sus corazones se volvieron a Egipto” (Hch. 7:38-39)

El pueblo se enfrenta una y otra vez a la voluntad de Dios, a su proyecto de crear un pueblo diferente, a los líderes que Dios ha establecido en el pueblo, le consideran autor de despropósitos aberrantes que van contra todo el deseo y el amor de Dios por su pueblo y, lógicamente, acaban desechando a Dios y a su proyecto. A este respecto, es muy positivo remarcar un ejemplo que la Biblia cita y que está en las antípodas del actuar de Israel en el desierto. Se trata del ejemplo de Job, cuya comprensión de Dios y cuya cosmovisión de la vida es digna de considerarse para la imitación, ya que supo no culpar a Dios de aquello que no le correspondía. Concluye el capítulo primero de Job, tras relatar todas las desgracias que le han acontecido, diciendo:

“Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá.Jehová dio y Jehová quitó: Bendito sea el nombre de Jehová.En todo esto no pecó Job ni atribuyó a Dios despropósito alguno” Job 1:21-22

¿Por qué murmuraba el pueblo en el desierto?

Ante el panorama que hemos descrito en las últimas páginas, sería fácil caer en el error de censurar al pueblo de Israel por su actitud sin entrar a valorar la esencia de la problemática.

El mismo hecho numérico, es decir, la gran cantidad de textos que tratan la murmuración de los israelitas en el desierto, debe alertarnos de que no estamos ante una situación sencilla y superficial.

La murmuración no es el origen del problema, es más bien la expresión del mismo. Al igual que cualquier otro acto externo y visible –como la mentira, la violencia, la injusticia social, etc.-, la murmuración y la queja que el pueblo emite repetidamente, encuentran su causa primera en el mundo interior de los israelitas que deambulaban por el desierto. Sus preocupaciones, sus temores, su cosmovisión o su capacidad de asumir el cambio que se estaba produciendo en la vida de la comunidad y de cada uno de ellos, influirá notablemente en su comportamiento en la travesía por el desierto.

Otro factor a tener en cuenta es el conocimiento que este pueblo tenía de Yahvé, su Dios, y de su propia entidad como pueblo. Tras más de 400 años de esclavitud en Egipto, la mayoría de los israelitas no tenían una noción amplia de quién era Yahvé, qué había hecho, cómo actuaba… Lo único que el pueblo sabía con seguridad era lo que había acontecido en el año previo, desde que Moisés empezara a visitar a faraón y las plagas empezaran a asolar a los egipcios. No queremos, con estos matices, disimular la negligente y dañina actitud que el pueblo mostró murmurando contra prácticamente todo lo que sucedía, pero sí deseamos ubicarnos en el lugar adecuado para observar y analizar los hechos con la mayor exactitud y justicia posibles.

Así pues, partiendo del presupuesto de que la murmuración de Israel era consecuencia de diversas problemáticas más profundas de las cuales era expresión externa, pasemos a analizar los posibles motivos que tuvo el pueblo para seguir los patrones de comportamiento que siguió en el desierto:

1. Falta de visión panorámica del proyecto de Dios:

Cuando Dios habla a Moisés en Horeb y le explica el motivo por el cual le está llamando refiere las siguientes palabras:

“Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto (…) Por eso he descendido para librarlos de manos de los egipcios y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha (…) Te enviaré al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los hijos de Israel” Ex. 3:7-10

La liberación que Yahvé provee a Israel en Egipto no es un plan repentino sin intenciones específicas ni objetivos consecuentes. ¿Acaso no había otros pueblos oprimidos en la tierra? ¿Por qué pues Yahvé libera a Israel precisamente? El texto es claro. Israel es el pueblo de Dios. No es únicamente por el hecho de ser un pueblo oprimido sino que “Israel es mi pueblo”. Aquellos que habían descendido a Egipto de la mano de José y que llevaban más de cuatro siglos postrados en la esclavitud eran aquel pueblo que Dios había prometido a Abraham (Gn. 12:1-3).

Dios los libera y promete llevarlos “a una tierra buena y ancha” pero la liberación o la donación de la tierra no es el fin en sí mismo. Génesis 12 y Éxodo 19-24 definen claramente el porqué. Yahvé quiere ser el Dios de su pueblo y quiere que este pueblo sea un ejemplo vivo de la sociedad que Él desea para que los demás pueblos conozcan a Yahvé, Dios Creador de la tierra y de la vida. Por eso les da unos estatutos concretos en el Decálogo y el Libro del Pacto, y por eso comisiona a Abraham diciéndole que “serán benditas en ti todas las familias de la tierra”.

Con todo este trasfondo, en el desierto, el pueblo pierde de vista el proyecto de Dios, en letras mayúsculas, por causa de los obstáculos que se presentan en el camino. Bajan la mirada al suelo en cada escollo en vez de escudriñar hacia delante para averiguar cómo llevar a cabo sus objetivos. Toman la vida nueva que les ha sido regalada con la liberación como un fin en sí mismo en vez de cómo una oportunidad de crear algo hermoso y agradable a la voluntad de Dios. De ahí que, cada dificultad y cada experiencia de vida difícil que pasan como comunidad, el pueblo se deja arrastrar por la murmuración y por un espíritu de queja continua y amarga que no conduce hacia nada positivo. El proyecto no excluye el deseo de Dios de que su pueblo disfrute la vida en sí misma, pero tampoco excluye la responsabilidad que este pueblo tiene para con Dios. La murmuración, la queja, la disputa y el altercar contra Dios son, obviamente, serios baches en el camino hacia el cumplimiento de la voluntad de Dios: una sociedad alternativa que bendiga a todas las familias de la tierra y glorifique así a su Dios.

2. El concepto de Dios que tenía el pueblo de Dios:

Todos y cada uno de los israelitas que deambularon por el desierto habían nacido en Egipto. Habían nacido en cautividad y no conocían otra cosa que la esclavitud, los trabajos forzados, la indignidad de saberse la condición social más insignificante de Egipto, el sentimiento de desarraigo, de ser extranjeros… Todos ellos estaban familiarizados con el panteón de dioses egipcios y, probablemente, había algunos de ellos que creían en aquellos dioses. En cuanto a Yahvé, a pesar de que sabían que era el Dios de sus padres, difícilmente podían tener ningún tipo de comunión estable con Él. Según las concepciones de la época, los dioses egipcios debían ser más poderosos que Yahvé, puesto que ellos eran esclavos en Egipto hacía siglos.

De pronto, aparece Moisés. Anuncia el deseo de Yahvé de liberarlos y los israelitas empiezan a creerlo al ver las plagas. El faraón da su permiso tras largas y duras negociaciones, desacuerdos y persecuciones. El pueblo sale y tiene esperanza en un nuevo comenzar, en una vida mejor. Con ellos está el Dios todopoderoso que ha vencido a todo el panteón egipcio, el Dios que ha derrotado al temible ejército de faraón y que ha resuelto todos los conflictos y ha puesto remedio a todos los problemas del pueblo. Dios está con ellos. Es su protector. Su proveedor. Al llegar al desierto, Israel empieza a toparse con problemas: No tienen agua, no tienen comida, algunos pueblos los amenazan, no ven claro su futuro inmediato, etc. Si han visto tan ampliamente el poder de Dios ¿Por qué murmuran en el desierto? La razón es una: el concepto de Dios que los israelitas se han formado.

El eje del proyecto de Dios gira entorno a la vida y a la libertad. Dios da a Israel auténtica posibilidad de vivir la vida en plenitud ¿Eso qué significa? ¿Qué Israel no tendrá problemas? ¿Qué Dios lo resolverá todo con una plaga, un mar que se abre, una roca que escupe agua…? Israel se ha acostumbrado demasiado rápido a un dios-mago que soluciona cada detalle de la vida. Se han olvidado pronto que la verdadera vida implica muchas cosas de las que ahora ellos intentan zafarse: La vida es libertad, es alegría, es bendición de Dios y disfrute de lo que Dios da, pero también es tristeza, dolor, angustia y sufrimiento, y, sin duda, la vida incluye responsabilidad, trabajo, implicación en la comunidad, etc.

Israel ha visto como el Dios que los acompaña solventaba sus problemas y ahora, cuando hay una dificultad que abordar, si Dios no la resuelve de un plumazo es porque no está con ellos (Ex. 17:7). Entonces, el pueblo empieza a murmurar y atribuir despropósitos a un Dios que no conocen adecuadamente (Ex. 17:3). El concepto de Dios que se ha formado el pueblo es erróneo e incompleto. El problema de Israel no es que no crean sino que no creen en el Dios verdadero. El clímax y la prueba definitiva de este argumento se encuentran en el relato del becerro de oro en Éxodo 32. Allí, mientras Moisés trata con Dios en el Sinaí, el pueblo se “hace dioses que vayan delante de ellos” (Ex. 32:1). Aarón da forma al oro que el pueblo le entrega y funde un becerro de oro. Al verlo, el pueblo clama: “¡Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto!” (Ex. 32:4). El pueblo no busca otros dioses sino a aquel o aquellos que le han sacado de Egipto. En el fondo, Israel se ha hecho imagen de Dios, corrompiendo y devaluando la gloria de Yahvé, engañándose ellos mismos y quebrantando el segundo mandamiento justo antes de recibirlo de manos de Moisés. La murmuración pues, podemos considerarla como una consecuencia de la idea de Dios que tiene el pueblo, y que le lleva a error en su cosmovisión, en sus responsabilidades y, en definitiva, en su comprensión de lo que es la vida verdadera.

3. La falta de confianza en Dios:

El tercer elemento a considerar es la falta de confianza que Israel tuvo hacia Yahvé. A pesar de las dificultades que entrañaba la supervivencia en el desierto para un pueblo esclavo y sedentario, Yahvé puso al frente a un hombre instruido en la corte de faraón, un hombre de estado que, además, había vivido durante cuarenta años en la región que ahora el pueblo transitaba.

Dios había mostrado a lo largo de los últimos acontecimientos que estaba con su pueblo. Había traído las plagas, había derrotado a todo el panteón egipcio, había sacado al pueblo, había abierto el Mar de los Juncos y, vez tras vez, solventaba problemas aparentemente imposibles: Maná del cielo, agua de la roca, las codornices… Sin embargo, la confianza del pueblo duraba apenas una exhalación y rápidamente dejaban de lado a Yahvé para buscarse otros dioses, para organizarse a sí mismos y seguir sus propias ideas y proyectos. A pesar de que el desierto fue un lugar de prueba para el pueblo, este se mostró poco perseverante y murmuró contra Yahvé ante cualquier imprevisto o dificultad.

En las antípodas de esta murmuración de Israel en el desierto encontramos la figura de Jesús en el desierto en las tentaciones. Encontramos sospechosos parecidos entre las tentaciones que experimentó Israel y las que el diablo expuso a Jesús. La primera de las tres, por ejemplo, tuvo que ver con el hambre. Esta necesidad humana había sido motivo de murmuración continua para Israel. Jesús, en cambio, mostró aquello que le había faltado al pueblo: Confianza en Dios.

Bibliografía

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  • EDERSHEIM Alfred, Comentario Histórico al Antiguo Testamento, Clie, Viladecavalls (Barcelona), 1995

Autor: Oscar Pérez Polidura

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