Pelagio

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Biografía y Obras

Monje británico de austera moralidad y cierta erudición. Hacia los años 390, abandona su patria y se instala en Roma donde vive una vida de asceta cristiano, aunque no pertenece a ninguna comunidad monástica en sentido estricto.

A finales del siglo IV aparentemente escandalizado por la vida desordenada de muchos de los ciudadanos del pueblo romano, comienza a predicar el arrepentimiento con gran fervor, tratando de convencerlos de que se reformaran, insistiendo en que si querían podían guardar los mandamientos de Dios.

El movimiento reformatorio de Pelagio halló un eco considerable desde el principio, en Roma especialmente debido a la gran impresión que Pelagio causó por su fuerte personalidad e integridad. En aquellos primeros años tuvo una consideración semejante a la que disfrutaban Agustín o Jerónimo. Muchos obispos de la época tuvieron una imagen inicial muy positiva: Agustín reconoció siempre el gran prestigio ascético de Pelagio.

Un segundo motivo fue la magnifica campaña propagandística que, especialmente Celestio (un abogado que pronto se convertirá en su más fiel seguidor y que, con el tiempo, ampliará algunas de las ideas o tesis originales de su maestro), realizó de las ideas pelagianas. No tardó en surgir una red de grupos pelagianos que, desde diferentes ciudades, mantenían una intensa correspondencia en la que se ve una cierta propensión al anonimato. Destacándose como hemos dicho Celestio y el obispo de Eclano, Juliano.

Alcanzo un éxito especial en Sicilia gracias a la eficaz labor de Celestio, aunque también se expandió en el sur de Italia y en Campania. Alcanzó gran número de adeptos a lo largo del África septentrional. Hacia el norte, encontramos su impacto en Aquilea, Hispania, en las Galias y en Irlanda. En Oriente se formó pronto un núcleo importante en Rodas que sirvió de puente para alcanzar Palestina y las ciudades de Éfeso y Constantinopla.

Obras

De sus escritos, sólo conservamos tres cuya autenticidad no deja lugar a la duda: un breve comentario a las epístolas de Pablo, un tratado ascético muy interesante en cuanto a su aspecto formal y su profesión de fe para el papa Inocencio I.

Sobre la base de diversas investigaciones actuales se le pueden atribuir con gran probabilidad otros cuatro escritos breves y cartas, además de una serie de textos proceden de su inmediato círculo de discípulos.

Ideales morales y teológicos

El genuino cristianismo es entendido por los pelagianos como lo contrario a aquella actitud característica de la vida de la mayoría de los cristianos (cristianos del montón o cristianos a medias) de finales del siglo IV en las comunidades cristianas de Roma. Muchos de estos vivían con demasiada seguridad, confiados que el mero cumplimiento del sacramento del bautismo era ya, en sí mismo, garantía de salvación. Otros excusaban su laxitud moral argumentando que en medio del mundo es imposible mantener una vida cristiana sin pecado a causa de las tentaciones y las seducciones del diario vivir. Existía también un grupo que creía que la exigencia de una vida cristiana ejemplar sólo pertenecía a una minoría selecta.

Frente a esta resignación general, Pelagio y su círculo, contraponían una idea moral estoicista, dirigida a la capacidad de esfuerzo y de realización de la voluntad humana. Afirmaban que sólo aquel que cumpliese los mandamientos de Dios poniendo en juego todas sus fuerzas, se aseguraba la salvación, porque Dios ha provisto al hombre en su naturaleza humana de la voluntad libre y del don del discernimiento del bien y el mal.

Afirman que “Dios está confinado a la eternidad, y desde allí es simple espectador, no actor del drama del mundo” , en contra de esto Agustín dirá que Dios no es solo espectador sino actor en la conciencia del hombre, interviniendo tanto en la historia humana como en el drama individual de cada persona.

Entre las concepciones teológicas derivadas del ideal pelagiano encontramos una particularmente básica, ya que, en sí misma conlleva muchas otras. Según ella, el pecado de Adán tenía una culpa personal, exclusiva, y sólo podía influir negativamente en la humanidad como ejemplo de desobediencia al precepto de Dios. La voluntad libre del hombre se conservó plenamente y cada hombre puede, incluso después de la caída de Adán, evitar el pecado gracias a su libre elección frente al bien y al mal.

Enfatiza la confianza del hombre en sí mismo y su capacidad de libre albedrío, describe la conciencia como autónoma, independiente y libre, sin posibilidad de sufrir ninguna intromisión, libre, emancipada de Dios, capaz de practicar toda virtud y evitar todo pecado.Del mismo modo, la gracia que Dios otorga por Cristo a sus hijos, era vista como el ejemplo positivo de una vida cristiana que anima a los discípulos de Cristo a imitarlo en el cumplimiento de los mandamientos de Dios. La eficacia de los sacramentos y la necesidad de la oración para la estructuración cristiana de la vida quedan desvalorizados a favor de los logros morales conseguidos por las propias fuerzas y decisiones del individuo que sigue a Cristo.

Curso histórico de la controversia

A menudo Pelagio tuvo que defender su programa en discusiones acerca de cuestiones morales y teológicas en Roma. Un poco después del año 410 el libro de Agustín Confesiones estaba siendo leído en Roma, su contenido era entendido por Pelagio como una incitación a la negligencia moral. Sobre el 411 Pelagio y Celestio fueron a África del norte. Allí Celestio pidió la ordenación como presbítero, pero sus tesis suscitaron oposición. El diácono milanés Paulino, presentó una acusación formal contra Celestio. Éste se vio obligado a comparecer ante un sínodo para responder de sus teorías. Se le preguntó qué pensaba sobre el pecado de Adán heredado por la humanidad y, consecuentemente, por los niños y la necesidad del bautismo también para éstos. Celestio se negó a responder con claridad y tuvo que renunciar a su intención de ser acogido en el clero de Cartago. Fue acusado de enseñanzas heréticas y excomulgado. Partió a Éfeso, donde sí recibió las órdenes sagradas, como presbítero.Los años 412-413, Agustín empezó a aumentar su preocupación a medida que iba leyendo la literatura pelagiana que llegaba a sus manos y escribió algunos escritos y sermones contrarrestando las ideas de Pelagio. En estos escritos, Agustín dio a entender que la doctrina moral pelagiana era una amenaza contra verdades centrales de la fe sobre la gracia de Cristo. Respondió, además, a tres de las cinco tesis que los pelagianos habían distribuido en Siracusa: la pretendida capacidad del hombre de alcanzar la justicia por sus propias fuerzas, la negación de la culpa hereditaria en los niños y la sistemática obligación de todos los cristianos a renunciar a cualquier género de riqueza.Cuando Agustín comprendió el verdadero peligro que el pelagianismo entrañaba fue cuando estudió un escrito redactado por Pelagio mismo, cuyo objetivo fundamental era el de mostrar la elevada dignidad natural y moral de la naturaleza humana. Timasio y Jacobo, discípulos de Pelagio, habían enviado a Agustín este escrito de su maestro, titulado De natura, con la esperanza de que éste realizara una aproximación o conciliación de las posiciones contrapuestas. En su respuesta, De natura et gratia, Agustín contrapone su tesis, diciendo que es imprescindible una gracia sanadora y salvadora, la gratia Christi, que el cristiano debe implorar incesantemente.

En esos mismos años, diversos obispos y autoridades religiosas denunciaron muchas de las ideas pelagianas con mayor o menor fortuna. Algunos de éstos fueron Jerónimo u Orosio. Hacia el 415 la discusión se trasladó a Palestina y se celebraron diversas asambleas, e incluso algún sínodo, para esclarecer las discusiones entre los pelagianos y sus oponentes. Un sínodo de 14 obispos reunido en Dióspolis determinó que Pelagio “pertenecía a la comunión eclesiástica y cristiana” . Pelagio vio en tal sentencia una victoria personal sobre sus detractores y notificó en Occidente tanto la resolución como una aprobación de sus tesis, según la cual el hombre puede estar sin pecado y cumplir con facilidad los preceptos de Dios. En África se produjo un desconcierto considerable y Agustín envió al obispo Juan de Jerusalén los escritos De natura, de Pelagio, y su propia refutación De natura et gratia. Solicitó también una copia de las actas sinodales y recomendó encarecidamente a Juan que no se dejara engañar por Pelagio.

En el 416 dos sínodos celebrados en Cartago y Mileve reiteraron la sentencia que cinco años antes se había pronunciado contra Celestio. Agustín y algunos compañeros suyos expusieron al papa Inocencio I sus preocupaciones por la creciente propagación de las ideas pelagianas y le rogaron que se dignara a reprobar los errores pelagianos sobre la voluntad libre y sobre la suerte de los niños no bautizados. Enviaron también el escrito De natura y la refutación de Agustín del mismo con la intención de que el papa revocara el escrito de Pelagio o, por lo menos, la doctrina en él contenida.

Inocencio respondió a los escritos africanos en el 417. Aprobó la doctrina de la gracia propuesta por el sínodo de Cartago y declaro que Pelagio y Celestio debían ser excluidos de la comunión eclesiástica si seguían aferrados a sus errores.

Tan sólo dos meses más tarde, Inocencio falleció y fue sucedido por el papa Zósimo. Éste recibió una carta de Pelagio junto con una profesión de fe. Ambas tenían por objeto justificar sus doctrinas. También recibió Zósimo un escrito del nuevo obispo de Jerusalén que abogaba con fervor a favor de Pelagio. Poco después, Celestio se presentó en Roma reclamando la revisión del juicio africano pronunciado contra él. En dos cartas al episcopado africano informó Zósimo sobre los hechos de Roma y sus decisiones al respecto.

Rehabilitó a Celestio y declaró que Pelagio estaba absolutamente justificado a los ojos del clero romano. Añadió, además, que en África se había procedido con irreflexión y precipitación. Celestio, exultante por lo acaecido, provocó nuevas discusiones en Roma que dieron lugar a desórdenes en la ciudad. En el 418, el prefecto de la ciudad romana, Honorio, promulgó un edicto mediante el cual desterraba de Roma a Celestio y a Pelagio y prohibía la propagación de sus doctrinas.

Paralelamente, un sínodo cartaginés renovó los juicios pronunciados contra los pelagianos y reprobó en ocho cánones sus errores principales. Finalmente, el propio papa Zósimo, ya distanciado de Celestio, formuló en una encíclica, la llamada Epistula tractoria con la que expresó su aprobación hacia la actitud mantenida por los obispos africanos y la condenación definitiva del pelagianismo. Fue publicada en todo el Imperio.

Un grupo de 18 obispos se negaron a suscribir la Tractoria del papa entre ellos el joven obispo Julián de Eclano que no tardó en constituirse en la cabeza visible de los pelagianos. Julián empleó en la defensa de sus ideas medios y métodos bastante polémicos:

desvalorizaba las aportaciones de los mayores sin respeto alguno , tachaba a sus rivales con todo tipo de calumnias y descalificaciones . Estos obispos fueron sancionados con la deposición de sus cargos y desterrados. Julián se trasladó a Oriente donde se dedicó a sus trabajos literarios. La decadencia del movimiento pelagiano fue pues, considerable entre los años 420 y 430.

La problemática que provocó que se convocara el concilio de Éfeso no fue, en el sentido más estricto, la necesidad de condenar el pelagianismo. Se buscaba una unión de toda la Iglesia. Oriente y Occidente. En un intento de aunar los esfuerzos de ambas Iglesias se convocó un concilio cuyo objetivo máximo era la ecumenicidad. Haciéndose eco de las inquietudes occidentales, Éfeso se propuso vindicar la doctrina de Agustín y condenar el error de Pelagio.

Aunque el pelagianismo fue condenado por las autoridades de la Iglesia Católica, esta cuestión ha vuelto a surgir de una u otra forma, repetidas veces a lo largo de la historia, sobre todo en Europa. En este proceso de transformaciones surgieron movimientos intermedios como el semipelagianismo, y el semiagustinianismo ambas posturas reflejaban un debilitamiento de sus postulados originales.

Bibliografía

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JEDIN Hubert, Manual de historia de la Iglesia .TomoII. HERDER. 1979.

PIEDRA Arturo, El valor de la historia para la vida de la iglesia, Revista Vida y Pensamiento, San José. SBL Vol.5, No 2 Año 1985, Págs. 23-34

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