Pedro

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Introducción.

De los personajes del Nuevo Testamento, siempre me ha parecido que los apóstoles de Jesús son los más interesantes. Caminando como hombres normales y corrientes al lado del Maestro. Ver sus reacciones, tan humanas, tan cotidianas. Y de todos ellos Pedro es el personaje que más me gusta observar.

La mayor parte de este trabajo la he basado en mi reflexión personal, intentando trazar puentes desde el estudio del personaje hacia la pastoral contemporánea y más concretamente hacia un acercamiento al consejo pastoral y la paraklesis.

En algunos puntos y debido a la falta de información me he permitido la libertad de citar otros personajes que atravesaron situaciones paralelas que arrojan luz a nuestro estudio. Sobre todo me ha parecido sugerente en el último punto (resolución de conflictos) contemplar la situación de Judas y establecer algunos puntos de comparación.

He realizado una búsqueda en internet ya que la bibliografía editada en castellano sobre Pedro es sorprendentemente escasa. De mi búsqueda he rescatado dos páginas una de ellas católica y la otra evangélica que trataban temas teológicos generales y que hacían algunas menciones referentes a Pedro interesantes.

Este trabajo no pretende ser un estudio exegético exhaustivo, sino más bien hacer algunas reflexiones pastorales en voz alta, desde el acercamiento a la experiencia de la vida de un hombre, Pedro. Y como dirían en argot cinematográfico, este trabajo esta basado en hechos reales. En los hechos de la vida de un hombre, Pedro.

El personaje de Pedro

En este pequeño resumen de esta etapa de la vida de Pedro he intentado recoger algunos detalles que nos aporten información sobre su:

  • Dimensión física.
  • Dimensión conductual.
  • Dimensión espiritual.
  • Dimensión emocional.
  • Dimensión cognitiva.

Aspectos biográficos generales

Su nombre

El nombre original de Pedro era, al parecer, el hebreo Simeón (Hch. 15.14; 2 P. 1.1 ); quizás, como muchos judíos, también tomó el nombre de “Simón”, muy frecuente en el NT, ya que es un nombre griego de sonido similar. El Nuevo Testamento utiliza dos veces el antiguo nombre hebreo “Simeón” (Hch. 15:14; 2 P. 1:1), 48 veces el griego “Simón”, 20 veces (casi todos en Juan) el compuesto “Simón Pedro”, y 153 veces “Pedro” (equivalente al arameo Cefas, que aparece 9 veces).

Dimensión conductual: Su entorno familiar

Su padre se llamaba Jonás (Mt. 16.17 “Y Jesús, respondiendo, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.”).

Pedro era un hombre casado (Mr. 1.30 “Y la suegra de Simón yacía enferma con fiebre; y enseguida le hablaron de ella.”), y cuando viajaba como misionero su esposa lo acompañaba (1 Co. 9.5 “¿Acaso no tenemos derecho a llevar con nosotros una esposa creyente, así como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?”).

Su trayectoria hasta convertirse en apóstol

El evangelio de Juan afirma que Betsaida, ciudad griega, fue su lugar de origen (Jn. 1.44 “Felipe era de Betsaida, de la ciudad de Andrés y de Pedro.”), pero también tenía casa en Capernaum, Galilea (Mr. 1.21ss “Entraron en Capernaúm; y enseguida, en el día de reposo entrando Jesús en la sinagoga comenzó a enseñar…Inmediatamente después de haber salido de la sinagoga, fueron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan”). Ambos lugares estaban situados en la orilla del lago, donde se ocupaba de la pesca, y en ambos lugares tendría, indudablemente, abundantes contactos con gentiles. (El nombre de su hermano es griego.) Simón hablaba el arameo con fuerte acento norteño (Mr. 14.70 “Pero él volvió a negarlo. Poco después, los que estaban allí dijeron otra vez a Pedro: – Verdaderamente tú eres de ellos, porque eres galileo y tu manera de hablar es semejante a la de ellos.”), y conservaba la piedad y las perspectivas de su gente (Hch. 10.14 “Entonces Pedro dijo: – Señor, no; porque ninguna cosa común o impura he comido jamás.” ) aunque no había sido instruido en la ley (Hch. 4.13 “Al ver la confianza de Pedro y de Juan, y dándose cuenta de que eran hombres sin letras y sin preparación, se maravillaban, y reconocían que ellos habían estado con Jesús”, aunque no cabe duda de que sabía leer y escribir). Es probable que haya recibido el influjo del movimiento de Juan el Bautista ( Hch. 1.22): su hermano Andrés fue discípulo de Juan (Jn. 1.40 “Uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús era Andrés, hermano de Simón Pedro.”)

Su trayectoria como apóstol

Pedro probablemente conoció a Jesús por medio de Andrés (Jn. 1:41), su hermano, casi al comienzo del ministerio en Galilea (Mr. 1:16s.). Después fue agregado al grupo íntimo de los doce (Mr. 3:16ss.), en cuya lista siempre ocupa el primer lugar (Mt. 10:2; Mr. 3:16; Lc. 6:14). Jesús le llamó Cefas ( Pedro) desde el comienzo (Jn. 1:42).

Formó parte del grupo de los tres más íntimos de Jesús (Mr. 5:37; 9:2; 14:33). A menudo actuaba en nombre de los doce (Mt. 15:15; 18:21; Mr. 1:36 ; 8:29; 10:28; 11:21; 14:29; Lc. 5:5; 12:41).

Fue testigo de la transfiguración (Mr. 9:1; 1P. 5:1; 2P. 1:l6ss.) Aunque su papel en el evangelio de Juan está un poco más atenuada y el “discípulo amado” juegue un papel más importante, aún así la intervención de Pedro siempre parece decisiva (Jn.6:68s.; 21:15-19).

El episodio narrado en Mt. 16:17ss. ha sido uno de los pasajes más debatidos, particularmente por las palabras que le dirige Jesús: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia.” No hay razón suficiente para dudar de la autenticidad de este pasaje, como algunos han pretendido, ni para ubicarlo en otro contexto, como han hecho otros. Creo que la interpretación clásica, es a pesar de ser la más antigua, a mi parecer sigue siendo la más verosímil: La roca es lo que Pedro confiesa con sus labios, es la fe en la misión divina y mesiánica de Jesús, la base sobre la cual Cristo edificará la iglesia cristiana, que resistirá los ataques de la persecución y las asechanzas del mal. Como dirán los padres de la iglesia “La roca es la fe de Pedro”, según Orígenes, S. Agustín y otros Padres de la Iglesia. La Iglesia será construida sobre esta confesión apostólica (Ef. 2:20).

Su trayectoria tras Pentecostés

Pedro desarrolló desde el principio un ministerio vital de avivamiento en el cristianismo primitivo, así nos lo describe la primera parte del libro de los Hechos de los Apóstoles. Después de la muerte de Judas presidio la elección de su sucesor a su ministerio (Hch. 1:15-26). El día de Pentecostés valientemente habló a las masas y su sermón fue causa de la conversión de unas tres mil personas (Hch. 2:41). Pedro argumentó su presentación de Jesús con citas del Antiguo Testamento que iluminaban los hechos sucedidos en torno a Jesús y la continuación del pueblo de Dios en la iglesia cristiana.

Después de Pentecostés Pedro curó a un hombre en la “puerta Hermosa” del templo (Hch. 3:1-10), y predicó otro sermón (Hch. 3:11-26) que causó la detención de Juan y la suya (Hch. 4:1-3). La mañana siguiente Pedro habla valientemente ante el sanedrín (4:5-22). En el episodio de la muerte de Ananías y Safira explica el porqué del castigo divino (5:1-11). Pedro y Juan continúan el trabajo con la iglesia en Samaria después de la etapa de evangelización iniciada por Felipe (8:14-28), y fue aquí cuando tuvo lugar el reproche de Pablo. Luego, Pedro cura a Eneas (9:23-34) y hace la resurrección de Dorcas (9:36).

Después de la ejecución, por Herodes Agripa, de Santiago el Mayor (año 44), Pedro fue también detenido, pero milagrosamente liberado (12:3-19). Entonces “marchó a otro lugar” (12:17), indicación que desgraciadamente no puede precisarse con más exactitud. En todo caso, en el año 49/50 Pedro está de vuelta en Jerusalén y hablaba ante el concilio de los apóstoles (Hch. 15:7). Este decidió la cuestión de los cristianos gentiles; de los judeocristianos no se dijo nada. Aunque judeocristiano personalmente, Pedro no se atuvo a la ley mosaica, sino que trataba, sin más, con los cristianos gentiles en Antioquia y comía con ellos sin atender a las leyes del Antiguo Testamento sobre alimentos. Mas, al llegar judeocristianos de Jerusalén, cambió y observó la ley mosaica, este hecho hizo que Pablo le llamase la atención, condenando tal actitud como impropia, reprochándole su cambio de comportamiento. Las últimas investigaciones sobre los hallazgos en Qumram y el documento Q, sitúan a Pedro como una de las fuentes principales para el evangelio de Marcos, el protoevangelio.

La declaración más primitiva sobre el origen de este evangelio es la que hizo Papías: “Marcos, que fue intérprete de Pedro, escribió fielmente todo lo que pudo recordar, ya sea de los dichos o de los hechos de Cristo, pero no en orden. Porque no fue ni oidor ni compañero del Señor; pero posteriormente, como ya se ha indicado, acompañó a Pedro, que adaptó su instrucción según lo requería la necesidad, no como si estuviera haciendo una compilación de los oráculos del Señor. De modo que Marcos no cometió error alguno cuando escribió algunas cosas en la forma en que las recordaba; porque se dedicó a lo siguiente solamente: a no omitir nada de lo que había oído, y a no incluir ninguna afirmación falsa.” El Nuevo Testamento nunca pone a Pedro en relación con Roma; la primera afirmación en tal sentido viene de la primera epístola de Clemente Romano a los Corintios (años 88-97), donde se afirma que Pedro murió ejecutado juntamente con Pablo durante las persecuciones del emperador Nerón. La estancia de Pedro en Roma, si tuvo lugar fue al final de sus días y no fue muy larga. Cuando Pablo escribió su carta a los Romanos, Pedro no estaba en la capital del Imperio. Dos discípulos de Pedro en contacto con la iglesia de Roma eran Silvano y Juan Marcos (el autor del evangelio). Existen varios lugares que afirman ser la tumba de Pedro. La evidencia aportada hasta el presente -aun en las recientes excavaciones en el Vaticano- no da base para concluir que Pedro haya sido enterrado en lo que es hoy la actual Basílica de S. Pedro. Aun después de la construcción por Constantino de una basílica dedicada a Pedro en el monte “Is Vaticano”, existían en Roma otros lugares que se suponían como la tumba del apóstol.

Resolución de conflictos

Caída

En el ejemplo de Pedro vemos como su problema fue el mentir al decir que no conocía a Jesús. El pecado, en este caso la mentira fue el detonante de una serie de reacciones y consecuencias la primera de ella la separación del Maestro (“…y saliendo fuera lloró amargamente…” Mt.26:75).

El problema principal es que el pecado nos aparta de Dios. Pero no solo aparta al hombre de Dios sino que nos aparta de nuestros seres queridos de la gente que nos rodea y que se ve afectada por nuestro comportamiento.

Esto suele verse a menudo en los conflictos familiares, en los que debido a problemas como engaños, mentiras, malos tratos verbales o físicos, abuso de autoridad, infidelidades en la relación de pareja suele conducir a una situación de peleas y odio. Cuyo resultado final suele ser la separación. El conflicto también puede ser entre los padres y los hijos. El conflicto también podría surgir entre un hijo y una familia causado por los celos, el egoísmo, el engaño, o el odio, como entre Caín y Abel (Gén. 4), Jacob y Esaú (Gén. 27), o José y sus hermanos (Gén. 37).

Este tipo de situación también puede darse entre amigos o incluso en la iglesia. Puede haber desacuerdos doctrinales, mentiras, calumnias, murmuración, celos, orgullo, prejuicios raciales, de género, etc. (Sant. 3:14-18; Gál. 2:11-14; Rom. 16:17).Todas estas tragedias causan tensiones y separación entre la gente que debería amarse los unos a los otros.

Sentimiento de culpa

La pérdida del Autorespeto

El pecado hace que nos sintamos indignos y frustrados. El que sabe que es culpable de pecado, está separado no únicamente de Dios y de sus amistades, sino también de si mismo.

Job 42:6 – Job se aborrecía a si mismo por su pecado. De esta manera así nos sentimos a menudo cuando el horror de nuestros hechos y las consecuencias nos hacen frente. “¿Cómo he podido hacer una cosa así?” Entonces reaccionamos con desanimo, tristeza, nos enfadamos con nosotros mismos, nos menospreciamos, nos sentimos miserables y culpables.

Mateo 26:33-35, 69-75 – Pedro afirmó que él preferiría morir antes de negar a Jesús. De esta manera antes de que la noche estuviera encima, él negó a Jesús tres veces. Una conducta como esta produce en cualquiera un sentido de total frustración y culpa.

A menudo para vencer nuestros sentimientos de inferioridad e insuficiencia, determinamos probar nuestra dignidad, no por el servir a otros según lo que dice la palabra de Dios, sino haciendo uso de nuestra sabiduría humana y la fuerza para dominar a otros. Esto lleva al orgullo, a la obstinación, y a la falta de consideración con los otros. Cuando reconocemos nuestra debilidad, flaqueza y tendencia pecaminosa, vemos cuan “miserables” somos, esto nos ayuda a ser humildes y a tener un corazón de compasión y misericordia ante los errores de los otros.

El pecado da un peso de culpa

En el caso de Pedro hemos visto que su traición al maestro le llevó a apartarse de Jesús, del resto de personas, y en soledad lloró amargamente su culpa. Pero tras experimentar ese peso de culpa vemos como retomó su vida. Volvió a su barca y cuando vio a Jesús se lanzó al agua desnudo en cuerpo y alma, al encuentro del Maestro. Experimentó el perdón y la restauración.

Sin embargo me gustaría trazar una línea paralela con otro personaje cercano. Judas. Un discípulo como Pedro, uno de los doce. Ambos sentados a la mesa la misma noche que cada uno de ellos traicionaría a Jesús. Vemos como Judas también experimentó este peso de culpa por su conducta. Sin embargo este peso pudo con él. Le sumió en un estado tal que no vió salida alguna ni restitución posible.

Aquí tenemos un claro ejemplo de dos hombres que enfrentaron un conflicto similar y sin embargo el tipo de afrontamiento que hizo cada uno de ellos le llevó a dos finales totalmente opuestos.

Mateo 27:3-5 – La culpa de Judas lo condujo al suicidio. Otros vuelven a la bebida, a las drogas, o a un completo abandono moral para escapar de la realidad de sus culpas. Otros buscan ayuda psicológica o en alguna filosofía humanística para racionalizar su conducta.

En los corazones de todos nosotros cuando nos equivocamos tendemos a pensar que hemos hecho lo correcto, que hay justificación para nuestro comportamiento. El enfrentarnos a la realidad de que hemos pecado, hiere nuestra conciencia y ofende nuestro orgullo. Da un peso tremendo de culpa que debemos aprender a gestionar de forma adecuada.

El pecado causa temor y dolor

Génesis 3:7-10 – A causa del pecado, Adán tuvo miedo y se ocultó de Dios. Adán sabía que Dios tenía el poder y la determinación para castigar el pecado. El sentido de culpa de Adán le llevó a temer la ira de Dios. Aún así, el escondernos de Dios no solucionará el problema de nosotros en algo más de lo que hizo por Adán.

Salmos 38:6 – El pecado también hace que nos sintamos tristes. “Ando enlutado todo el día”.

Mateo 26:75 – Pedro lloró amargamente después de que negó a Jesús. Este tipo de comportamiento debería causarnos dolor o pena, el hecho de saber que hemos ofendido y hemos sido infieles a nuestro Padre y al Hijo quienes nos han amado tanto, debe producir en nosotros una reacción emocional. A menudo los creyentes que han conocido a Dios siendo adultos, piensan en su vida pasada y se lamentan por “todos aquellos años malgastados”.

Incluso las personas no creyentes a veces se dan cuenta de que son culpables de pecado y en ocasiones se encuentran sumidos en el insomnio y gastan noches en vela atormentándose acerca del sin sentido de sus vidas (como decíamos en clase todos nosotros somos seres pneumáticos y experimentamos inquietudes espirituales cuando vivimos alejados de Dios) y afligiéndose por sus pecados o su estilo de vida. Los temores y preocupaciones de la gente en pecado causa gran incertidumbre e inseguridad. Ellos no pueden mirar más adelante ansiosamente al regreso de Cristo y a la vida después de la muerte. Ni aún en esta vida tienen una seguridad real, por que nunca saben cuando morirán, no tienen la seguridad de que Dios los escuchará si claman para que Dios les ayude en estas aflicciones.

Perdón

Algunas veces hay cosas que parece que no necesitamos, pero que deberían ser de valor incalculable para nosotros. Si alguien nos muestra nuestra necesidad, podríamos darnos cuenta y buscar atesorar ese “algo” que en un principio pensamos que no era importante.

En este trabajo, he querido considerar una bendición de la cual todos nosotros hemos tenido necesidad en el pasado y continúa siendo necesaria en todo momento. Uno de los propósitos de este trabajo es por tanto el ayudarnos a apreciar este regalo más plenamente. El regalo del PERDÓN. El perdón restaura nuestra relación para con Dios. Nos reconcilia ante la separación de aquellos a los que amamos. Aunque es cierto que en esta reconciliación, debemos buscar obtener el perdón, no solamente de Dios, sino también de las personas que hemos ofendido. El perdón también restaura nuestro sentido de dignidad. Pedro tras arrepentirse y ser perdonado por Jesús, predicó el primer sermón evangélico tanto a judíos como a gentiles (Hechos 2 y 10). El sentimiento de falta de dignidad causado por la culpa y el pecado fueron vencidos por el perdón de Cristo.

Hechos 2:36-38 – La misma gente que dio muerte a Jesús, fueron compungidos en sus corazones por la predicación de Pedro, tuvieron un sentido de culpa. Cuando preguntaron que debían hacer, Pedro les presentó la solución para su problema. Dijo que podrían tener el perdón de sus pecados si ellos se arrepentían y bautizaban. (Hch. 15:9; 22:16; Rom. 10:10; Col. 1:22). El conocimiento de que somos culpables ante Dios y ante otros es una carga terrible. Pero esa carga puede ser quitada y reemplazada con un hermoso sentido de inocencia, si deseamos venir a Jesús, como él mismo dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mat. 11:28).

1 Pedro 1:3-5 – Al renacer en Cristo, tenemos una esperanza viva, la esperanza de una herencia reservada en los cielos para nosotros. Al ser perdonados nos convertimos en hijos de Dios, y el futuro nos ofrece la esperanza de una gran herencia. El poder de Dios nos guarda para esa esperanza, y eso suple nuestra necesidad de significado y seguridad que nos hace sentirnos valiosos. IV. Aspectos de su personalidad.

Pedro, hombre colérico. Con capacidad para el liderazgo. Impulsivo. Un hombre de fe ardiente, de pasión dedicada a la causa de Cristo, amigo generoso de Jesús que dejó todo para seguirle, uno de los pilares escogidos por Cristo para predicar el evangelio.

Creyendo que el Nazareno venía como guerrero libertador del pueblo judío con respecto al yugo imperial, honestamente equivocado, sacó la espada en pretendida defensa del ya cautivo Jesús, para dar lugar el famoso incidente, cuando apresaron al maestro, que acabó con el milagro de la restauración de la oreja de Malco, el siervo que acompañaba a los soldados esa noche. Con todo, dentro de aquella personalidad impulsiva se encerraba una luz; desechó la apariencia y acogió la esencia, esencia del hombre que aún no salía completamente del Simón antiguo para asumir la condición entera del nuevo Pedro. Me gusta Pedro porque creo que su carácter y la evolución que manifestó en su recorrido pendulante resulta altamente representativo de nuestra naturaleza humana vacilante. Realidad que se proyecta en el lento proceso de santificación de cada uno. Aquel Simón de Betsaida, de comportamiento reiteradamente errático; el que no entendió el fenómeno de la transfiguración; el que reprendió a Jesús para que evadiera el martirio de la cruz; el que caminó sobre el agua y luego se hundió en la duda; el que volvió a su oficio del mundo sin entender que habría de ser pescador de hombres; el que, en fin, prometió sin dudarlo: “Si me fuere necesario moriré contigo, no te negaré”. Me estremece ver en sus palabras una genuina ingenuidad, sin fingimiento, fresca y atrevida. Quien, ante la pregunta sobre la identidad del Galileo, supo responder con acierto: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Pero en la desgarradora noche en que apresaron y dieron muerte al Maestro, Pedro sufrió un terrible arrepentimiento; llanto amargo que alcanzó perdón. Días después, nuevamente en su barca, enfrentó la mirada de amor del Maestro junto a la orilla y al instinto experimentó la fuerza del perdón. Sin dudarlo se lanzó al agua, desnudo en cuerpo y alma, para encontrarse con Jesús. Cuán diferente el error de Pedro al de Judas. Aquél que a pesar del dolor por la traición a su Maestro, no supo gestionar su tristeza en arrepentimiento y experimentar perdón y restitución, sino que sumido en la penumbra de su culpa y dolor optó con acabar con todo arrebatándose la vida.

Imagino el enorme sufrimiento de Pedro al recordar su flaqueza; evocar su presencia pasiva en el juicio injusto del Señor (los demás Apóstoles ausentes, dispersos como el Maestro profetizara); dolor por el brutal asesinato del Justo, dolor por la persecución herodiana, la cárcel, el hambre y el cansancio; dolor por el propio martirio. Pero sin embargo no dudó en expresar el gozo sin igual de reconocer su identidad en Cristo cuando proclama en su primera carta que los cristianos son “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios para anunciar las virtudes de aquel que… llamó de las tinieblas a su luz admirable”.

Conclusión

El estudio del comportamiento humano, las dimensiones de la persona que forjan un modelo conceptual de creencias que marcan conductas, que crean carácter, es algo fascinante. En cada párrafo de reflexión sobre la vida de Pedro, puedo verme a mi misma dibujada en sus experiencias. Buscando al Maestro en lo cotidiano de mi vida, en asignaturas de teología en lo más íntimo del alma mía. Y cuando al fin creo encontrarle me doy cuenta de que es él quien me halla, que siempre ha estado, que nunca me ha abandonado, y sin embargo yo siempre le busco. Como Pedro en mis días de luces y de sombras, cuando todo en mi vida zozobra, cuando la duda mi mente azota, cuando le dirijo mis más sentidas palabras de amor y fidelidad (dedicándole una canción desde el corazón): “te amaré hasta que mi corazón se pare”. Pero pronto me encuentro que nuevamente he fracasado, que otra vez le he traicionado. Pero el dolor de mi pecado empequeñece en oración por la gratitud que estalla de mi corazón que ha experimentado el perdón de Dios, su mirada de compasión, sin reproche, sin condenación, su caluroso y fuerte abrazo de amor. La estrategia que Pedro traza en la resolución de sus conflictos. El episodio de negación de Cristo la noche que fue entregado, el sentimiento de culpa en Pedro, el arrepentimiento, el perdón y la restitución que experimentó, todo este estudio biográfico y pastoral sobre Pedro, respira una manera de enfrentarse a la vida paso a paso y, a pesar de su apariencia fatalista, es casi un canto a la vida, una vida que refleja un compromiso como pueblo de Dios. Un compromiso hacia la experiencia del perdón y la restitución, de la resolución de conflictos, de cambiar para avanzar, como diría Moltman, un avance hacia la utopía del Reino.

“Hay personas que el cambio no les infunde esperanza, sino únicamente temor. Pero quien sólo desea prolongar su presente en el futuro pierde las nuevas posibilidades que el futuro le ofrece, ahogando, junto con esas posibilidades, el propio futuro”

Bibliografía

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  • Bernhard Häring, “Lo que espero para el futuro del servicio de Pedro” Artículo de la Revista Selecciones de Teología, 148 vol. 37, 1998.
  • Meter H. Davids, “La primera epístola de Pedro” Estudios Bíblicos, colección Teológica contemporánea, Ed. Clie, 1ºed. EEUU, 1990.
  • W.T.P Wolston, “Simón Pedro” Ediciones Bíblicas, EEUU, 1987.
  • JR. Larry Crabb, “El arte de aconsejar Bíblicamente” Ed. Unilit, EEUU, 2001.
  • G.Stanton. ¿La verdad del evangelio? Verbo Divino. Navarra. 1999.
  • Jürgen Moltmann, La justicia crea futuro, Ed. Sal Tarrae 1989.
  • Douglas, J. D., “Nuevo Diccionario Biblico Certeza”, Barcelona: Ediciones Certeza, 1982.

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