Primera Epístola de San Juan

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Tabla de contenidos

1 JUAN

Introducción

Si bien habitualmente se la denomina «epístola”, este escrito carece de destinatarios y de firma. En realidad, le faltan tantas de las características de una carta que algunos piensan que el título de «epístola” es una forma de expresión algo equívoca. La consideran un sermón escrito más bien que una carta. Sin embargo, aquí y allá aparecen pasa jes que justifican el título (p. ej.p. ej. Por ejemplo 2:1, 26), si bien con características inusitadas. Tal vez la explicación radica en el hecho de que originalmente el autor quiso que fuera leída en más de una comunidad.

PATERNIDAD LITERARIA

La opinión tradicional es que la obra es producto del apóstol Juan. En la antigüedad nadie sugirió la posibilidad de otro autor. Concuerda con esta opinión el marcado tono de autoridad que se observa a lo largo de la epístola. Se ha sugerido, más bien, que solamente una persona de la talla del Apóstol podría haber enviado una carta de ese calibre sin dar su nombre. Es evidente que el autor fue testigo ocular de algunas de las cosas que hizo Jesús (1:1–3; la opinión de que la primera persona plural significa la generalidad de los creyentes, o que es un simple recurso epistolar, no tiene mayor asidero).

El estilo y la estructura del pensamiento se parecen a los del cuarto Evangelio, y todos concuerdan en que debe haber alguna conexión. Lo lógico es pensar en el mismo autor para ambos escritos, en cuyo caso todo gira alrededor de la autoría de ese Evangelio. Sin embargo, algunos críticos sostienen que el autor de uno de esos escritos fue discípulo del autor del otro; no es infrecuente que se piense en una «escuela” de cristianos de tipo juanino, uno de los cuales escribiría esta carta. Hacen hincapié en las diferencias de estilo (p. ej.p. ej. Por ejemplo hay menos palabras compuestas en la epístola) y de teología (p. ej.p. ej.

Por ejemplo hay diferencias en los puntos de vista del significado de la muerte de Jesús). Sin embargo, la mayoría de los eruditos coinciden en que si bien no deben ser minimizadas las diferencias, no son lo suficientemente notorias para exigir una diferente paternidad literaria. Se explican perfectamente bien por los distintos propósitos que tuvieron ambos escritos y por sus diferentes formas. J. R. W. Stott señala que: «La similitud entre Evangelio y epístola es considerablemente mayor que entre el tercer Evangelio y Hechos, que se sabe fueron escritos por el mismo autor” (The Letters of John, TNTC, 1964, p. 24).

Raymond E. Brown, que cree probable que hubiera di ferentes autores, concuerda en que la evidencia se inclina a favor de que el Evangelio y las epístolas pueden haber sido escritas en épocas diferentes por la misma persona (The Epistles of John [Doubleday, 1982], pp. 14–30). No parece haber un argumento definitivo en favor de diferentes autores.

Las más recientes discusiones hacen frecuente mención de Juan «el anciano” (cf.cf. Confer (lat.), compare 2 Jn. 1; 3 Jn. 1) como el autor del Evangelio, otros como autor de la epístola (o 2 y 3 Jn. o Apoc.), y otros de ambos. Sin embargo, esta figura nebulosa no es un buen candidato. No puede demostrarse, sin sombra de duda, que un Juan el anciano, distinto a Juan el apóstol, hubiera existido. Y de haber existido, las razones para relacionarlo con este escrito no son convincentes; no tan convincentes, al menos, como la antigua tradición que se le asigna al Apóstol.

Como conclusión digamos que si bien la epístola no aduce paternidad literaria alguna, y mientras no pueda probarse lo contrario a entera satisfacción, la hipótesis más razonable es que salió de la pluma del apóstol Juan.

OCASION

Surge claramente de la epístola que sus destinatarios sufrían la influencia de falsas enseñanzas que negaban la encarnación. Este error era ciertamente sostenido por gente que había estado en la iglesia y que ahora se había separado, porque Juan dice de ellos que «salieron de entre nosotros” (2:19, cf.cf. Confer (lat.), compare 4:1).

En el segundo siglo vio la luz una doctrina filosófica y religiosa llamada gnosticismo, que se alimentó de ideas cristianas y paganas. Pusieron su énfasis en el conocimiento (gr. gnosis), e imaginaron una forma de salvación conocida únicamente por los iniciados. Consistió, esencialmente, en la liberación del hombre de la prisión material de su cuerpo y su elevación hacia Dios. Se discute aun cuán temprano apareció el gnosticismo. Es probable que se instalara mucho tiempo después de haberse escrito esta epístola, pero no nació por generación espontánea. Muchas de las enseñanzas que luego tomaron cuerpo en un sistema gnóstico plenamente desarrollado estaban en circulación en el primer siglo.

Juan se opone a esa doctrina, un sistema que incluye la idea de que la materia es inherentemente maligna. Puesto que Dios es bueno, decían, nada tiene que ver con la materia maligna. De ahí que no podría haberse encarnado en Jesucristo. Algunos sostenían que Cristo solamente vivía en la carne en apariencia (se los llama «docetistas”, del gr. dokein, «parece ser”). Pero es ir demasiado lejos sostener que Juan enfrentaba a los docetistas, pues nada dice su epístola sobre un cuerpo fantasma o algo por el estilo. A lo que él se oponía pareciera ser a las primeras etapas de una herejía que con el tiempo daría lugar al docetismo.

La gente comenzaba a negar la encarnación y eso, para Juan, era extremadamente serio. Su efecto sería arrancarle el corazón al cristianismo, porque si Cristo en realidad no se hizo hombre y realmente no murió por nosotros, entonces no habría expiación por nuestros pecados. Así pues, Juan puso el mayor de los énfasis en la encarnación. También hizo hincapié en la importancia de vivir rectamente, porque en su énfasis sobre el conocimiento algunos de los herejes consideraban que la conducta no interesaba mayormente. Juan no deja lugar a dudas de que la con ducta reviste enorme importancia.

De ninguna manera debemos pensar que esta epístola se escribió con el único propósito de refutar la herejía. Su meta es netamente positiva, como el mismo Juan se encarga de decírnoslo. Escribe: «para que vosotros también tengáis comunión con nosotros … para que nuestro gozo sea completo” (1:3, 4). Y lo especifica aun más cuando afirma: «Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (5:13).

Podemos contrastar esto con la meta del Evangelio: «para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31). En tan to el Evangelio apunta a una meta evangelística, la epístola está dirigida más bien a crear en los lectores un estado de seguridad y verdadero conocimiento de lo que tal fe entraña.

«El Evangelio contiene ‘señales’ para evocar la fe (20:30, 31) y la epístola pruebas por las cuales poder juzgarla” (Stott). Juan escribe para disipar la ansiedad de sus lectores, al comprender lo que significa ser cre yente. Aclara lo que significa ser cristiano. «En su primera epístola Juan señala tres marcas de un verdadero conocimiento y comunión con Dios … Estas marcas son: primera, la honradez en la vida; segunda, el amor fraternal; y, tercera, fe en Jesús como Dios encarnado” (Search the Scriptures, 1967, p. 289). Estos tres temas se repiten constantemente.

Dos grandes pensamientos dominan toda la epístola: Dios es luz (1:5) y Dios es amor (4:8, 16). Dios es la fuente de luz para las mentes y de calor para el corazón de sus hijos. En consecuencia, estos hijos deberán vivir ajustados a las más altas normas morales, y sobre esto se hace hincapié permanentemente (p. ej.p. ej. Por ejemplo 2:1–6; 3:3, 6, 9; 5:1–3). La epístola no contiene severas amonestaciones. Todo lo contrario, el remitente se dirige a sus lectores con paternal afán y tierna preocupación: hijitos, amados, hijitos, nadie os engañe; hijitos, guardaos de los ídolos.

FECHA

Muy poco es lo que tenemos para ponerle una fecha a la carta. No es definitiva su relación con el Evangelio, pues algunos sostienen que la escribió antes y otros que después, y de cualquier manera también es incierta la fecha en que escribió el Evangelio. Muchos fechan 1 Jn. hacia el final del primer siglo, pero J. A. T. Robinson defiende una fecha de 60–65 (Redating the New Testament [SCM, 1976]). Esto puede ser correcto, pero no estamos seguros.Ver también el artículo «Leyendo las epístolas”.

BOSQUEJO DEL CONTENIDO

1:1-4 Prólogo

1:5—2:6 Comunión con Dios

2:7-17 El nuevo mandamiento

2:18-27 El cristiano y el anticristo

2:28—3:10 Hijos de Dios

3:11-18 Amarse unos a otros

3:19-24 Confianza

4:1-6 El espíritu de verdad y el espíritu de error

4:7-21 Dios es amor

5:1-5 La victoria de la fe

5:6-12 El testimonio acerca del Hijo

5:13-21 El conocimiento de la vida eternaComentario

1:1-4 PROLOGO

Estos versículos, que en el gr. constituyen un solo párrafo sumamente condensado y complicado, van a modo de prólogo de la totalidad de la carta. Juan bosqueja algunas de las ideas que luego desarrollará en detalle.

1 El vocablo inicial gr., traducido lo que, es neutro. Por ello pareciera referirse al mensaje del evangelio y no a una persona en particular. Pero a continuación Juan escribe de oír, de ver y aun de tocar, lo que nos lleva a pensar en Jesús. Lo mismo ocurre con el Verbo de vida, porque si bien este término puede describir el evangelio, no debemos olvidar que a Jesús se le llama «el Verbo”, y «la vi da” (Juan 1:1; 14:6), se dice que «en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:1, 4). Este extraño comienzo, entonces, nos recuerda tanto del evangelio en sí como de aquél alrededor de quien está centrado el evangelio.Desde el principio significa que el evangelio no fue una idea tardía; fue siempre parte del plan de Dios. A continuación Juan trata de la factibilidad de todo ello que es, para él, lo principal. El evangelio no habla de una figura mítica como las formas esfumadas de los misterios griegos, sino de una persona históricamente genuina. Escribe de lo que fue oído, visto y «palpado” (cf.cf. Confer (lat.), compare Luc. 24:39; Juan 20:20, 24–27). Hay un énfasis creciente en cuanto a la realidad de Jesús. Juan no se refiere a visiones sino a una existencia física. Por ello dice: lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos. La primera persona plural se usa mucho en esta carta (aparece en 51 de 105 versículos de acuerdo con Brown, Epistles of John, p. 158). El cambio de sujeto de «nosotros” a nuestras manos … puede ser únicamente de estilo, o hay un énfasis sobre el contacto físico. Es lo que nuestras manos hicieron.

2 Juan tiene la costumbre de hacer hincapié en una idea echando mano del más simple de los recursos: la repetición. Aquí comienza un poco al margen, toma la palabra vida, último vocablo del v. 1 y la repite tres veces. Escribe sobre la vida, pero no de la vida en términos generales. Lo que le interesa es la vida que fue manifestada; se está refiriendo claramente a la venida de Jesús, quien se describió a sí mismo como «la vida” (Juan 14:6). También es la vida que nosotros hemos visto. Ya habló de verla y lo hará de nuevo en el v. 3; le encanta machacar sobre una idea. Más aun, él y los que la vieron pueden decir que testificamos y anunciamos. Ya habló de ella como «que era desde el principio”.

El mismo pensamiento lo expresa de otra manera cuando habla de la vida eterna. Insiste en sus repeticiones cuando piensa en la vida como que nos fue manifestada. En el Evangelio a Jesús se lo denomina «la vida” (Juan 14:6). De esto podemos deducir que es Jesús de quien se testifica y a quien se anuncia. Podemos arribar a la misma conclusión a partir de la expresión con el Padre, donde se aplica la misma construcción gramatical que se utilizó para «el Verbo” en Juan 1:1. Padre, por supuesto, es Dios, según la característica designación cristiana. Figura 12 veces en la epístola.

3 Una vez más Juan se refiere a lo que hemos visto y oído. No hay que pasar por alto el énfasis que pone en los testigos oculares, ni el hecho de que está vinculado a lo anunciamos. Todo esto ca rece de sentido si pensamos en nosotros como «nosotros los cristianos”. Tiene que referirse exclusivamente a los que realmente vieron a Jesús en la carne. Estas personas «anuncian” lo que vieron al resto de la iglesia. Sale a luz una de las metas de Juan: para que vosotros también tengáis comunión con nosotros. Continúa de inmediato hablando de nuestra comunión … con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

Al hablar de comunión (gr. koinonia) la idea básica es la de poseer algo en común, es decir, de participar o de compartir en compañerismo. A menudo se utiliza la expresión en asuntos comerciales (cf.cf. Confer (lat.), compare Luc. 5:10). La comunión cristiana significa compartir la vida común en Cristo por medio del Espíritu Santo. Vincula a los creyentes unos a otros, pero lo más importante es que los vincula también a Dios. No debemos pasar por alto que la comunión es continua. Los apóstoles tenían comunicación con Cristo y, por lo tanto, con Dios. Ellos habían guiado a otros a la fe y así los habían incorporado al mismo compañerismo (un proceso que continúa hasta hoy). Es la comunión … con el Padre, y con su hijo Jesucristo. Observemos que Jesucristo está vinculado al Padre al comienzo de la epístola. Uno de los mayores énfasis que pone Juan es sobre el lugar elevado que le corresponde a Cristo, y no pierde tiempo en señalarlo.

4 También hay cierto énfasis sobre los vocablos nosotros y escribimos. El mensaje es de un carácter preciso y permanente y escrito por quienes tenían plena autoridad para escribir. Hay mss.mss. Manuscritos que apoyan «vuestro gozo”, pero es más correcto nuestro gozo. Solamente en la medida en que Juan logre introducir a sus amigos en esta clase de comunión de la cual acaba de escribir que su gozo será completo y, por supuesto, lo mis mo se cumple a la inversa, es decir, de ellos con respecto a él. «Nuestro gozo” y «vuestro gozo” van tomados de la mano. Para ambos, el verdadero gozo se obtiene solamente en la comunión con Dios.

1:5-2:6 COMUNION CON DIOS

Juan deja claramente sentado que su propósito es el de atraer a sus lectores a la comunión con Dios y con los otros creyentes. Procede ahora a deducir, a partir de la naturaleza de Dios, las condiciones de la comunión.

1:5 Dios es luz. Este es el mensaje subraya lo que sigue como significativo; en realidad como una síntesis del mensaje cristiano. Es un mensaje derivativo, hemos oído de parte de él, y no se debe a la originalidad de los apóstoles o de otros. Hay un problema planteado sobre el significado de la frase de él, problema que se repetirá a lo lago de la epístola. No existe ningún antecedente obvio. El Padre y el Hijo fueron mencionados en el v. 3, y aquí puede referirse a cualquiera de los dos. Tal vez la mayor probabilidad se incline hacia el Hijo, pero ambos están íntimamente ligados.

El contenido del mensaje se halla sintetizado en la expresión Dios es luz (cf.cf. Confer (lat.), compare Juan 8:12; 9:5) a la cual se le agrega (de una manera que nos recuerda al cuarto Evangelio donde es común la conjunción de positivo y negativo) y en él no hay ningunas tinieblas (cf.cf. Confer (lat.), compare Sal. 27:1; Juan 1:4–9). En el Evangelio de Juan se menciona a menudo la luz, pero relacionada más bien con el Hijo, en tanto que aquí es con el Padre. Figura seis veces en esta epístola (1:5, 7 [dos veces]; 2:8, 9, 10). Decir que Dios es luz es llamar la atención a su integridad, a su justicia. La luz es un símbolo natural de una justicia atractiva, lo mismo que las tinieblas lo son de la oscu ridad del pecado. Hay una doble negación enfática en cuanto a las tinieblas; no hay oscuridad alguna en Dios; el es todo luz. También probablemente va implícito el pensamiento de que nuestras vidas están expuestas a la iluminación que irradia de Dios. Nada se le esconde (cf.cf. Confer (lat.), compare Sal. 90:8). Y como él es luz es importantísimo que su pueblo ande en luz (v. 7).

1:6, 7 El primer error.

A Juan le gusta subrayar lo que quiere decir formulando una suposición, y aquí hay una lista de cláusulas que comienzan con el condicional si (vv. 6–10; nuevamente en 2:1). Trata sobre tres obstáculos a la comunión. El primero se centra en la pretensión de que tenemos comunión con Dios. Juan ya les dijo que su propósito era que sus lectores disfrutaran de esta comunión (v. 3). Ahora aclara que las palabras solas no pueden producir comunión con Dios.

6 Todo aquel que afirme que disfruta de esa comunión pero continúa andando en tinieblas miente, puesto que Dios es luz (cf.cf. Confer (lat.), compare 2:21, 22). Se necesita más que un sentimiento re ligioso confortable. Debemos probar nuestros sentimientos por la revelación que Dios nos ha dado. El error que Juan está denunciando es el de rechazar aceptar la luz que Dios ha dado en la revelación entregada por medio de los profetas, apóstoles y otros, prefiriendo las tinieblas de su propio camino. Juan argumenta en forma negativa. No practicamos la verdad es una expresión muy poco usada que figura también en Juan 3:21 (y en los mss.mss. Manuscritos de Qumrán). Hablamos de «decir la verdad”, pero la verdad puede ser una cualidad tanto de la acción como del pensamiento. La verdad que Dios nos ha hecho conocer debe vivirse en las vidas de sus siervos.

7 Ahora viene la suposición contraria, es decir, de que realmente andamos en luz. El «andar” es una expresión metafórica para expresar todo un estilo de vida. Destaca la verdad de que el cristiano debe progresar sin pausa, aun cuando no sea en forma espectacular. Andamos en luz significa vivir día a día ajustados a estrictas normas de integridad. Se refuerza al máximo la expresión cuando se añade como él está en luz (cf.cf. Confer (lat.), compare Mat. 5:48). No podemos juguetear con la idea de mantener niveles bajos, como si todo lo que interesara es lograr normas humanas decentes. El cristiano es un siervo de Dios y, como tal, ajusta sus normas a los requerimientos de Dios. Ha de vivir según se lo estipule Dios. Luego del v. anterior donde se niega la comunión con Dios a los que caminan en tinieblas (v. 6), cabría imaginar que los que andan en luz gozarán de la comunión con Dios. Al contrario, hallamos que tenemos comunión unos con otros. Por supuesto que ello incluye comunión con Dios (cf.cf. Confer (lat.), compare v. 3), pero no debe impedirnos ver lo que Juan quiere expresar.

La comunión que los creyentes disfrutan unos con otros es de valor inapreciable. A todo lo anterior Juan añade el ingrediente de que la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado (o «cada pecado”; el gr. puede indicar ambas cosas). La palabra pecado aparece en esta breve carta 17 veces (también 17 veces en el Evangelio de Juan; los únicos escritos del NTNT Nuevo Testamento con más menciones son Rom. y Heb.). Jesús es el nombre humano del Salvador, y con las palabras su Hijo se hace hin capié en que es único en su género.

No debemos perder de vista la significación de ambas expresiones. Limpia es un verbo de tiempo continuo. No se trata de una limpieza de una vez y para siempre, sino de una actividad progresiva que se realiza día a día. Un poco más adelante Juan reconoce la imposibilidad de que el creyente se vea libre de todo pecado (cf.cf. Confer (lat.), compare vv. 9, 10). Por consiguiente, no se re fiere a una perfección con ausencia total de pecado. Sostiene que cuando tenemos por hábito andar en la luz, es decir, andar con Dios, los pecados que cometemos son limpiados. Juan reconoce que de bemos vivir muy cerca de Dios, y que aun aquellos que así viven necesitan ser limpiados continuamente. Esta limpieza se basa en la muerte propiciatoria de Jesús; la sangre no significa vida librada de la carne, como algunos afirman, sino la vida rendida en la muerte.

1:8, 9 El segundo error.

8 Juan cristaliza el segundo error en forma sucinta: si decimos que no tenemos pecado. La expresión «tenemos” pecado no es común; hay otras referencias en Juan: 9:41; 15:22, 24; 19:11. Significa más que «cometer” un pecado; se refiere al principio interno del cual los actos pecaminosos son sus manifestaciones externas. El pecado es algo que persiste, se adhiere al pecador. Al igual que en el caso precedente y en la próxima suposición, la declaración positiva se refuerza por una acertada negativa (la verdad no está en nosotros).

Cuando decimos que no tenemos pecado nos engañamos a nosotros mismos (¡por cierto que no engañamos a ningún otro!) y la verdad no está en nosotros. Concebimos la verdad en forma dinámica. Puede morar en hombres de verdad. Pero el afirmar una cosa a todas luces falsa: que no tenemos pecado, excluye la posibilidad de que la verdad more en nosotros. Esto viene muy bien al caso para el hombre moderno que asegura que el pecado es una enfermedad o una debilidad, y afirma que tiene su génesis en los factores hereditarios, en el medio ambiente, en la necesidad o cosas por el estilo, por lo cual lo considera su suerte y no su culpa. Tal hombre se engaña a sí mismo.

9 En contraste, podemos confesar nuestros pecados. El uso del plural es significativo: confesamos pecados específicos, no simplemente que pecamos. Porque Dios es fiel y justo perdona (cf.cf. Confer (lat.), compare Deut. 32:4. Miq. 7:18–20; Rom. 3:25). Es posible confiar plenamente en él. Nada nos dice de qué manera va a limpiarnos de toda maldad. Pero no olvidemos el v. 7. Es la sangre de Cristo la que limpia. Ninguna otra cosa puede quitar nuestras manchas.

1:10 El tercer error.

La siguiente suposición es si decimos que no hemos pecado. Todo el trato que Dios tiene con los hombres parte de la base de que el hombre es pecador y necesita la salvación (cf.cf. Confer (lat.), compare Rom. 3:23). Negar que uno sea un pecador es hacerlo a él mentiroso. En la forma negativa significa que su palabra no está en nosotros. En muchas partes de la Biblia la «palabra” tiene un carácter dinámico. Cumple el propósito de Dios (cf.cf. Confer (lat.), compare Isa. 55:11). Todo aquel que niega ser un pecador y que con esa actitud hace de Dios un mentiroso muestra, por ese hecho, que la palabra efectiva de Dios no mora en él.2:1, 2 La propiciación por los pecados.

1 A menudo Juan designa a sus destinatarios con el nombre de hijitos. Aquí utiliza un cariñoso diminutivo, hijitos míos (gr. teknia; se repite siete veces en 1 Jn. y una o tal vez dos veces en todo el resto del NTNT Nuevo Testamento). Les dice que la razón que le mueve a escribirles es para que no pequéis. Ya nos ha dicho que les escribe para que sus lectores disfruten de comunión con ellos (1:3) y para que su gozo sea completo (1:4). El tercer motivo que aduce concuerda con los anteriores, pues el pecado desbarata la comunión y destruye el gozo.

El pecado y un cristianismo vital son incompatibles (cf.cf. Confer (lat.), compare 3:6, 9; 5:18). Pero si el cristiano no vive en pecado también es cierto que nunca en su vida se libera totalmente del pecado (1:8). Mientras más cerca estemos de Dios, más sensibles estarán nuestras conciencias y más nos daremos cuen ta de que somos pecadores. Una consecuencia paradójica de esto es que llegamos a apreciar el hecho de que en nuestro estado pecaminoso somos indignos de acercarnos a nuestro Dios grande y san to.

Necesitamos ayuda. Y Juan nos asegura que tenemos la ayuda que necesitamos. Juan nos dice ahora que si alguno peca, abogado tenemos delante del Padre, a Jesucristo el justo. Abogado (gr. parakletos) tiene una connotación legal y a menudo indica el abogado defensor. Es el amigo con que contamos en el juicio. «La imagen es la de la corte real en la cual un suplicante necesita a alguien más grande que él, uno que sea oído por el rey, para pe dir por su caso” (J. L. Houlda, A Commentary on the Johnannine Epistles [Black, 1973], p. 64).

El uso del término nos dice que el pecador no tiene un caso fácil. Su situación es comprometida ante el Padre y necesita ayuda. Su libertador es Jesucristo el justo. Más lógico habría sido «misericordioso” o algo por el estilo. Pe ro concuerda con el contexto de todo el NTNT Nuevo Testamento que Dios perdona de una manera que satisface su justicia. El perdón no abroga la ley moral sino que la establece.

2 A Cristo también se lo denomina la expiación por nuestros pecados, lo cual significa que no se trata solamente de quitar la culpabilidad por el pecado, ya que expiación (gr. hilasmos) significa anular la ira. Hay una ira divina contra toda forma de pecado (cf.cf. Confer (lat.), compare Rom. 1:18), y el perdonar no significa ignorar esta ira. Una manera de ver la obra salvadora de Cristo es mirarla como propiciación. Esto no constituye toda la historia pero sí una parte de la misma, una verdad que muchos teólogos modernos pasan por alto. Y Cristo forjó una provisión amplia; su propiciación es eficaz para los pecados … de todo el mundo.

Aquellos que se oponen a la idea de propiciación a veces lo hacen basados en que eso significa poner a Jesús en contra del Padre celestial. Por supuesto, éste no es el caso. El Padre y el Hijo están de acuerdo en la manera en que se lleva a cabo la salvación, como lo están en todo lo demás. Hay una ira divina contra todo mal, y si los pecadores han de ser perdonados algo debe hacerse para lograrlo. Un aspecto del perdón de Dios tiene que ver con su enojo contra el pecado (Sal. 78:38); y un aspecto de la obra expiatoria de Cristo tiene que ver con la ira divina contra el mal. Tanto el Padre como el Hijo consideran al pecado como algo serio y en su obra expiatoria Jesús está haciendo la voluntad del Padre (cf.cf. Confer (lat.), compare Heb. 10:7).

2:3–6 Obediencia.

3 A continuación viene una prueba según la cual los hombres pueden saber si, a pesar de sus fracasos, están en buena relación con Dios. La prueba pregunta si guardamos sus mandamientos (de nuevo en el v. 4; 3:22, 24; 5:3; cf.cf. Confer (lat.), compare 5:2). Es imposible que este conocimiento no afecte, en el diario vivir, a quienes realmente conocen a Dios. El conocimiento es un tema importante de la epístola. El verbo «conocer” (gr. ginosko) se repite 25 veces (y oida, otro verbo para conocer, 15 veces). Para Juan el conocimiento de Dios no es alguna visión mística o percepción intelectual. Se demuestra si guardamos sus mandamientos. La obediencia no es una virtud espectacular sino que subyace como fundamento de todo verdadero servicio cristiano.

4 Aquel que afirma poseer este conocimiento pero no guarda sus mandamientos, dice Juan sin reparos, es mentiroso. Y subraya esto último añadiendo las palabras la verdad no está en él.

5 Por contraste, el amor de Dios ha sido perfeccionado en el hombre que guarda su palabra. Juan no pretende reducir el cristianismo a una forma de legalismo. Significa que Dios se reveló en Cristo, quien es su palabra (1:1; Juan 1:1), y que su venida es un desafío a todo nuestro estilo de vida. Se nos desafía a dejar el egoísmo y tomar nuestra cruz; nada menos satisfará. Como corolario del v. 4 cabría esperar algo en el sentido de que el hombre obediente sea verídico o cuente con la verdad de Dios.

Pero en lugar de ello resulta que el amor de Dios está en él, y no solamente en él, sino perfeccionado. El amor (gr. agape) es uno de los conceptos cumbres de esta carta. La palabra se repite 18 veces, cifra que supera a cualquier otro libro del NTNT Nuevo Testamento (le sigue 1 Cor.; 14 veces). Este hecho es muy significativo dado lo reducido del libro. Juan ve el amor, principalmente, en la divina autoentrega de Cristo (4:10), pero el término también puede significar la respuesta del hombre a lo que Dios ha hecho; quizá ambos conceptos estén aquí. Y esta respuesta la vivimos en la medida de nuestra obediencia porque el amor se deleita en cumplir la voluntad de Dios.Al fin del v. 5 Juan menciona el hecho de que sabemos que estamos en él. (¿Es Dios? ¿Es Cristo? Juan probablemente no haría mucha diferencia entre los dos en este punto.) Antes habló de comunión con él (1:3), o andar en la luz (1:7), y de conocerle (2:3), pero no debemos considerarlas como distintas, sin relación unas con otras. Si estamos en él disfrutamos comunión con él, le conocemos y andamos en luz.

6 De todo esto podemos estar seguros si andamos como él anduvo. Esta expresión se refiere a toda la vida de Jesús.

2:7-17 EL NUEVO MANDAMIENTO

2:7–11 Amor y odio.

7, 8 Amados (gr. agapetoi), una expresión que ocurre seis veces en esta epístola y que concuerda con su énfasis sobre el amor. No dice con todas las letras cuál es el mandamiento a que se refiere, pero no hay duda alguna de que se refiere al mandamiento del amor (cf.cf. Confer (lat.), compare 4:21, Juan 15:12). Esto no es una novedad sino la palabra que habéis oído. Es fundamental al estilo cristiano de vida, y así se inculcó desde el comienzo. Pero hay siempre en ello una renovada frescura, y de ahí que sea un mandamiento nuevo (cf.cf. Confer (lat.), compare Juan 13:34). El antiguo mandamiento tiene una nueva urgencia para aquellos por quienes murió Cristo.

El primero en cumplir este mandamiento fue Cristo, es verdadero en él, quien transfiere su amor al corazón de los que le siguen, y en vosotros. Así, la actitud que adoptemos hacia otros revelará si estamos en las tinieblas que van pasando o en la luz verdadera que ya está alumbrando. Si un hombre vive en amor anda con paso seguro, porque el amor des poja al corazón de todo aquello que le haría tropezar. La luz y el amor van juntos.

9-11 Si cualquiera odia a su hermano, diga lo que diga está en mal camino, camino que lo llevará a la ruina, por que el odio enceguece. Obsérvese la repetición de tinieblas; no debemos pasar por alto la conexión que hay entre el odio y las tinieblas.2:12–14 La familia de fe. Hay dos secuencias, cada una de ellas dirigida a tres destinatarios, hijitos (niñitos), padres y jóvenes. Con todo tipo de recursos dialécticos se ha procurado definir estas tres clases y el cambio de tiempo de verbo entre Os escribo y Os he escrito (vv. 13c, 14). Se puede inferir que el conocimiento concuerda con los padres antiguos en la fe y la fuerza con los jó venes. Pero como todas las cualidades que menciona Juan deberían hallarse en todos los creyentes, mejor es considerar la división como un recurso estilístico para poner mayor énfasis.

Como lo dice C. H. Dodd (The Johannine Epistles, MNTC, 1946): «Todos los cristianos son (por gracia, no por naturaleza) niños en inocencia y dependencia del Padre celestial, jóvenes en fuerza, padres en experiencia.” Juan señala que sus lectores cuentan con el perdón de sus pecados, el conocimiento de Dios, la palabra de Dios que mora en ellos, y la victoria sobre el maligno.

2:15–17 Amor por el mundo.

15 Juan enfatiza mundo por repetir tres veces el término aquí y tres veces más en los vv. 16 y 17. Es un concepto importante (en esta carta usa la palabra 23 veces). Dice: No améis al mundo, y algunos ven una contradicción con: «De tal manera amó Dios al mundo” (Juan 3:16). Pero el pasaje se refiere al amor salvador de Dios por todos los hombres, mientras aquí se trata de amar la mundanalidad. Juan señala dos he chos: primero, el amor por el mundo, en este sentido, es incompatible con el amor por el Padre (cf.cf. Confer (lat.), compare Stg. 4:4) y, segundo, de todos modos el mundo y todo lo que en él hay es pasajero.

16 Los deseos de la carne significa satisfacer nuestros deseos carnales. Los deseos de los ojos indica un fuerte deseo por lo que se ve, por lo exterior de las cosas; es el deseo de lo superficial. La soberbia de la vida es la vacua altivez de los que tienen la mente puesta en las cosas del mundo. (Con estas compare las tres cosas que llevaron a Eva a desobedecer a Dios, Gén. 3:6). Ninguna de estas cosas se origina en Dios, no proviene del Padre. Son del mundo, ese mundo que no es más que un espectáculo pasajero en su camino a la ruina. Se implica que todo pasará; el mal se encuentra a través de todo el mundo.

17 Por contraste, el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. La obediencia es una parte importante de la vida eterna.

2:18-27 EL CRISTIANO Y EL ANTICRISTO

2:18, 19 Muchos anticristos.

18 Hora está sin artículo. En realidad Juan no quiere decir es la última hora sino «es una última hora”. La historia humana progresa por períodos en un lento devenir hasta que se produce una crisis, termina una era y comienza una nueva, y los hombres dicen «nunca será lo mismo que antes”. Juan afirma que tal hora ha llegado. Ve la evidencia en la aparición no simple mente de un anticristo sino de muchos anticristos. Sin duda alguna la iglesia primitiva esperaba, al final del tiempo, a un poderoso personaje del mal al que denominaba anticristo (cf.cf. Confer (lat.), compare «el hombre de iniquidad”, 2 Tes. 2:3). Si bien Juan utiliza el término cuatro veces (y una vez en 2 Jn.), no está interesado en el individuo malo del futuro. Le preo cupan sus lectores y hace hincapié en que el espíritu del anticristo ya está entre los hombres. La situación es la misma hoy día.

19 Estos muchos anticristos habían sido miembros de la iglesia. Pertenecieron a la organización visible, pero Juan se apresura a decir que no eran de nosotros. Y añade que salieron, para que fuera evidente que no todos eran de nosotros. Su membresía había sido meramente apariencia. Es la doctrina de «la iglesia invisible” si bien esa terminología se incorporó al léxico siglos después.

2:20, 21 Conocimiento de la verdad.

20 Vosotros tenéis la unción de parte del Santo es una manera de decir que todos han recibido el don del Espíritu Santo. Del Santo es una expresión poco usa da, pero no hay duda alguna de que se refiere al Esp íritu Santo. «Todos vosotros lo sabéis” (BJBJ Biblia de Jerusalén) es preferible a la traducción de RVARVA Reina-Valera Actualizada conocéis todas las cosas (ver nota de la RVARVA Reina-Valera Actualizada). La iluminación brindada por el Espíritu significa que en el cristianismo no hay una elite iluminada de quien todos dependen. Todo creyente tiene conocimiento.

21 Juan tiene esta verdad grabada en su mente cuando ataca el principio básico de la herejía a la cual se opone. Los falsos maestros claramente negaron la realidad de la encarnación. Sabemos que hubo algunos falsos maestros en los primeros días que sostenían que hubo un Cristo divino que descendió sobre el hombre Jesús en el bautismo, pero abandonó su cuerpo antes de la crucifixión. Los opositores de Juan no eran necesariamente quienes sostenían esta creencia, pero era algo similar.

2:22, 23 La mentira.

22 Negaron que Jesús es el Cristo. Juan considera esto como la mentira fundamental. El hombre que yerra aquí no es de fiar en ninguna otra cosa: Es el anticristo: el que niega al Padre y al Hijo. La evidencia de que en Jesús de Nazaret Dios y el hombre están indisolublemente unidos es tan notoria, según lo ve Juan, que el hombre que no la acepta está fundamentalmente descarriado y es culpable de la mentira radical.

23 Sin un concepto correcto del Hijo no podemos tener un concepto correcto del Padre. Si Jesús no es el mismísimo Hijo de Dios y uno con el Padre, entonces no es el amor de Dios lo que vemos revelado en su vida y en su muerte; en este caso sería sólo el amor de un buen hombre. Sólo en la medida en que recibimos a Cristo nos hacemos hijos de Dios (Juan 1:12), de modo que si lo rechazamos no somos miembros de la familia celestial. Entonces no tendríamos ningún derecho de llamar a Dios nuestro Padre.

2:24–27 Permanecer en Dios.

24 Lo que habéis oído desde el principio nos retrotrae al simple mensaje del evangelio. Si los lectores de Juan permiten que eso permanezca (este verbo se repite 24 veces en 1 Jn.) ellos entonces permanecerán en el Hijo y en el Padre.

25 Así se cumple la promesa del Padre de la vida eterna.

26 Lo que estaban diciendo los falsos maestros llevaría a los nuevos creyentes lejos de la verdad. Esta es la razón por la que Juan estaba escribiendo; él no permitiría que los falsos maestros arruinaran las vidas de los nuevos creyentes que significaban tanto para Juan. 27 Con esto debemos considerar la unción que ya mencionó Juan (v. 20). Por la iluminación dada por el Espíritu Santo que mora en ellos tienen el conocimiento que interesa y así permanecen en Dios.

2:28-3:10 HIJOS DE DIOS

2:28, 29 Confianza.

Juan está ansioso de establecer la relación familiar. Por eso se dirige a sus lectores como hijitos (gr. teknia) y les insta a tener una conducta apropiada a la segunda venida de Cristo y que es la demostración de que uno es nacido de él. Nacido, tal vez sea mejor «engendrado” (VM). Los creyentes no son los que tratan de vivir un poco mejor. Son hombres radicalmente re novados; han nacido íntegramente de nuevo. La práctica habitual de la justicia es clara evidencia de tal actividad divina.

3:1–3 Lo que hemos de ser.

1 La maravilla de todo esto capta la atención de Juan: Mirad cuán grande amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios. ¡Y lo somos! En la Escritura al llamado divino se lo considera a menudo un llamado efectivo, pero Juan no deja duda alguna. No solamente somos llamados hijos de Dios, sino que lo somos en realidad. Esto trae como consecuencia que el mundo no nos conoce. La incompatibilidad entre el mundo y el cristianismo es un tema que se repite permanentemente en los escritos de Juan (p. ej.p. ej. Por ejemplo Juan 15:18–16:4).

No es de extrañar que el mundo no conozca a los creyentes, desde el momento en que no le conoció a él. Gramaticalmente él debería ser el Padre, pero claramente Juan se refiere a Cristo.

2 El reconocimiento de Juan de la realidad de nuestra condición de hijos no le enceguece al grado de no percibir que mejores cosas nos tiene reservado el futuro. Cuando él sea manifestado, seremos semejantes a él, porque le ve remos tal como él es. El y le gramaticalmente se refieren a Dios, pero lo habitual es hablar de ver a Cristo. De cualquier manera no vale la pena insistir en esto pues quien ve al Hijo también ve al Padre (Juan 12:45; 14:9).

3 Ver a Dios es ser transformado. Esta perspectiva es un estímulo presente, porque todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, como él también es puro. Este es el único lugar en las cartas de Juan en que aparece la palabra esperanza; su interés en esta carta es principalmente con la condición presente del creyente más que con su es peranza futura. Pero este pasaje muestra que Juan es consciente de la importancia de la esperanza. Habla de la esperanza como estado «sobre” él (más bien que «en él”); la esperanza del creyente tiene una base segura. Otra vez, no hay certidumbre de si él se refiere a Dios o a Cristo; pero quizá aquí Juan no hace una distinción precisa entre ellos, en esto son uno. Juan está enfatizando que la esperanza del creyente descansa en un fundamento sólido y que esto tiene consecuencia para la vida cristiana. Conocer a Dios no trae complacencia espiritual, sino pureza de vida. Es el puro de corazón el que verá a Dios (Mat. 5:8).

3:4 La necesidad de una conducta correcta.

Pareciera que los falsos maestros sostuvieron que el conocimiento es de fundamental importancia, y que la conducta no importa. Pero Juan insiste en que el pecado es la evidencia de una mala relación con Dios. El pecado, nos dice, es infracción de la ley; la construcción gramatical en el original gr. implica que las dos palabras son intercambiables. La ley de que habla es, por supuesto, la ley de Dios, y la esencia del pecado es, por lo tanto, el desprecio por la ley de Dios.

Es la aserción de uno mismo contra la opinión revelada de Dios con respecto al hombre, la preferencia para el egoísmo sobre el servir a Dios. Es improbable que Juan se esté refiriendo a la ley del ATAT Antiguo Testamento, la Torah, porque en ningún lugar menciona esta ley y él parece dirigirse a los gentiles, que no captarían fácilmente tal referencia. Quiere decir más bien una violación desafiante de la ley moral de Dios. El pecado pone al pecador en oposición a Dios.

3:5–7 Cristo y el pecado son incompatibles.

5 Cristo vino para quitar nuestros pecados, él siendo totalmente hostil al mal; en él no hay pecado. 6 Esto tiene sus efectos sobre los cristianos, porque todo aquel que permanece en él no continúa pecando. No tenemos que diluir afirmaciones como ésta. El cristiano nada tiene que ver con el pecado y jamás debe ser complaciente con el mismo, ni siquiera con pecados ocasionales. Pero también debemos observar que el uso en el gr. del tiempo presente suele indicar acción continua como aquí en ambos verbos.

Lo que Juan quiere decir es que «ninguno que siempre permanece en él tiene como hábito el pecar” o, de lo contrario, todo aquel que sigue pecando no le ha visto ni le ha conocido. No se refiere a los actos individuales de pecado, en cuyo caso lo habría expresado mejor con el gr. aoristo, sino a las actividades habituales. La vida que vive el hombre revela la fuente de la cual nutre su vida.

7 Sostener lo contrario es engañarse. No se trata de elaborar pensamientos correctos o de poseer un amplio conocimiento, o de sostener que el cuerpo carece de importancia de tal modo que no importa lo que haga el cuerpo en tanto que el alma sea lim pia. Juan barre de lado argumentos tan engañosos. El que practica justicia es justo. Y el modelo es Cristo: como él es justo.

3:8–10 Hijos del diablo.

8 La otra cara de esta moneda es que el que practica el pecado es del diablo. Habla de una práctica habitual; Juan escribe sobre la tendencia habitual de la vida. Esta oposición aparece subrayada por el hecho de que la razón (para esto) de la venida de Cristo fue para deshacer las obras del diablo. La oposición es ahora completa. Deshacer no resulta muy específico; es decir, nos dice que Jesús vino para eliminar al diablo, pero no dice cómo lo hará. Pero es obvio que el creyente no debe practicar las obras del diablo. El seguidor de Jesús debe aliarse con el que vino a destruir al diablo.

9 Nacido de Dios habla de una acción divina. Hay algo de sobrenatural en la vida del cristiano. Ha sido regenerado por el poder de Dios. Nuevamente debemos dar al tiempo presente su plena fuerza continuativa. El hombre nacido de Dios no hace del pecado una práctica. En realidad, no puede seguir pecando. Juan ya repudió la doctrina de la perfección inmaculada (1:8, 10), y no debemos interpretar estas palabras en contradicción con aque llas. Debemos ver que el pecado y el cristiano son radicalmente opuestos. «Juan establece más la incongruencia que la imposibilidad del pecado en la vida del cristiano” (Stott). Si el cristiano peca constituye un acto completamente fuera de lugar.

En esta instancia da una razón por la incapacidad del creyente para pecar: porque la simiente de Dios permanece en él. Es notoriamente extraña la incorporación de una metáfora en esta forma; es la única vez que la palabra simiente figura en Juan, pero el verbo que se traduce nacido aparece diez veces en esta epístola. Pone énfasis en el hecho de que hay un poder divino que obra en la vida del creyente. Permanece muestra que no es ocasional. Es el don que Dios imparte permanentemente a sus hijos. Es imposible interpretar la simiente de Dios en el sentido de «hijos de Dios” y en él como «en Dios”.

10 Juan redondea esta sección señalando el contraste entre los hijos de Dios y los hijos del diablo. El patrón que se toma por norma es saber si el hombre hace lo recto y ama a su hermano, o no.

3:11-18 AMARSE UNOS A OTROS

3:11–15 Lo opuesto al amor.

11 Nuevamente insiste Juan en que el amor es el primer mandamiento (desde el principio). No se trata de algo periférico, sino que es el verdadero meollo del mensaje cristiano.

12 Nótese bien lo que la falta de amor produce: Caín, que era del maligno. … mató a su hermano, la lógica consecuencia de haberse negado a amar (cf.cf. Confer (lat.), compare Mat. 5:21, 22). La respuesta de Juan a la pregunta ¿Y por qué causa lo mató? es una penetrante crítica a la naturaleza humana caída. No fue porque Abel lo agravió de alguna manera, sino sim plemente por su vida justa frente a la mala vida de Caín. (Esta es la última referencia en la carta a palabras de «justicia”; en adelante abundan las palabras de «amor”). Los malvados no aman las cosas su periores cuando las ven. Constituye para ellos un reproche y lo crucifican.

13 Así Juan procede: Y no os maravilléis, hermanos [lit.lit. Literalmente «dejen de extrañarse”] si el mundo os aborrece. A los cristianos les resulta difícil entender esto. Actúan impelidos por los más sanos motivos, con amor en sus corazones para con sus semejantes. No buscan lo suyo y en cambio ofrecen el inapreciable don del evangelio. Y, sin embargo, el mundo no responde con gratitud. Odia a los creyentes.

14 Continúa la antítesis amor-odio. La vida y el amor van tomados de la mano. Sabemos, dice Juan; le resulta importante establecer que todos los cristianos tienen conocimiento, y lo saca a colación en toda oportunidad. Hemos pasado de muerte a vida (cf.cf. Confer (lat.), compare Juan 5:24) es expresivo y diferente. El incrédulo vive en una condición que sólo puede catalogar se como muerte.

No así el creyente. Se ha escapado de la muerte y vive la vida que es realmente vida. El patrón que nos permite conocer esto es que amamos a los hermanos. Juan insiste sobre este punto. Y lo refuerza aquí con la correspondiente negativa: El que no ama permanece (es un estado permanente) en muerte. 15 Esta verdad se expresa en una enfática declaración sobre el significado y las consecuencias del odio. Todo aquel que odia a su hermano es homicida. Ya lo dijo nuestro Señor, que un mirada lujuriosa constituye adulterio y que una palabra iracunda viola el mandamiento de «no matarás” (Mat. 5:21, 22).

Siguiendo este ejemplo Juan investiga las raíces profundas de las acciones humanas. El odio es de la esencia misma del asesinato. Y ningún homicida tiene vida eterna permaneciendo en él. «Quitar la vida de otro significa perder la suya” (Stott). Esto no quiere decir que un homicida no puede arrepentirse y ser perdonado. Lo que sí quiere decir es que el hombre que tiene la actitud que induce al asesinato, no posee la vida eterna. Las dos se excluyen mutuamente.

3:16–18 El amor es práctico.

16 Hemos conocido el amor, en el sentido específicamente cristiano, debido a lo que vemos en el Calvario donde él puso su vida por nosotros (como a menudo ocurre en esta epístola, él no está definido, pero en este pasaje no hay duda alguna de que se refiere a Jesús). Puesto que Cristo, a quien los cristianos deben su inspiración, murió de tal manera por los hombres, nosotros también debemos po ner nuestras vidas por los hermanos. Esta es la calidad del amor que se les exige siempre a los cristianos.

17 El entregar la vida por la fe lit.lit. Literalmente, sin duda ocurrió muy pocas veces, aun en el primer siglo. Pero el amor tiene otras avenidas y se lo requiere permanentemente en la vida diaria. La palabra traducida bienes (gr. bion, solamente aquí y en 2:16 de esta epístola) no es común con esa connotación; habitualmente significa «vida”. Pero el sentido es claro. Ve (gr. theore) significa más que una mirada de paso. El hombre ve a su hermano durante un período lo suficientemente prolongado para conocer bien la situación, pero le cierra su corazón (lit.lit. Literalmente «cierra sus entrañas”).

Es la parte del cuerpo donde según los griegos se asentaban las emociones. Por lo tanto el uso de ese término significaba que el hombre estaba emocionalmente comprometido. Para los griegos significaba, por lo común, que estaba enojado, si bien también incluía otras emociones. Pero para los cristianos la misma expresión significaba ser movido a compasión. Si la persona no muestra compasión, demuestra claramente que el amor de Dios (que puede interpretarse co mo nuestro amor por Dios tanto como el amor de Dios por nosotros) no mora en él. 18 Nuevamente encontramos la expresión familiar hijitos, al exhortar Juan al verdadero amor. El amor no se reduce a un asunto de palabras. Hecho y verdad valen mucho más que palabra y lengua.

3:19-24 CONFIANZA

Viene ahora una palabra de tranquilidad para las conciencias sensibles. Debiéramos vivir ante Dios no en temblorosa ansiedad sino en confianza serena.

19 Otra prueba: de esta manera sabemos si somos de la verdad, único lugar de la epístola donde la expresión se aplica a gente (aunque se usa refe rente a palabras, 2:21). Significa honestidad total y absoluta y apunta a la verdad del evangelio. El saber que pertenecemos a la verdad es recibir seguridad. 20 En caso de que nuestro corazón nos reprenda («condene” BJBJ Biblia de Jerusalén) no es lo más significativo.

Lo que interesa es la condenación o aprobación de Dios, y él conoce todas las cosas. El conoce nuestros motivos y los hechos de amor que no nos atrevemos a acreditarnos (cf.cf. Confer (lat.), compare Mat. 25:37–40). Dios sabe que somos suyos y eso es lo importante, no nuestras dudas o temores. (Una interpretación menos probable es que Dios, el Juez, conoce todo lo malo que hacemos y nos condenará.)

21 Las pro mesas de Dios son de tal magnitud que no hay razón alguna que justifique nuestra inseguridad. Por eso tenemos confianza ante él. Desde el momento en que somos suyos, nada debemos temer. 22 Re cibir respuestas a nuestras oraciones no pareciera ser la consecuencia de que nuestros corazones no nos condenan. Pero la confianza es común a ambas, y la respuesta a las oraciones inevitablemente aumenta nuestra confianza. Tanto guardamos como hacemos están en el tiempo verbal continuo.

El poder de la oración no está condicionado a arranques ocasionales de obediencia, sino por vidas caracterizadas por la obediencia. Más aun, hacemos las cosas que son agradables delante de él. Y eso va más allá de simplemente guardar sus mandamientos. Tal como en el Sermón del monte, hay una preocupación por el espíritu de los mandamientos: no es suficiente guardar la letra de la ley.

23 El mandamiento está definido ahora en términos de fe y amor. El singular puede significar que «una cosa es necesaria”; no figura una lista de exigentes requerimientos. Más aún, la fe y el amor van tan íntimamente ligados que pueden ser considerados como una sola cosa. La fe es en el nombre de su Hijo Jesucristo donde el nombre involucra toda la persona; es la fe en todo lo que Jesús es y hace. La segunda parte del mandamiento es que nos amemos unos a otros. Dos de los grandes temas de la epístola son el lugar que ocupa el amor y nuestra recíproca responsabilidad. Como él nos ha mandado refuerza su mandamiento y enfatiza el hecho de que Dios no es indiferente a la forma en que vivimos. El tiempo del verbo creamos (aoristo) señala a un acto decisivo de fe, mientras amemos está en el tiempo presente, indicando una acción continua.

24 Luego del singular del v. 23 Juan retoma el plural, mandamientos. El que los guarda permanece en Dios, y Dios en él. Este residir uno en otro es tema característico de la epístola. ¿Cómo sabemos que se ha realizado? Por el Espíritu que nos ha dado. El Espíritu nos es dado, no es ganado, y el Espíritu da seguridad.

4:1-6 EL ESPIRITU DE VERDAD, Y EL ESPIRITU DE ERROR

La referencia al Espíritu plantea el interrogante de saber quiénes son los verdaderamente inspirados y quiénes los que falsamente proclaman estar investidos del Espíritu. El problema no era nuevo pues había falsos profetas en el ATAT Antiguo Testamento y también Pablo fijó ciertas reglas para saber cuando alguien hablaba «por el Espíritu de Dios” (1 Cor. 12:3).

1 Muchos falsos profetas han salido al mundo (cf.cf. Confer (lat.), compare Mat. 7:15; 24:11, 24; Hech. 13:6). Las religiones de la antigüedad afirmaban contar con hombres poseídos por espíritus, pero Juan advierte que no debemos considerar como verdad lo que nos dicen todos los que aseguran hablar bajo inspiración. Los creyentes no deben aceptar a todo el que pretenda tener inspiración, sino que hay que probar los espíritus. De que han salido puede indicar que antes habían sido miembros de la iglesia, pero que la habían dejado (2:9).

2 La prueba es la actitud referente a Jesucristo. Si el Espíritu de Dios está en un hombre que pretende inspiración, él confesará que Jesucristo ha venido en carne. El Jesús humano es nada menos que el Cristo divino. La referencia a en carne hace hincapié en la encarnación. No es simplemente que Jesús tomó forma humana, sino carne (cf.cf. Confer (lat.), compare Juan 1:14; 2 Jn. 7). El espíritu que confiesa que es así como ha venido Jesucristo, procede de Dios. Esto no es un descubrimiento humano, si no algo que Dios revela.

3 Pero hay tal cosa como el espíritu que no confiesa a Jesús, es decir, un espíritu que no reconoce que Jesucristo ha venido en carne (2), porque negar la encarnación es negar a Jesús. El espíritu que rehúsa esta confesión no procede de Dios. En realidad, es el espíritu del anticristo. Juan ya dijo que había muchos anticristos en el mundo (2:18), y ha formulado una especie de definición: «Este es el anticristo: el que niega al Padre y al Hijo” (2:22). El pensamiento aquí es similar. En ambos pasajes lo esencial sobre el anticristo es la negativa de reconocer que Jesús es el Cristo, ve nido en carne. Los lectores de Juan habían entendido la venida del anticristo como algo futuro, pero él lo ve como una realidad presente. Su ahora su ya está y su en el mundo se combinan para poner énfasis en la realidad presente.

4 Pero no es preciso que los cristianos tengan miedo. Vosotros es enfático. Los creyentes están puestos en agudo contraste con los anticristos. En primera instancia son de Dios, y en la segunda han vencido. Aparte del Apocalipsis, en el que figura 17 veces, esta breve epístola aplica el verbo «vencer” más que ningún otro libro (6 veces). La nota de victoria es prominente. En este caso el verbo está en el tiempo perfecto, lo que indica que la victoria es más que una fase pasajera. Es decisiva y constante. La victoria se obtiene porque el que está en vosotros es mayor que el que está en el mundo. En ninguno de los dos casos Juan explica quien es él. En el primero podría ser cualquiera de los miembros de la Trinidad y todo lo que podemos decir es que se trata de una persona divina. El segundo no puede ser otro que el diablo. Lo que dice Juan, en realidad, es que Dios es mucho más poderoso que el diablo y, por consiguiente, aquellos en quienes Dios mora pueden vencer el mal.

5 Nuevamente Juan echa mano al recurso de repetir una palabra para señalar un énfasis, pues tenemos la palabra mundo repetida tres veces en el mismo versículo, además de ser la última palabra del precedente. Estas personas están asociadas con el mundo; si son del mundo, lo que dicen viene de él, y el mundo es su auditorio.

6 Los cristianos no deberían sorprenderse si tales personas no los escuchan. Pertenecen a otro grupo. Pero los cristianos tienen sus oyentes particulares. Nosotros es enfático y los pone en abierto contraste con los anteriores. Hay también un contraste en los oyentes: los que son de Dios están opuestos a los que no son de Dios. Como esta es la manera de conocer al Espíritu de verdad y al espíritu de error, se infiere que esos espíritus moran en las clases de personas indicadas previamente.

4:7-21 DIOS ES AMOR

El amor es de gran importancia en toda la epístola. En esta sección Juan hace hincapié en ello al señalar que el amor está arraigado en Dios, que es justamente amor.

4:7–12 Amémonos unos a otros.

7 La exhortación de amémonos unos a otros se ve reforzada por la afirmación de que el amor es de Dios. El amor del cual escribe Juan no es un logro humano; es de origen divino. Si alguien ama en este sentido, demuestra que es nacido de Dios, y conoce a Dios.

8 La expresión negativa subraya este punto: El que no ama no ha conocido a Dios. La razón por la cual ocurre esto constituye una de las grandes afirmaciones de la Biblia: Dios es amor. Esto tiene una significación más profunda que el decir que «Dios es amante” o que Dios a veces ama. Dios ama, por decirlo así, no porque encuentra objetos merecedores de su amor, sino porque el amar es su naturaleza. Su amor por nosotros no depende de lo que somos sino de lo que es él. Nos ama porque es esa clase de Dios, porque él es amor.

9 La clase de amor del cual escribe Juan no existe en todos lados ni como un logro humano. Sabemos de su existencia porque se mostró en la ocasión en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo. Su propósito al enviar a su Hijo fue para darnos vida. La vida, en toda la extensión de la palabra, viene por él solamente.

10 El verdadero significado del amor y la verdadera fuente de la vida se descubren únicamente en la cruz. No es que nosotros hayamos amado a Dios. Nunca lo hallaremos si comenzamos por el lado humano (nosotros es enfático; no que nosotros hayamos amado). Lo encontramos cuando comprendemos que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en expiación por nuestros pecados. Para entender realmente el significado del amor debemos vernos a nosotros mismos como pecadores, objetos de la ira de Dios, sin embargo como aquellos por quienes murió Cristo. «Lejos de encontrar alguna forma de contraste entre amor y pro piciación, el Apóstol no puede transmitir la idea de amor a nadie, excepto señalando a la propiciación” (James Denney, The Death of Christ, 1951, p. 152). Una de las más resonantes paradojas del NTNT Nuevo Testamento la constituye el hecho de ser el amor de Dios el que aparta de nosotros la ira de Dios, y es precisamente en el apartar de esa ira que vemos lo que realmente es el amor.

11 Esto trae sus consecuencias. Cuando vemos que Dios ama de esa manera, también no sotros (enfático) debemos amarnos unos a otros. El móvil o principal razón de ser de nuestro amor hacia nuestros semejantes es el amor divino que Cristo demostró en su obra propiciatoria. Los cristianos deben amar, no porque aquellos a quienes encuentran sean personas atractivas, sino debido a que el amor de Dios los ha transformado y les ha convertido en gente amante. Ellos deben amar no porque lo atractivo de otras personas los impulse a amar, sino porque, como cristianos, su naturaleza es amor.

12 La importancia del amor de los unos para con los otros surge del hecho de que Juan señala ese amor, y no el amor hacia Dios, para demostrar que Dios permanece en nosotros. Cuando nos dice que nadie ha visto a Dios jamás (cf.cf. Confer (lat.), compare Juan 1:18) no niega las visiones relatadas en el ATAT Antiguo Testamento (p. ej.p. ej. Por ejemplo, Exo. 24:11). Pero tales visiones fueron parciales e incompletas. Es en Cristo que vemos a Dios. Y cuando amamos, Dios mora en nosotros. En realidad, su amor se ha perfeccionado, es decir, alcanza su clímax en nosotros: ¡asombrosa afirmación!4:13–16 Permanecer en amor.

13 Ya nos dijo Juan que es «por el Espíritu” que sabemos que «permanece en nosotros” (3:24). Ahora añade el pensamiento de que permanecemos en él. Ambas cosas son importantes y sobre ambas se pone énfasis en esta epístola.

14 En el espíritu del prólogo acude al testimonio apostólico, a lo que nosotros hemos visto. El pensamiento de testimonio se destaca al aproximarnos al final de la epístola. El ver bo «testificar” aparece en 1:2, aquí, y cuatro veces en el cap. 5, mientras que el sustantivo «testimonio” figura seis veces en el cap. 5. El contenido del testimonio es que el Padre ha enviado al Hijo como Salvador del mundo (expresión que aparece solamente aquí y en Juan 4:42 en el NTNT Nuevo Testamento). Salvador cubre todos los aspectos de la obra de Cristo en favor de los pecadores, y mundo la totalidad de la humanidad. Es una gran salvación.

15 Pero no to dos son salvos; la obra expiatoria de Cristo es adecuada para todo el mundo, pero es necesario confesar que Jesús es el Hijo de Dios para experimentar la salvación. Entonces Dios y el creyente moran uno en el otro.

16 En ninguna otra parte leemos de haber «conocido” y «creído” el amor. Podríamos decir que el pensamiento de «conocer” el amor se encuentra en el v. 10, pero las palabras creído el amor que Dios tiene para con nosotros es una expresión totalmente extraña. Jamás se manifiesta el amor de Dios de tal manera que le resulte imposible al mundano no verlo. Es la gente de fe, y solamente la gente de fe, la que lo discierne. Juan repite este gran pensamiento en el v. 8, Dios es amor, y saca la conclusión de que el permanecer en el amor es permanecer en Dios. El amor ejercitado hacia los pecadores no es un logro humano, y cuando se hace presente significa que Dios está presente.4:17–21 El perfeccionamiento del amor.

17 Este mutuo permanecer, de Dios en el creyente y del creyente en Dios, es la forma en que se ha perfeccionado el amor en nosotros. Esto es con el fin de tener confianza en el día del juicio, y esa confianza es fundamental. Las palabras como él es, así somos nosotros en este mundo, se refieren a que somos hijos del Padre y Jesús es nuestro modelo. El mundo no aceptó a Cristo y no acepta a los cristianos; en el día del juicio entenderá todo esto.

18 Se elabora el pensamiento sobre la confianza con el repudio al temor. Juan utiliza la palabra tres veces en este v. y el verbo correspondiente una vez, pero ninguna de las dos se encuentra en el resto de la epístola; hay énfasis aquí en el temor. El creyente no debe temer, porque el perfecto amor echa fuera el temor; el temor y el amor son incompatibles. El temor, prosigue Juan, conlleva castigo. Pero el perfecto amor de Dios nos brinda seguridad. Su amor asegura que somos salvados, no castigados. Si tememos, esto muestra por sí mismo que no hemos sido perfeccionados en el amor. El perfeccionamiento del amor da confianza aun en el día del juicio, v. 17.

19 Nosotros amamos en el sentido de un amor específicamente cristiano. Es el amor de aquellos que son indignos, que procede de la naturaleza del que ama y no de los méritos del amado, únicamente porque él nos amó primero. Algunos mss.mss. Manuscritos leen «le amamos” [a Dios]; esto, aunque cierto, no es el sentido del pasaje. Juan está diciendo aquí cómo es que llegamos a amar a todos, no cómo llegamos a amar a Dios. 20 Decir «Yo amo a Dios” pero aborrezco a mi hermano, a mis hermanos en Cristo o a mis semejantes, es mostrarme mentiroso. El amor a Dios se demuestra amando a la gente; si uno falta, falta el otro. Juan llega al extremo de decir que si no se ama al hermano no se puede amar a Dios. Se establece una distinción entre el hermano, a quien se ve y Dios a quien no se ve. Afirmar que se ama al que no se ve en tanto que se deja de amar al que se ve, es entrar en el ámbito de la fantasía.21 Juan concluye la discusión recordando a sus lectores del mandamiento de parte de él. El pronombre él puede referirse a Dios o a Cristo. Como tantas otras veces, no establece una clara diferencia. Ya se refirió al mandamiento de amar (3:23) y ahora nos recuerda nuevamente que el amor no es una opción. Es un mandamiento claro y positivo.

5:1-5 LA VICTORIA DE LA FE

El pensamiento del amor lleva al de la relación con Dios y eso, a su vez, a la victoria. El amor y la fe están envueltos, por así decirlo, en un mismo manto (cf.cf. Confer (lat.), compare 4:16), y el creyente vence al mundo.

1 La fe confía en que Jesús es el Cristo, una verdad sobre la cual se insiste a lo largo de la epístola, y el creyente que así confía es nacido de Dios. La confesión de que Jesús es el Cristo no resulta de una percepción humana, sino de la obra divina dentro de él (cf.cf. Confer (lat.), compare 1 Cor. 12:3). Y amará a sus hermanos en la fe porque el amor por el padre significa también amor por su hijo.

2 Juan insiste nuevamente en que el amor hacia Dios y hacia la gente van estrechamente ligados. Pero habitualmente piensa en el amor de Dios en la medida en que se expresa en amor por los hermanos. Aquí invierte el proceso. Sabemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios. El amor hacia Dios y hacia la gente se acompaña y forma una sola y única unidad. La mente práctica de Juan no le permite detenerse en el pensamiento del amor por Dios. Por eso se apresura a decir y guardamos sus mandamientos. El verdadero amor se demuestra en el esfuerzo por cumplir la voluntad de Dios.

3 En realidad, Juan pue de decir que el amor de Dios es el guardar sus mandamientos. No es que Juan sea un legalista, pero reconoce que el amor es activo. Encuentra su cauce natural haciendo las cosas que agradan al amado, ¿y dónde hallaremos mejor estas cosas que en sus mandamientos? Cuando Juan añade sus mandamientos no son gravosos (cf.cf. Confer (lat.), compare Mat. 11:30) no quiere significar que resulta fácil descargar en Dios nuestras obligaciones. Más bien lo que Juan trata de decirnos es que los mandamientos de Dios no son una carga tediosa. Puede que sean difíciles, pero al mismo tiempo son agradables.

4 El pensamiento del escritor conduce a la victoria. El neutro todo lo que le da a la afirmación un carácter de generalidad (cf.cf. Confer (lat.), compare 1:1). Nuestra fe (el sustantivo solamente aparece aquí en 1 Jn.; no figura ni en el Evangelio ni en 2 y 3 Jn.) va al final del v. para dar mayor énfasis. Ha vencido al mundo: la victoria decisiva pertenece al pasado, cuando Jesús murió para vencer el mal, y en el caso del creyente cuando éste se decide a confiar en él. 5 La pregunta retórica hace hincapié en el lugar que ocupa la fe. Logra la victoria el que cree que Jesús es el Hijo de Dios. Obsérvese el énfasis una vez más en un correcto concepto de su persona. También aquí notamos la costumbre de Juan de hacer hincapié por medio de la repetición, pues en estos dos versículos menciona tres veces el vencer al mundo. No podemos ignorarlo. Es importante.

5:6-12 EL TESTIMONIO ACERCA DEL HIJO

Puesto que una perspectiva correcta de Jesús reviste la máxima importancia, es fundamental que sea atestiguada. Por ello Juan cita algunos de los testimonios que establecen quién es Jesús.

6 Que vino por agua se refiere seguramente a su bautismo, y sangre a su muerte. Durante el acto del bautismo escuchó la voz celestial e inició solemnemente su ministerio. Algunos herejes aparentemente sostenían que el Cristo divino vino sobre Jesús cuando fue bautizado, pero lo abandonó antes de su muerte. Juan responde a esta posición haciendo hincapié en la sangre, no por agua solamente, sino por agua y sangre.

Esto era (y es) el corazón del evangelio. Pareciera no haber duda alguna sobre el agua, pero Juan se siente obligado a poner énfasis sobre sangre. Justamente en eso radicaba el tropezadero. Los herejes evidentemente hallaban imposible el sostener que el Cristo divino podía morir. Juan señala que el agua no estaba sola. El agua y la sangre van juntas. Además, es el Espíritu el que da testimonio (el tiempo presente señala a una actividad continua). El tiene una calificación excelente para esto, porque el Espíritu es la verdad (como lo es Jesús; Juan 14:6). Obsérvese que algunas versio nes incluyen material adicional en este punto, material sobreañadido que corresponde íntegramente al v. 7. Pero todo el v. 7 de algunas versiones es en realidad una glosa y debe excluirse del texto. El v. 7 está excluido en las versiones castellanas RVARVA Reina-Valera Actualizada, BJBJ Biblia de Jerusalén, NC, y en Straubinger está entre corchetes. Al respecto es interesante consignar lo que dice la BJBJ Biblia de Jerusalén en su nota al pie: «El texto de los vv. 7, 8 está recargado en la Vulgata por un inciso (más abajo, entre paréntesis) ausente en los mss.mss.

Manuscritos griegos antiguos, de las antiguas versiones y de los mejores mss.mss. Manuscritos de la Vulgata, y que parece una glosa marginal introducida tardíamente en el texto: «Pues tres son los que dan testimonio (en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno; y tres los que dan testimonio en la tierra): el Espíritu, el agua y la sangre, y estos tres son uno.» ” Ver nota de la RVARVA Reina-Valera Actualizada.

8 Hay en realidad tres que dan testimonio. Al Espíritu se lo menciona en primer término, tal vez porque recién se ha hecho referencia al mismo, o tal vez porque es una persona y de ahí que sea un testigo más explícito que el agua y la sangre. El testimonio es armónico. El testimonio interior del Espíritu, y todo lo que está involucrado en el bautismo de Cristo y su muerte no son tres hechos sin relación alguna. Los tres señalan a un acto de Dios en Cristo para la salvación del hombre.

9 Juan apela al bien conocido hecho de la confianza humana. Aceptamos el testimonio de otra gente y mucho más deberíamos aceptar el del cual Juan habla, porque este es el testimonio de Dios y el testimonio de Dios es mayor. El testimonio en cuestión es acerca de su Hijo. Ahora, el dar el testimonio compromete, de modo que esto significa que Dios se ha comprometido en Cristo; ha dado testimonio que esto es justamente lo que él mismo es. 10 Cualquiera que confía en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo, lo cual pareciera decirnos que el testimonio del Espíritu (6, 7) es un testimonio del propio espíritu del hombre. El que cree en el Hijo de Dios y el que no cree a Dios se oponen entre sí. Esto significa que Juan no establece una marcada diferencia entre creer y creer en, y entre fe en el Hijo y fe en Dios. Para él Jesucristo fue el Dios encarnado, de modo que creer en Cristo es igual a creer en Dios. Pero el no creer en él es hacerlo un mentiroso (cf.cf. Confer (lat.), compare 1:10).

El uso del tiempo perfecto en ha hecho le da carácter de permanencia. El incrédulo se coloca en la posición de tener permanentemente una perspectiva distorsionada de Dios. 11 El contenido del testimonio es algo inesperado, porque es lo que Dios ha hecho, no lo que ha dicho. Nos ha dado vida eterna. La vida eterna es un acto y un don de Dios, y al contemplarla vemos una revelación de Dios. Es importante el añadido de las palabras y esta vida está en su Hijo. No podemos pensar en la vida eterna aparte del hijo ni podemos pensar en el testimonio aparte de él (cf.cf. Confer (lat.), compare v. 9). La vida eterna es la vida con Cristo y en Cristo. 12 Está enfatizado por medio de un doble énfasis. La vida y el Hijo van juntos. Es imposible poseer la una sin poseer el otro.

5:13-21 EL CONOCIMIENTO DE LA VIDA ETERNA

El Evangelio según Juan fue escrito para que sus lectores pudieran creer y obtener la vida (Jn. 20:31). Por contraste, esta epístola fue escrita para darles seguridad a los creyentes, para hacerles saber que tienen vida. Así lo dice Juan en la parte final de su carta.5:13–15 Confianza.

13 A los destinatarios los denomina vosotros que creéis. Esta epístola no es un tratado evangelístico sino una carta a cristianos. Juan ha dicho mucho sobre el conocimiento y ahora encontramos que todo fue escrito para que sepáis que tenéis vida eterna. La seguridad de la salvación es importante, tan importante que hizo que escribiera toda esta carta. Esta es la única mención en toda la epístola donde el autor habla de creer en el nombre de Jesús, es decir, en la totalidad de su persona, en todo lo que su nombre significa (en una expresión similar en 3:23, el gr. significa «que creamos en el nombre”).

14 Juan ahora se ocupa de la confianza en la oración. Y le da un gran alcance a la oración porque habla en términos de pedir de todo, aunque de inmediato lo reduce a que sea conforme a su voluntad. La oración no es un recurso para inducir a Dios a cambiar su pensamiento y a hacer lo que nosotros queramos. Para ser efectiva debe ser elevada conforme a su voluntad. Cuando la elevamos en ese espíritu él nos oye. En otras partes de la Escritura aprendemos que la oración debe ser hecha con fe (Mar. 11:24), en el nombre de Jesús (Juan 14:14), por los que permanecen en Cristo (Juan 15:7) y han perdonado a quienes los ofendieron (Mar. 11:25); debe acompañarse de obediencia (1 Jn. 3:22), y no debe ser elevada para satisfacer nuestras pasiones (Stg. 4:3). Todo esto está incluido en orar conforme a la voluntad de Dios.

15 A partir del concepto de que Dios nos escucha, se guimos ahora a los resultados, es decir, que Dios nos otorga lo que pedimos.5:16, 17 Oración por los hacedores de maldad.

16 Hay un cambio abrupto en cuanto a la oración de intercesión. Juan señala la diferencia entre pecado de muerte y pecado que no es de muerte, pero no define a ninguno de los dos. Nos dice que cuando veamos a un hermano cometer pecado que no es de muerte debemos orar por él. Dios oirá la oración y se le dará vida. Si Dios ha de darle vida, significa que no era creyente hasta ese momento. No estaba vivo sino «muerto en sus delitos y pecados” (Ef. 2:1), y en respuesta a la oración Dios le otorga la vida. Al pecado de muerte lo debemos considerar como un estado más que como un acto. No hay ningún pecado específico que cometan los hombres que podamos denominar de muerte, pero sí hay un estado de pecado, de estar en rebelión contra Dios, que Juan en otras partes caracteriza co mo que permanece en muerte (3:14). Jesús advierte que quien blasfemare contra el Espíritu Santo «no le será perdonado” (Luc. 12:10), y eso es lo que Juan tiene en mente aquí.

El Apóstol añade que Hay pecado de muerte, acerca del cual no digo que se pida (aunque no dice específicamente que no deben orar acerca de ese pecado). Esto no quiere decir que debemos calcular cuándo debemos y cuándo no de bemos orar por otros. Es más bien una advertencia seria de que el pecado condena a los seres humanos.

17 Toda maldad es pecado. No debemos tomar el hecho de pecar livianamente, pero el cre yente puede cometer un pecado que no lo elimina de la categoría de salvado.5:18–21 El conocimiento del creyente.

18 Ahora hay tres afirmaciones sucesivas sobre lo que sabemos. La primera es que todo aquel que ha nacido de Dios no sigue pecando. Nuevamente se refiere a una actitud habitual. La razón es que Aquel que fue engendrado de Dios le guarda; es decir, Jesucristo. El maligno, por lo tanto, no le toca.

19 La segunda afirmación se refiere al origen de los creyentes, de que son de Dios. En marcado contraste, el mundo entero está bajo el maligno, lit.lit. Literalmente «yace en el maligno”. Es un verbo extraño en este contexto y puede señalar a la impotencia del mundo que yace bajo la voluntad de Satanás, o a su flojedad, a su negativa de hacer valer sus derechos contra su amo.

20 El tercer miembro de la trilogía de Juan nos lleva a la encarnación: El Hijo de Dios está presente. Se pone un cierto énfasis sobre la realidad de su llegada (gr. hekei que conlleva la idea de haber llegado en el pasado y aún estar presente (R. E. Brown, The Epistles of John, p. 623). Más aun, el Hijo nos ha dado entendimiento. La fe cristiana no constituye un obstáculo para el pensamiento sino que estimula un correcto pensar. Y el entendimiento es de tal índole que conocemos al que es verdadero. Y no sólo le conocemos, sino que estamos en él y explica que eso significa estar en su Hijo Jesucristo. Como ocurre a lo largo de esta epístola, se ve al Padre y al Hijo en una íntima y estrecha relación. Estar «en” el Padre es igual a estar «en” el Hijo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna. Nuevamente resulta difícil saber si se refiere al Padre o al Hijo, pero están tan unidos que hay muy poca diferencia. Los hombres de la antigüedad tenían muchos dioses, pero Juan los considera todos como falsos dioses. Hay un solo verdadero Dios, y los hombres tienen en él vida eterna.

21 Por última vez en la carta Juan utiliza el afectuoso diminutivo hijitos. En vista de todo lo anterior y de todo lo que hemos comentado, no debe tomarse la expresión ídolos como imágenes utiliza das para el culto idolátrico. El término significa «falsos dioses”. Los destinatarios de la carta de Juan recibieron muchos dones de parte de Dios, incluso entendimiento (20). Deben guardarse, por lo tanto, de todos los falsos dioses.

Leon Morris/Fernando Martínez ASOCIADO en TEOLOGÍA
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