Plinio el Joven

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Cayo Plinio Cecilio Segundo (Caius Plinius Caecilius Secundus) (Como (Italia), 63 – Bitinia, 113 aprox.), conocido como Plinio el Joven, fue un abogado, escritor y científico de la antigua Roma.

Era sobrino de Plinio el Viejo, considerado como el mejor naturalista de la antigüedad. Siendo niño Plinio perdió a sus padres, quedando bajo la tutela de Virginio Rufo (un influyente general del ejército romano). Posteriormente fue adoptado por su tío Plinio el Viejo, quien lo mandó a estudiar a Roma, con profesores como Quintiliano y Nices Sacerdos. Comenzó la carrera de leyes a la edad de 19 años, creciendo su reputación en este campo muy rápidamente. Plino, siendo un hombre honesto y moderado, fue ascendiendo por el cursus honorum (cargos administrativos civiles y militares del Imperio):

Fue flamen Divi Augusti (sacerdote del culto al Emperador) en 81, luego decembvir litibus iudicandis (algo equiparable a un juez de lo civil), tribuno militar en Siria (donde conoció a los filósofos Artemidor y Eúfrates), sevir equitum Romanorum (jefe de un escuadrón de caballería) en 84, quaestor imperatoris y questor urbano entre 89 y 90. Fue nombrado tribuno de la plevbe en 91, pretor en 93, prefecto (primero de las finanzas del ejército y luego del templo de Saturno), y cónsul en 100. Entró en el colegio de augures por elección, supervisor del río Tíber y finalmente legatus (embajador) en el Imperio de Bitinia, donde se supone que murió. Se puede decir que su carrera es un resúmen de todos los cargos públicos más importantes en Roma, y en efecto Plinio contribuyó a la organización del Imperio en mucho de sus campos.

De sus numerosas cartas (las Epistulae) se deduce su carácter moderado. En una de ellas preguntó al emperador cómo había que comportarse con los cristianos, ya que hasta entonces condenó a todos los que no renegaron del cristianismo o se negaron a ofrecer sacrificios a los dioses paganos. Trataba al cristianismo como una superstición estúpida y se sorprendía del gran número de denuncias anónimas que se recibían en este campo. Trajano le respondió apoyando su actitud, pero ordenándole que no diera curso a las denuncias anónimas.

Plinio se casó tres veces, pero no tuvo ningún hijo. Sólo de su tercera mujer, Calpurnia, habla con cierta emoción en sus cartas. Era bastante rico y poseía algunas villas en Italia. Las dos que tuvo en su ciudad natal, Como, las llamó Tragedia y Comedia.

Respecto a su faceta de escritor, que empezó a los 14 años con una tragedia en griego, Plinio destacó en poesía, pero la mayor parte de sus escritos se han perdido, a pesar del cuidado que tenía por ellos. Era también conocido por sus dotes de orador, considerándose seguidor de Cicerón, pero su prosa era menos directa y grandilocuente que la de éste último. Participó en muchos juicios, pero el único discurso que se conserva de él es su Panegiricus Trajani, descripción aduladora y enfática de la figura de Trajano, que es un instrumento valioso para estudiar diversas acciones que hizo este emperador en campos administrativos como impuestos, justicia, disciplina castrense y comercio. Plinio lo definía como un tratado sobre el gobernante perfecto.

Sus cartas son un testimonio único de la administración ordinaria del siglo primero. Su estilo es muy diferente de los usados en los panegíricos, afirmando algunos críticos que Plinio es el inventor de un nuevo género literario: la carta escrita para ser publicada.

En sus primeras cartas de juventud describe la erupción del monte Vesubio y la muerte de su tío y mentor, Plinio el Viejo. En su honor este tipo de erupciones se conocen como plínicas. Estas cartas estaban dirigidas a su amigo Tácito, que fue uno de los grandes historiadores romanos, para darle una visión cercana y certera de la muerte de su tío. Otras cartas famosas fueron las dirigidas a Septicio Claro, que son prácticamente poemas, las que se refieren a la erupción del Vesubio y las referentes a las villas y a la muerte de Marcial.

Mención de Jesús

Plinio el Joven describe en una carta al emperador Trajano:

“Nunca he estado en presente en un interrogatorio a un cristiano. Por tanto, no sé hasta donde llegan los castigos que se les imponen, ni las razones por las que se les abre una investigación… Yo les ha preguntado si son cristianos, y si así lo admiten, repito la pregunta una o dos veces más, mientras les advierto el castigo que les espera. Si insisten, ordeno que se les ejecute; porque sea cual sea la naturaleza de su admisión, considero que una testarudez y obstinación así deben ser castigadas… También declararon que de lo único que son culpables es de lo siguiente: reunirse regularmente –un día fijado- antes del alba cantar a Cristo como si fuese un dios, y también dar su palabra de abstenerse de robar, adulterar… Esto fue lo que me hizo sospechar y querer descubrir la verdad detrás de todo esto, así que mandé torturar a dos esclavas, a las que ellos llaman diaconisas. No encontré nada más que una secta degenerada hasta extremos extravagantes”

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