La Obra de Cristo

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Por: Guillermo Antonio Domínguez.

La Obra de Cristo: Dios ha irrumpido en la historia manifestándose de muchas maneras, anunciando de manera profética la venida del Salvador del mundo, su hijo Jesucristo (1Ped. 1:10; Heb. 1:1). La venida del deseado de todas las naciones tendría su propósito, esto es, ejecutar la obra salvadora de Dios en su propia persona. De allí, el N.T. aplicará a Jesús una variedad de términos figurativos utilizados en el A.T. en función purificativa. El mismo Juan bautizador dice de Jesús: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. La obra de Cristo en la cruz es la manifestación del amor de Dios para con su criatura que le ha sido infiel, y que incapaz de restaurarse por sí misma ante él, Dios en su amor da a su Hijo en expiación por sus pecados.

Su muerte Expiatoria. Aunque sólo una vez se presenta la palabra en el Nuevo Testamento (Heb. 2:17), no obstante, la muerte de Cristo en la Cruz y su consecuente derramamiento de sangre alude a la expiación sacrificial del Antiguo Testamento. Este sacrificio hecho expiación, es producido por el amor de Dios, y no el amor como fruto de la expiación. Ya Pablo en algunos pasaje manifiesta dicha verdad: “Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”; “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna.” “El que no estimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros, …” (Rom. 8:32). Si bien, la muerte vicaria en la cruz es producida por un Dios amoroso, no obstante, la expiación se da como la necesidad ante la ira de Dios frente al pecado; Pablo afirma: “porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres” (Rom. 1:18). La ira de Dios va en consonancia con su justicia, y esta no puede ser negada por él mismo. Sabiendo Dios lo que su justicia demanda sobre el pecado, y por amor a su criatura, provee el medio de la expiación. Desde el principio Dios había dado provisión sobre ello, cubriendo al hombre con piel de animales, lo cual presupone ya un sacrificio para cubrir la culpa del pecador. Esto prefiguraría la expiación legal dada en la Ley de Moisés, figura a la vez, de la perfecta expiación que Dios daría en la persona de su Hijo, “…destinado desde antes de la fundación del mundo, pero… manifestado en los últimos tiempos por amor…” (1Ped. 1:20). Pablo se referirá en otro momento a Cristo como “ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef.5:2). La imagen expiatoria de Cristo se continúa manifestando en los pasajes donde se señala su sacrificio cruento: “Con mucha más razón, habiendo sido ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Rom. 5:9); “…a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre…” (Rom. 3:25); “En él tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados…” (Ef. 1:7); “…habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Ef. 2:13); “…haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:20). ¿Cuál es la idea de fondo que tiene el escritor sagrado al referirse a la sangre? El sacrificio expiatorio del Antiguo Testamento que prefiguraba la expiación perfecta mediante el cuerpo de Cristo en su cruz. Como bien lo dirá el autor a los hebreos, aquello era sólo sombra de la perfección que vendría en el sacrificio del cuerpo de Cristo, era la figura, mas no la imagen misma. En Cristo y su muerte en la cruz de efectúa la verdadera expiación del ser humano que cree en él. Su muerte vicaria: Como inferí arriba, la expiación es sustitutiva o vicaria, esto es, Cristo muere por el hombre y en lugar del hombre en la cruz. En esta acción expiatoria-sustitutiva el ser humano es beneficiado salvíficamente. Es Cristo quien toma el lugar que le correspondía al hombre. Igualmente Pablo dice de él: “Pero Dios muestra su amor Para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8); “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros,…” (Rom. 8:32); “Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, haciéndose maldición por nosotros…” (Gál. 3:13); “Andad en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef. 5:2); “Dios no nos ha puesto para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros…” 1Tes. 5:9,10). Su muerte propiciatoria: La idea de propiciación es tomada de la acción de rociar sangre sobre la tapa de oro del cofre del pacto ubicado en el lugar Santísimo del Tabernáculo de Dios en el desierto o del templo, tiempo después. La expiación en Cristo es el don amoroso de Dios hacia el hombre (2Cor. 5:19; Rom. 5:8; Rom. 8:3,32); de igual modo, la propiciación será consecuentemente un don de amor provisto por Dios mismo a través de la expiación. Es en la acción expiatoria producida por amor, aún siendo nosotros pecadores, donde Dios es propicio al pecador. El hombre no puede hacer nada para aplacar la justa ira de Dios a causa del pecado del hombre, de allí que sea él mismo quien haya provisto el medio para mostrarse piadoso y tratar con su criatura por el sacrificio sustitutivo de Cristo en la cruz. Dios no es el ser iracundo que puede ser apaciguado por la criatura, sino el Ser que en virtud de su justicia y santidad demanda la muerte del pecador( Los gentiles “aunque conocen el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, …” Rom. 1:32; “…porque la paga del pecado es muerte,…” Rom. 3:23; 2:12) y en su amor por la criatura proveyó del medio para apaciguar su justa y santa ira ante el pecado. Es Dios quien puso el medio tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En el Antiguo se estableció el sacrificio de animales, en el Nuevo Pacto, el sacrificio de su propio Hijo. Él mismo le preparó cuerpo, pues no le agradó más los sacrificios del Antiguo Pacto. De una vez por todas iba a ejecutar aquello que de antemano en su providencia había determinado antes de la fundación del mundo para tratar con el hombre caído: el sacrificio de su propio Hijo, sacrificio perfecto y eterno (Heb. 10:1-14). Pablo habla de esto: “…a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre,…” (Rom. 3:24,25); Si notamos, es Dios quien ha puesto a Jesús como propiciación, y no el hombre a Jesús. El sacrificio de Cristo ha apaciguado la justa ira de Dios sobre el pecador. De este modo, volvemos a la idea de que aún la propiciación es un don gratuito y amoroso de Dios en Jesucristo. Ese amor de Dios es el mismo amor de Jesús manifestado en la cruz. No hay diferencia (Gál. 2:20; 2Cor. 5:14). Solamente la obra propiciatoria de Cristo en la cruz pudo salvarnos de “…la ira de Dios que se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres” (Rom. 1:18; 2:5,8). El hombre en Cristo puede sentirse ahora absuelto y justificado; siendo reconciliado ya no es más enemigo de Dios, sino hecho hijo dentro del Hijo (Ef. 1:5,6) por el Espíritu de adopción (Rom. 8:15,16).

Su obra de justificación: Es justo aquel que se conforma a la conducta o normas de Dios. La justicia según el A.T. tenía carácter legal, forense . Luego de investigar y ver la inocencia del acusado, se declaraba justo, no así con el malvado, el cual no era justificado (Éx. 23:7; Deut. 25:1; 1Reyes 8:32). De este modo, el declarado justo mantenía una relación justa con Dios. Platón veía la justicia como una de las cuatro virtudes innatas al hombre: justicia, sabiduría, templanza y valor. Sin embargo, como se lee en los pasajes citados, los judíos veían la justicia como un elemento relacional más que de virtud. Se es justo en tanto se mantenga en las normas establecidas por la relación o contexto. Lo que incomodó a los judíos fue la afirmación de Pablo que Dios justifica al impío por la fe en Jesús: “…pero al que no trabaja, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Rom. 4:5). Esto parecería presentar a Dios como injusto, pues el impío merece su castigo, aún la muerte, en cambio, Dios les declara justificados. Dios aparentemente se presenta como injusto al hacer eso. Sin embargo, Pablo no lo ve así, por el contrario, Dios demuestra su justicia al justificar al impío por la fe en Cristo Jesús. Lo que Dios demanda es sólo la fe en Jesucristo, y en tanto se sometan a ese orden, serán declarados justos, justificados: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con miras a manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Rom. 3:23-26). En lo anterior se declara nuestro concepto y base cristiana de la justificación.

Su obra reconciliatoria: Esta es otra imagen con la cual se presenta el estado del ser humano ante Dios. Si precisa reconciliar, es porque hay enemistad. El hombre ha ofendido a Dios y por amistarse con el mundo, se ha hecho en enemigo de Dios (Santiago 4:4).

Ver: Naturaleza de Cristo, El Padre, Esencia de Dios, Trinidad, doctrina bíblica

Por: Guillermo Antonio Domínguez dominguezguillermo@hotmail.com

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