Las cuatro primeras bienaventuranzas

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Por Armando Santana

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Introducción

A través de este trabajo intentaré analizar las cuatro primeras bienaventuranzas, con el fin de conocer más el cómo aplicarlo a la vida de la comunidad cristiana y también conocer que implicaciones, si las tiene, puede tener para la sociedad en la que vivimos.

De la misma manera, me interesa conocer el auditorio, a quién va dirigido el sermón del monte. Entender las posibles diferencias entre Mateo y Lucas, para poder llegar a interpretar cada texto a la luz de la situación y el auditorio al que es dirigido los diferentes pasajes que hablan del sermón del monte. Me centraré más en Mateo, aunque a veces me gustaría hacer algunas referencias a Lucas, como el evangelista que prestó atención también a estás enseñanzas de Jesús.

El sermón del monte, siempre me ha parecido muy interesante, aunque a la vez me parece muy difícil de aplicar en nuestro mundo tan moderno y tan egoísta. Me gustaría averiguar la posibilidad, si la hay, de que este sermón se pueda vivir con la fuerza con la que los evangelistas la escriben, pero más aún comprender la cosmovisión que el cumplimiento de estas palabras de Jesús traería a aquel que lo pusiese en práctica.

Es todo un reto que tengo por delante, intentaré por todos los medios, conocer, aprender y examinar todo lo que pueda los textos a mi alcance, para tener un conocimiento más grande de lo que son las bienaventuranzas.

¿Qué es el sermón del monte?

Por lo que se conoce como “sermón del monte”, parece ser que fue Agustín de Hipona quien le dio este título, basándose en Mateo 5:1. Aunque a veces se usa la variante “de la Montaña”. Para Gandhi era “la quintaesencia del cristianismo”. En cambio para Nietsche era una maldición, ya que atenta contra la dignidad del hombre y es una enseñanza de débiles. Para otros muchos es imposible explicarlo y más aún ponerlo en práctica.

Lo que queda claro con estos comentarios es que nadie queda inamovible e indiferente ante este sermón. El novelista G. K. Chesterton, dice:

La primera vez que uno lee el Sermón del Monte, piensa que lo trastorna todo, volviéndolo boca abajo, pero la segunda vez descubre que en realidad lo que hace es colocarlo todo en su debido lugar. A la primera, siente que es algo imposible de realizar, pero a la segunda, llega a pensar que lo único posible es precisamente esto…

Juan Stott dice “probablemente es la parte más conocida de la enseñanza de Jesús, aunque posiblemente la menos comprendida, y desde luego…la que menos se obedece”. El sermón del monte, en Mateo es el resultado de la venida del Mesías y la proclamación del buen tiempo de Dios “El Señor me ha enviado a anunciar la buena nueva a los pobres” (Isa. 61:1). Que en Mateo como en Lucas, se empiecen con la bienaventuranza queda palpable que sólo el regalo gratuito de Dios, que apela al buen comportamiento del hombre, es en definitiva el eje que da movimiento al verdadero discípulo.

El sermón de la montaña, es el primer mensaje largo de Jesús que se nos menciona en Mateo. Es por esa razón que tiene un fuerte carácter fundamental. “Es el único discurso de Jesús que contiene casi exclusivamente preceptos suyos”. El sermón de la montaña no es teología sino praxis, estilo de vida promulgado para los discípulos de Jesús.

El sermón del monte es una instrucción de Jesús a sus discípulos, para que no actúen como los fariseos y letrados (5:20). Por el contrario exigen la predicación de Cristo (5:10-12). Poner en obra las palabras del sermón hace que los hombres ponga en alto al Dios y Padre del cielo (5:16). Lo que se quiere conseguir es que las palabras de la predicación se conviertan en obra y no lo contrario. “El sermón de la montaña afecta a todo el mundo a través de la predicación de los discípulos”.

Es por eso que este sermón de la montaña es para aquellos que ya son discípulos de Cristo, a la vez es un discurso ético de las conductas espirituales del Reino de Dios. Lo que a Jesús le importa es lo interno, es por eso que la primera sección del sermón de la montaña, se ocupa de los que pertenecen al Reino de Dios, las bienaventuranzas. Haciendo énfasis en el carácter de los discípulos y súbditos, ya que ellos tienen que asemejarse a Jesús en todo.

El auditorio del sermón del monte

Como vemos en los primero versículos de Mateo 5, Jesús subió al Monte, desde ese lugar dirige su doctrina, principalmente a sus discípulos, pero también a las multitudes que estaban y le habían seguido hasta ese lugar invitándoles a ser discípulos de él. El mensaje no va dirigido a un grupo especial sino que se dirige a todos.

En nuestro tiempo el sermón del monte se dirige primeramente a la comunidad cristiana, con el propósito de que ella sea quien lo ponga en práctica. La comunidad cristiana tiene que saber que es posible una sociedad diferente. El sermón se dirige a todos los lectores de este sermón. No es un sermón cualquiera, recoge los dichos de Jesús, que fueron proclamados desde la montaña. “La montaña es el lugar de la revelación divina y de otros importantes acontecimientos (Mat. 5:1; 14:23; 15:29; 17:1; 28:6).

El auditorio de este monte está lleno de personas que siguen a Jesús. Hombres y mujeres que han visto los milagros que había realizado, que han escuchado a Jesús mismo decir: “Arrepentíos porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mat. 4:17). Jesús estaba recorriendo toda Galilea, “enseñando, predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mat. 4:23). Estaban esperando al Mesías y en Jesús se daban todas las condiciones para serlo. Estas multitudes se pueden considerar discípulos de Jesús, por el hecho de que estaban dispuestas a ser enseñadas por Jesús.

El sermón de la montaña está dirigido no a los individuos aislados, ni primariamente a la humanidad en general. No es una “exigencia dirigida al mundo entero”. Su destinatario indiscutible es el pueblo de Dios, al que Jesús llamó, en conjunto, al seguimiento. Es, pues, claro que no podemos imponer como ley a nuestra sociedad pluralista el sermón de la montaña. El seguimiento no se consigue mediante una orden.

¿Qué es una bienaventuranza?

La “bienaventuranza” es una forma de hablar que proclama la felicidad o la dicha de una o más personas en determinadas circunstancias o bajo ciertas condiciones… Las bienaventuranzas pueden dividirse en dos categorías. En la primera, se declara feliz a una persona o grupo por un estado particular o un hecho que existe. En la segunda categoría, la proclamación es condicional y equivalente a una exhortación indirecta a adoptar una determinada conducta. Las bienaventuranzas de Mateo pertenecen a la segunda categoría.

Podemos encontrar Bienaventuranzas en la Palabra de Dios en forma de: “narraciones, oráculos proféticos, salmos y dichos de sabiduría”. Pero bienaventuranzas como las que relata Mateo en raro encontrarlas. Estudiando con cuidado las bienaventuranzas de Mateo podemos llegar a la conclusión que es un estilo literario premateana.

La bienaventuranza de los indigentes

Jesús podía empezar de otra manera, pero ésta manera es la más alarmante. Aún Lucas usa una manera más alarmante: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios (Lucas 6:20). Seguramente nadie estaría en consonancia con Jesús y por supuesto no reconocería la pobreza como bendición. También que por medio o en pobreza alguien sea feliz. “El Dr. Jonson lo afirma: “debes proponerte no ser pobre…”

El escritor bíblico está usando para pobre el adjetivo ??????, que describe no a una persona simplemente pobre, sino a quien no tiene nada y carece o está desprovisto de todo. Milligan comenta que esta palabra tenía una connotación negativa y se usaba en mal sentido, pero el Evangelio y su uso de ella se ennobleció. Por eso es entendible que el uso de esta palabra para el pagano la entendiera con la connotación de humillación.

La judía comunidad monacal de Qumrán de tiempos de Jesús la formulación próxima a la de Mateo: “Pobres (o humildes) de espíritu”. Son éstos los sabedores de que Dios “regala fundamento inconmovible al temblor de rodillas y apoyo a las espalmas humilladas”, a aquellos que “caminan de manera perfecta” (cf. Mt. 5:48).

Se promete la salvación a los pobres, no hay que demostrar su condición previamente para recibir la prestación. No es que se sientan pobres o desamparados y que han llegado a aceptar esa situación. Dios está para todos. Se preocupa por todos los menesterosos, como en el Antiguo Testamento el juez que actuaba en sintonía con la voluntad de Dios. “Los menesterosos son los protegidos del rey”.

“Bienaventurados los pobres en espíritu.” Bienaventurada el alma que sabe, sabe, SABE, “Yo no puedo nada.” Sabe que hay un Dios cuyos cielos son tan altos, cuya santidad es tan pura, cuya demanda, cuya Presencia es tanto más allá de su pobre existir que jamás, jamás, aunque viviera cien años o aunque viviera mil, JAMAS podrá su alma llegar allí. Bienaventurado el hombre que se da cuenta que todo lo que él hace, todo lo que él puede, todo lo que él tiene, no sirve para nada. Este es el hombre a quien le será dado El Reino de los Cielos. ¡Gloriosa promesa! Y más gloriosa aún porque comienza a cumplirse ya, de este lado de la tumba.

Cuando la persona sabe de su total necesidad y pone su confianza en Dios, entra en su vida dos cosas de una misma realidad. Podrá desprenderse de las cosas, ya que estará convencido de que las riquezas o la seguridad no dan la felicidad; Dios será su dependencia, y es que tendrá la convicción que de Dios es el único que puede darle ayuda, esperanza y fuerza. La persona que reconoce que es pobre en espíritu se dará cuenta de que lo que tiene es nada y no le dicen nada, sólo Dios es el que lo dice todo.

En ningún momento está en Jesús el pensamiento que la precariedad o pobreza material es algo bueno para el hombre. Jesús nunca había dicho que esto es una bendición. El no tener comida, ni recursos materiales en ninguna manera es una dicha. El Evangelio trata de eliminar esa clase de pobreza. “Tampoco se refiere a ser pobre de espíritu en el sentido corriente de ser faltos de carácter”. La bendición de ser pobre en espíritu, es reconocer que para enfrentarse a la vida, no encontramos sin recursos, los cuales solamente los encontramos en Dios y en su fuerza.

Mateo invita a sus lectores a cambiar de mentalidad. Deben distanciarse de sus posesiones, a fin de estar abiertos a los valores del reino. La pobreza de espíritu no se opone necesariamente a las posesiones, pero sí se opone siempre al apego.

La buena nueva de esta bienaventuranza

La buena noticia de la bienaventuranza es que Dios ha dispuesto un orden de amor, en el que la posesión de las cosas materiales no es lo primordial, la vida es lo importante, el ser, el darse el uno al otro. Traspasar el egoísmo para aceptar nuestra condición y apartarnos de ella, abriéndonos a una relación de dadores. Personas desprendidas en la comunidad cristiana, vivir la vida en plenitud por medio de la comunión con todo lo que es. Amar sin esperar nada a cambio, amar a pesar de ser pobres, dar vida y entregarla, es lo mejor que podemos hacer.

La bienaventuranza de los angustiados

Podemos encontrar en esta segunda bienaventuranzas muchos paralelos con pasajes de Isaías, tale como: Isa. 61:1; Isa. 60:20; Isa. 66:10 y otros. En todos estos textos vemos una necesidad espiritual, la intención de Jesús en al bienaventuranza no necesariamente tienen que ver con la necesidad espiritual, sino más bien con el sufrimiento humano, sea cual sea. El Mesías viene, está al lado del que llora, del que está angustiado para darle consuelo.

Para nuestra sociedad el llorar en un síntoma de debilidad, de vergüenza, es por eso que los hombres no quieren llorar ni mostrar nada que a los ojos de los demás demuestre su debilidad, ya sea por algún mal hecho, algún problema o tristeza. No estamos dispuestos a que otros vean nuestra alma afligida.

La idea es llorar así como alguien llora por el muerto. Es llorar por nuestra condición espiritual depravada. Es un discernimiento de convicción de pecado. El consuelo que viene es el resultado del evangelio que salva. Dios nos consuela cuando nosotros confesamos nuestra pobreza espiritual ante él y cuando creemos en Cristo Jesús como nuestro Salvador. El Espíritu Santo consuela a los que lloran por sus pecados.

El llorar que el Señor nos habla en este texto por medio de Mateo, no es el sentimiento que aparece en el hombre bajo las circunstancias adversas de la vida, así tampoco como la tristeza por los pecados cometidos. Sino que es evidencia de encontrarnos pobres espiritualmente, es por eso que esta bienaventuranza se complementa con la primera, la cual se dedica más al tema de la intelectualidad y la segunda al emotivo.

Los discípulos bienaventurados son los afligidos porque Dios da pocas oportunidades, porque están lejos de lo que demanda Dios. Son bienaventurados los discípulos que se duelen con un mundo que no acepta el reino de Dios. Porque la voluntad de Dios no se lleva a cabo en la tierra. Los discípulos son llamados bienaventurados no por su condición sino porque hay alguien que los consolará.

En Lucas, igual que en la primera, cambia la bienaventuranza y dice: Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis” (Lucas 6:21). Lucas da la impresión que nos quiere la lucha en la vida cristiana. Queriendo decir que si la persona acepta la cruz, como el centro de todo, obtendrá la corona.

Lucas hace énfasis en que durante esta vida se recibe lo que se elige. Viviendo esta vida como si nada de lo que ella ofrece fuera importante, de esta manera se recibe todo lo que el mundo puede ofrecer. Pero sabiendo y viviendo conociendo que hay algo fuera de este mundo es lo verdaderamente importante.

La bienaventuranza habla en contra de aquellos que no lloran por el dolor ajeno, que no se afligen, los egoístas. Para ellos la interpretación es clara, arrepentimiento, pedir a Dios que quebrante nuestro corazón, que nos llene de su Espíritu Santo y que seamos sensibles para gozar, cuando sea momento para ello, pero de la misma manera el saber llorar, “ese lloro fecundo, limpiador, que sanea el alma y permite que en él se derrame el amor de Dios por el Espíritu Santo que es, sobre todo, el Consolador”.

La bienaventuranza de los mansos

La verdadera grandeza de esta bienaventuranza se esconde a los ojos modernos, porque la palabra manso ha perdido significado. Para los oídos modernos describe una criatura débil, blanda, que carece de virilidad, sumisa y servil, incapaz de defenderse a sí misma, ni a nadie.

Pero nada más lejos de la realidad, ya que la palabra manso o humilde, tiene la connotación de aquella persona que se somete a la voluntad de Dios y a su providencia. Que nada de lo que le pase en la vida lo hace ser una persona amargada o resentida. Es una persona segura en Dios. Confía en que el camino de Dios es siempre el mejor, y que el Altísimo siempre actúa en su bien y para su bien. En los Salmos y Proverbios tenemos palabras para esta clase de personas, mansos, humildes, pero también algunos ejemplos de la soberbia y la altivez delante de Dios y que tiene su recompensa. “Dios es arrogante con los arrogantes pero les otorga su favor a los humildes; es mejor ser humilde con los humildes que compartir el botín con los soberbios” (Proverbios 3:34; 16:19).

Los mansos, según la raíz hebrea de la palabra y su equivalente en griego, nos hablan de la actitud que debemos tener hacia otros hombres. El manso no es el débil, sino el fuerte de carácter, que teniendo el poder para actuar duramente hacia otros que le provocan, se frena y mantiene el control de su carácter. “Es un proceder noble y magnánime del fuerte hacia otros más débiles.

De esta manera el creyente manso, es aquella persona que no da lugar a la impaciencia, la ira o la provocación, sino que mantiene el dominio propio y espera en el Señor. Es la mansedumbre del Espíritu Santo actuando en su vida. Es el verdadero carácter del cristiano y fruto de la relación con Dios.

Jesús, servidor manso y humilde de corazón

Jesús era manso y humilde de corazón. Su yugo era suave y ligero. Una parte inmensa de su atractivo venía de su mansedumbre. Los que se acercaban a él se encontraban en presencia de un ser que los trataba con un desinterés absoluto. Venía a ellos por ellos mismos, no por su propio interés. Y su manera misma de venir a los demás era una manera llena de mansedumbre. No imponía jamás su bien, sino que dejaba por completo que el bien fuera el bien, que la verdad fuera verdad, que la belleza fuera belleza y que la gracia fuera gracia. Lo que él hacía era gracioso, seductor.

Ganaba a las personas sin querer dominarlas, sin tomar posesión de ellas, reinaba sin violentar, estaba seguro que lo que poseía le venía de la seguridad de su relación con el Padre. Su comportamiento delante de los hombres era con seguridad, sin arrogancia, sin buscar nada a cambio. No queriendo triunfar sino amar. No dominar sino hacer alianza. No actuaba con prepotencia, mostrando los dones que poseía y presumiendo de ellos, sino que se entregaba por completo a la persona, en todo: éste es mi cuerpo, ésta es mi sangre. Una entrega sin límites.

La posesión de la tierra

La palabra que se usa en la Biblia para heredar no tiene que ver con la que usamos en nuestros días. Nosotros usamos heredar, como que alguien ha escrito un testamento y que poseeremos. Pero en la Biblia significa “entrar a poseer algo que ha sido prometido y anunciado por Dios”.

La esperanza de los mansos es la posesión de la tierra (= reino celestial), con paciencia a la espera de su venida, “no son radicales ni violentos”. La posesión de la tierra es lo que trae esperanza al oyente, al creyente. Sal. 37:11 “los mansos poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz”. Es por eso cuestión que la tierra no se usa como el en Antiguo Testamento, de un lugar geográfico, sino que tiene un sentido escatológico, pertenece al mundo venidero.

Jesús anuncia el reino escatológico, con doble proyección, presente y futuro. Esto ha planteado, durante todos los tiempo, muchas controversias e interpretaciones, pero confesamos que las dos realidades están vinculadas entre sí, ya que el reino de Dios están presente en Jesús y su obra, pero también en su próxima venida. Es por eso que Jesús nos dejó las bienaventuranzas, para la comunidad, su iglesia, que ya está participando del reino futuro de Dios y se prepara para ese día glorioso.

La bienaventuranza del alma hambrienta

Aunque en nuestros días muchos usan este texto como norma de la venganza y también como pretexto de tomarse la justicia por su mano. De ahí los movimientos terroristas que aplican este texto a sus actividades. Pero nada más lejos de la realidad, este texto está en el polo opuesto de esos pensamientos de justicia por nuestra propia mano. “Literalmente, quiere decir “ansia de vivir rectamente ante Dios”; es decir”, agradar a Dios en nuestra vida, siendo una vida recta ante sus ojos, como fieles discípulos de Cristo. Esto implica que no sólo pensamos en nosotros mismo, sino que anhela el mismo trato para los demás hombres.

Llama bienaventurados a los hambrientos, y les promete la saciedad. En Mateo, lo verdaderamente importante no es la expresión “que tienen hambre y sed”, expresión recogida ya en diversos pasajes veterotestamentarios, sino la añadidura “de justicia”.

La única justicia que nos debe interesar realmente es la que se produce por el señorío de Cristo, mediante la Obra de su Cruz, y es por eso que la proclamamos en su Nombre a todos.

Entre Mateo y Lucas hay variaciones, ya que Mateo añade “sed” que en Lucas no aparece. Mateo seguramente lo añadió porque en la Biblia la “sed” es el anhelo ardiente de Dios, El Antiguo Testamento está lleno de referencia a la sed de Dios, a que Dios sacie nuestro espíritu seco. Salmos 42:2 “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”. (RVA). También Mateo explica cuál es la causa de su hambre y sed, es la justicia, Que se refiere a la salvación de Dios, a la voluntad de Dios, expresando su fidelidad para con aquellos con los que ha hecho un pacto con él.

La justicia que Mateo transmite es lo que Dios nos da, no depende de nosotros, ni está en nosotros, ni siquiera es algo que hayamos logrado. Por eso la búsqueda del plan de Dios, la salvación, tiene que ser buscada incesantemente, para alcanzar la justicia prometida por Dios. Mateo 6:33. “La justicia es, pues, a la vez exigencia y salvación escatológica; es una actitud dada por Dios, que corresponde al reino y admite en él”.

La buena nueva de esta bienaventuranza

Tenemos una buena noticia, Dios no ha abandonado al hombre en el universo de su pecado y culpabilidad. Ni siquiera en todas las leyes que rigen este mundo: desorden, mal, culpa, irresponsabilidad. Dios existe y quiere dar orden, un orden de justicia-santidad-vida. La buena noticia es que el Padre es la fuente de justicia. El Padre es el creador de justicia. Cuando nos acercamos al Padre, por medio de Jesús, somos hallados justos y entramos en el ámbito de su reino. La buena noticia es que en Jesús somos saciados, llenos, hartos. Gozamos de una nueva justicia. Renacemos a la vida de gracia y justicia del Padre.

Por eso el apóstol nos insta a vivir la vida como corresponde a los seguidores de Cristo. “Según las promesas de Dios esperamos cielos nuevos y tierra nueva en los cuales mora la justicia. Por tanto, oh amados, estando a la espera de estas cosas, procurad con empeño ser hallados en paz por él, sin mancha e irreprensibles”. 2.ª Pedro 3:13-14 (RVA).

Resumen de las bienaventuranzas

La interpretación Mateana de las bienaventuranzas forma parte de una larga historia hermenéutica, de al que en modo alguno constituye el punto final. Hay que caracterizar a esa interpretación con el término etización: las bienaventuranzas pasan a ser un catálogo de virtudes. El segundo término que se impone es el de interiorización: pasa a primer plano, cada vez con más fuerza, las virtudes religiosas: humildad, renuncia al mundo y al pecado, perseverancia en la fe, etc.

Las bienaventuranzas traen consigo una clase de exigencias, son las exigencias que traen al cristiano a llevarle a vivir la vida cristiana práctica, que viven su fe dentro del mundo, “en sus relaciones con otras personas”. Una vida de relacionarse con otros sin ningún tipo de egoísmos. Siendo imitadores de Jesús, mostrando al Jesús salvador, al Jesús manso, al justo, al que no poseía nada, pero sin embargo lo tenía todo.

Conclusión

Ha sido un trabajo bonito, a la vez que duro y lleno de nuevas experiencias. Todo lo que he podido estudiar me ha parecido increíble, todos los textos de los libros a mi alcance me han dado una visión más amplia de las bienaventuranzas. Conocer más de éstas cuatro primeras bienaventuranzas me ha ayudado a conocer más a Jesús y su preocupación por los desamparados y olvidados.

Dios es grande, y en estos textos de Mateo 5 lo he comprobado, no es que ya no lo supiera, pero cada vez que uno se pone a estudiar un tema en concreto sale más lleno, y con más ganas de servir a Dios, y lo que eso conlleva, servir a mi prójimo, ayudar y abogar por el que está menos valorado.

Mi anhelo es poder servir a Dios como el quiere. Pero también es mostrar al mundo lo que él ha hecho por mí, el cambio que ha efectuado en mi vida, que ese cambio se pueda transmitir a los que están a mi alrededor y pueda ser visto por ellos. También que pueda ser un buen siervo, manso y humilde, donde el poder de Dios se perfecciona y actúa. Donde mi dependencia de él es continua y constante.

Mi anhelo es que la comunidad cristiana, la Iglesia, pueda poner en práctica las enseñanzas de Jesús. Mostrar interés sin buscar ningún interés. Amar sin esperar ser amado. Entregarse sin esperar que se entreguen. La iglesia necesita más de la dicha que Dios nos enseña, más humildad, más llorar, más justicia…Más a Jesús.

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  • Jamieson, Roberto. Comentario exegético y explicativo de la Biblia, tomo II, El Nuevo Testamento. El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1982.
  • Lambert, Bernard. las bienaventuranzas y la cultura de hoy. Salamanca: Ediciones Sígueme, 1987.
  • Lohfink, Gerhard. El sermón de la montaña ¿para quién?. Barcelona: Editorial Herder, 1989.
  • Luz, Ulrico. El Evangelio según San Mateo. Salamanca: Ediciones Sígueme, 2001.
  • Pentecost, J. Dwight. El sermón del monte. Terrassa: Publicaciones Portavoz Evangélico, 1981.
  • Schweizer, Eduard. El Sermón de la montaña. Salamanca: Ediciones Sígueme, 1990.
  • Wickham, Pablo. El Sermón del Monte. Madrid: Editorial Literatura Bíblica, 1984.
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